Tezanos no es el hombre del tiempo

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Estoy oyendo y leyendo muchas simplezas a propósito de las encuestas y del presidente del Centro de Investigaciones Científicas (CIS), José Félix Tezanos, que por cierto fue mi profesor de Introducción a la Sociología. Sin ser un experto en la materia, pero con algunos estudios sobre el tema, lo primero que hay que dejar claro es que las encuestas no predicen, sino que fijan una situación de partida.

Tezanos no es el hombre del tiempo adelantando si dentro de dos semanas va a llover o va salir el sol. El CIS pulsa la opinión de la gente en un momento determinado. Y ese momento no era el 28 de abril, sino el mes de marzo. Y, por cierto, las opiniones de las personas, sobre todo últimamente, son más volátiles que las borrascas y los anticiclones. Y había un número muy elevado de indecisos.

La encuesta del CIS tenía una enorme precisión, porque se hizo sobre una muestra de nada menos que 16.800 españoles entrevistados, y estaba hecha con más medios que ninguna de las privadas (no costó barata: 300.000 euros). Pero también es cierto que las tendencias de una y de otras confluían bastante, lo que reforzaba todavía más la validez del trabajo del centro público.

Pero insisto: la de Tezanos era la foto de la «pole position», no la de la línea de meta. El que sale el primero, sobre todo si le saca mucho trecho al segundo, tiene más opciones de ganar. Y ha ganado. Y los que salen los últimos (pongamos por caso Podemos y Vox) lo tienen francamente difícil, salvo que durante la campaña se produzca un vuelco electoral. Que podía producirse y no se ha producido. Y que si hubiese ocurrido no habría invalidado la encuesta del CIS, cuyo trabajo habría sido igual de estupendo, porque, repito, era una foto de la situación de partida. Si Sánchez la hubiese cagado en los debates electorales, la encuesta no habría tenido ni más ni menos capacidad de predecir el futuro. Porque no es de eso de lo que se trata, por mucho que nos sirva de «orientación». La propia encuesta, por cierto, ya es un elemento que influye en la opinión del electorado y condiciona desde el primer minuto en que se publica los resultados futuros de unas elecciones, consolidando tendencias o provocando reacciones que alteran el panorama de partida.

Hasta aquí lo que debería ser de dominio público, aunque por los comentarios que leo, oigo y veo, compruebo que no es así.

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José Félix Tezanos. / Foto: Cadena SER.

A partir de aquí, el análisis más interesante que nos ofrece el cruce de los números de la encuesta con los del escrutinio, y que nadie parece realizar, es qué ha pasado durante la campaña. Y a mi me parece interesante, sobre todo para los partidos. Revisando las horquillas que ofrecía para el PSOE, vemos que el resultado obtenido es el más bajo que indicaba Tezanos. Lo que puede entenderse como una mala campaña del PSOE. Que puede tener muchos análisis posibles, pero que a mi me encaja con la percepción de una estrategia a la defensiva, de perfil bajo, sin asumir riesgos y con una actuación más bien discreta en los debates televisivos. Tampoco pueden estar más contentos con su campaña en el PP (esto es de Perogrullo). Tezanos les daba entre 66 y 76 escaños. Y se ha quedado en el mínimo de esta franja. Es decir, el PP no ha rascado nada estos días. Y todavía peor le ha ido a Vox. El CIS le otorgaba de partida entre 29 y 37 diputados y, afortunadamente, se ha quedado (que no es poco) en 24 escaños. Ciudadanos sí ha superado el máximo que le otorgaba esta encuesta (51), llegando a 57. El otro que ha mejorado la situación de partida ha sido Unidas Podemos que, con 42 diputados, ha superado en uno el mejor los pronósticos de la encuesta.

El análisis es también válido a escala provincial. El CIS daba dos diputados para PSOE y uno para Vox en Guadalajara. Esa era aquí la «pole» a inicios de abril. El resultado final, campaña mediante, ha sido diferente: uno para PSOE, otro para PP y otro para Cs, en este orden. Parece claro quién habría hecho peor campaña (de nuevo Vox), cuál de ellos ha perdido fuelle a pesar de que gana (PSOE, que se queda con uno) y los que han remontado (PP, seguramente a costa de Vox; Cs, que logra la tercera plaza; y Podemos, que rasca votos del PSOE, aunque sus votos hayan servido más para que el PSOE se quede sin el segundo diputado que para otra cosa).

Estas lecturas me parecen más interesantes que la discusión sobre las dotes adivinatorias del señor Tezanos. Y abre otros análisis interesantes, como la importancia de los debates televisivos en campaña. No me deja de resultar curioso que aquellos dos candidatos que ganaron los dos debates, según opinión casi unánime de los politólogos más rigurosos, Albert Rivera (el primero y por la derecha) y Pablo Iglesias (el segundo asalto, y por la izquierda) han mejorado la situación de partida que les daba el CIS tras sus entrevistas de hace un mes, mientras que aquellos que no estuvieron tan brillantes en los debates, Pablo Casado y Pedro Sánchez, han sacado el peor de los resultados que contemplaba la horquilla del CIS; y que el que más ha caído, qué cosas, haya sido precisamente aquel que ni siquiera estuvo presente en los debates televisivos. ¿Hasta qué punto han sido determinantes los debates televisivos para mover el voto, sobre todo dentro de cada uno de los bloques? Tengo mis sospechas, pero necesitaría hacer una encuesta sobre ello para determinarlo con más convencimiento.

Por cierto, en apenas diez días tenemos nueva encuesta del CIS, sobre las autonómicas y municipales. Pero nos dirán qué tiempo está haciendo en España estos días, no el mes que viene.

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Mi casero, el pobre, es muy amable

quiebraMi casero, que tiene por principal ocupación en la vida recaudar por transferencia bancaria los 1.300 euros del arrendamiento de dos pisos heredados de sus padres, me ha subido siete euros al mes el alquiler. Vino el viernes a traerme las facturas atrasadas del agua y me pilló solo en casa -mi mujer estaba fuera en un concierto: ahora sólo vamos uno de los dos al teatro, para ahorrarnos una entrada-. Así que me lo comunicó y, verdaderamente, los dos pasamos muy mal rato.

Sobre todo él, el pobre.

Se justificó, apesadumbrado, con que todos los gastos suben. Lo dijo con un susurro casi inaudible, como si de veras estuviese sufriendo: “Es que todo sube”. Yo me quedé sorprendido y preocupado: debe de ser que sólo le suben a él los gastos, porque el resto de los españoles, al menos aquí en Guadalajara, pagamos cada día menos. ¿Qué podía hacer yo, en mi situación? Pues apechugar, en un ejercicio de responsabilidad. Como a mí no me suben el gas, ni la luz, ni la matrícula de la universidad, ni los precios de la leche, los huevos y la gasolina, le tuve que decir que no se preocupase, que no hay problema, que él tiene todo el derecho del mundo a querer ganar unos euros más a mi costa.

“Está en su derecho a pedir más”, me diríais cualquiera de vosotros. “Es que los precios de los alquileres están subiendo mucho”. Si estuviésemos en un teatro griego, el coro cantaría: ”¡Son los mercados!”. Tampoco a mí se me ocurrió una manera más justa para que compensásemos sus pérdidas.

Yo sé que mi casero (no debería decir por aquí que responde a las siglas de J.M.A. porque parecería un delincuente y porque además Guadalajara es un pañuelo y pueden reconocerte) sabe que en casa estamos desde hace medio año sin ingresos fijos. Lo sabe, pero como él es muy educado, y además es psicólogo (tampoco debería decirlo por aquí) pues prefirió no aludir al tema y se limitó a pedirme siete euros más al mes. Y, para evitar el silencio incómodo que sucedió a su sugerencia de acuerdo amistoso, en otro gesto de amabilidad me preguntó qué tal estaban mi mujer y mi hijo. Fue lo último que dijo antes de recibir el portazo en el umbral de mi casa. O de la suya.

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A qué huele la locura

NH_Antes del huracán.indd‘Antes del huracán’ • Kiko Amat • Editorial Anagrama. • 2018.

‘Antes del huracán’ es un libro que huele y que golpea. Está repleto de referencias sensoriales, pero sobre todo –menos frecuente en literatura– de descripciones de olores que ambientan la historia con atmósferas tan reales que asfixian al lector. Sólo el humor permite que el libro no arda entre las manos, que el aire llegue a los pulmones. Pero que nadie se engañe: el libro golpea. Directo al hígado y sin miramientos. Como el mejor púgil: con una técnica depurada y con mucha audacia.

Kiko Amat se ausenta de las páginas para esforzarse en relatar con obstinación y absoluta admiración por el detalle la historia de una locura. Es una locura doméstica, no los delirios tremendos de un emperador o de un Papa. Y es una locura más auténtica en su raíz que en su rostro actual, próximo al disparate. Combina en la sucesión de capítulos las divertidas escenas de un loco de remate en su sanatorio de una ciudad periférica de Barcelona, con sus conversaciones inteligentes y desbordantes de humor inglés con su mayordomo, y el relato concienzudo del torbellino que precedió a la tragedia, la historia del niño que crece a la sombra del manicomio y que parece destinado (condenado) a acabar internado entre sus muros. Es esta parte la que golpea y asfixia en un costumbrismo urbano que anota cada pormenor de unas vidas desperdiciadas.

La pregunta no es si el loco nace o se hace, sino simplemente (o con toda complejidad) cómo sucede. Porque el protagonista, Curro, que en el relato del pasado es todavía un niño, tiene muy poco que hacer frente a los designios de la genética y los enredos de la sociedad en la que despierta, de modo que acabará vencido al cabo por el yo y sus circunstancias.

Kiko Amat relata sin precipitarse, como si cada detalle (y esos olores que se prenden a la punta de los dedos) resultase imprescindible en la construcción del extraordinario mecano que es la “locura”, sin prisas pero en un proceso de aceleración imparable, tropiezo a tropiezo, tic nervioso tras tic nervioso, hasta desatar el huracán anunciado en el título, ajustando el tempo narrativo y la expectativa del lector a la velocidad exacta con que la tienen que sucederse todos y cada uno de los acontecimientos. A cada paso el tornado añade un soplo más de potencia.

Y de aquellos lodos presenciamos estas tormentas, las de un Curro adulto y enfermo mental que trama la fuga del manicomio con ayuda de Plácido, su fantástico mayordomo, que acostumbra a citar compulsivamente a Churchill. Esta trama avanza casi siempre con capítulos más breves que aligeran la enorme carga de tristeza y desesperanza con la que transcurre la narración de la infancia del protagonista en medio de una España obrera hecha de familias descosidas y de sueños rotos.

Fantásticamente resuelta y fascinante en el dibujo de los personajes, tanto los más fantasiosos como los que viven atornillados a un sórdido paisaje de los años ochenta, la novela tiene una fuerza arrebatadora. Pero no lleva al lector en volandas, levantado por el torbellino, sino que lo arrastra largamente por la arena de los descampados y los secarrales entre torres de electricidad y carreteras secundarias. Con la piel magullada y el polvo en los labios, ve llegar el huracán. Y sólo después de que por fin haya pasado habrá un tiempo enorme para preguntarse cómo sucedió, dónde están cada uno de los pedazos rotos y por qué ha quedado este sentimiento tan profundo de culpa.

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Memorias del caos

‘Trilogía de la guerra’ Agustín Fernández Mallo Seix Barral 2018.

portada_trilogia-de-la-guerra_agustin-fernandez-mallo.jpgDe la lectura de ‘Trilogía de la guerra’ de Fernández Mallo sale uno como de un centrifugado. Plantea el escritor gallego tres historias en casi 500 páginas, a modo de novelas cortas, aparentemente inconexas, pero que acaban por compartir elementos narrativos y un mismo espíritu de fresco de paisajes tras una batalla. Hay también idéntica mecánica: cada libro viaja de realidades anodinas a dimensiones extraordinarias y cada relato atrapa en un remolino de situaciones encadenadas que atenaza y sumerge hacia un final en el que todo se acelera con una velocidad endemoniada en cuestión de párrafos.

En la primera historia, la mejor para este lector, traslada al protagonista en primera persona a una isla de la ría de Vigo donde construye un brutal relato con ecos de la Guerra Civil y fenómenos paranormales que avanza en su segunda mitad por sendas insondables al otro lado del charco. El segundo relato es la historia de cuarto tripulante de la misión lunar de 1969, un excombatiente de la guerra de Vietnam con demasiadas cuentas pendientes con el pasado. En el tercer libro, una mujer viaja hasta los territorios de la Normandía del desembarco de la Segunda Guerra Mundial para cumplir con una promesa hecha a su marido desaparecido.

En todos los casos los protagonistas son trasladados hasta paisajes extremos, lugares periféricos e inhóspitos, desolados tras la batalla, deshumanizados, lagunas de soledad y de silencio donde la vida, con todo sus rastros de memoria, recobra cierto sentido a pesar de todo (y todo puede ser un frío glacial o un incendio). Los caminos hasta llegar allí son impredecibles y serpenteantes, hay túneles imposibles y viajes cósmicos, hay vueltas y revueltas improbables e inquietantes, pero la desembocadura acaba resultando el lugar preciso en el que al fin encuentra descanso cada ser en guerra consigo mismo.

En su narrativa, Fernández Mallo desarma toda lógica supuesta entre espacio y tiempo, abre puertas secretas y descubre pasillos abisales, juega con espejos y realidades paralelas, confunde la realidad con la ficción, combina referencias científicas y literarias o artísticas, provoca desmayos que abren elipsis y emplea fuerzas contrapuestas como la casualidad y la predestinación para acabar armando un rompecabezas de piezas que encajan con lógicas a veces delirantes y a menudo atraídas por un magnetismo forzado en los márgenes de las leyes de la física.

El libro es siempre desconcertante, a ratos onírico, por momentos febril (y divertido), mezcla géneros y deja al lector –como a los personajes– aturdido intentando descifrar fórmulas incomprensibles. Y a pesar de ello, queda la impresión de que todo casa, de que por fortuna existe un orden invisible sujetando este caos aparente y este enredo que llamamos mundo. Después de tantas vueltas, de un centrifugado tan brutal, queda una extraña pero serena impresión de que hay orden detrás de tanto desorden.

 

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Lo que he aprendido con Bauman

baumanHa muerto Zygmunt Bauman. Uno tiene a estas alturas unos cuantos pensadores de referencia, pero el sociólogo polaco se ha convertido sin duda en uno de mis imprescindibles. Aunque se puso de moda en los últimos tiempos, sobre todo a raíz de sus apariciones en prensa tras ganar el Príncipe de Asturias en 2010, lo empecé a leer antes, hace más de una década, a partir de la recomendación de un antiguo profesor de filosofía que había traducido uno de sus libros. Desde esta primera experiencia me quedé fascinado con la calidad de su estilo literario, con el poder de sugestión de sus teorías y por la claridad con que, a partir de sus lecciones, uno comprendía estos mundos posmodernos que nos ha tocado vivir. Y tal vez radica aquí uno de sus principales logros: el modo en que Bauman ha sido capaz de establecer conexión entre los académicos y la calle, entre la teoría sociológica de su tiempo –donde ha emparentado con corrientes como la sociología del riesgo de Ulrich Beck– y las preocupaciones ciudadanas más inmediatas como la precariedad laboral, las nuevas formas de consumo, la revolución de los canales de información y la incertidumbre que, de manera más general, nos rodea en todos los órdenes de nuestras vidas.

Cuando leemos a Bauman comprendemos que viajamos más ligeros de equipaje que nunca, pero sin cinturón de seguridad ni brújula que nos marque el norte. El pensador polaco ha sabido explicar como pocos estas inseguridades que angustian al ciudadano de este mundo feliz de la modernidad postindustrial (lo que algunos llaman la sociedad de la información y otros colegas denominaron la posmodernidad), un sistema social en el que a su juicio no había suficientes elementos de ruptura con la industrialización que marcó el periodo anterior como para hablar de una naturaleza completamente distinta, pero cuyos elementos han sufrido tantas y tan importantes transformaciones como para plantearse que había que cambiar las ópticas con las que enfrentarlos.

Todo lo que era sólido ya no lo es, nos dijo Bauman en plena mudanza entre milenios. Planteó su ‘modernidad líquida’, un marco teórico con el que luego abordó análisis parciales de diferentes parcelas de la realidad y de casi todas las relaciones sociales, de los contratos laborales y las transacciones comerciales a los medios de comunicación y el arte. La liquidez que llevó a muchos de sus títulos lo ha inundado todo, desde el miedo al compromiso en el amor y el postureo en las redes sociales hasta la volatilidad del voto y la vaporosa militancia de la política actual, desde la crisis del estado del bienestar hasta la ruptura de los lazos de solidaridad de la clase trabajadora entregada, ahora, a la feliz tarea de consumir sin descanso en “una vida en la que siempre ‘pasa algo’: algo nuevo, excitante; y excitante sobre todo por ser nuevo».

Es en este terreno movedizo, de relaciones humanas intermitentes y sin compromisos, donde se establece una lucha por la supervivencia que cada uno libra por su cuenta, a menudo en plena competencia con el vecino, en un intento desesperado y extenuante por seguir perteneciendo a una clase media que ha quedado hecha trizas, donde el propósito de todos a un mismo tiempo pasa por seguir estando a la última y no quedarse fuera de juego, es decir, quedar recluidos a la ‘infraclase’ como apestados modernos, “víctimas colaterales del consumismo”, perfectamente prescindibles para la maquinaria de la sociedad postindustrial.

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La cooperación ha dejado paso a la disputa como método para salir adelante. Hay una pugna constante para ocupar el mejor lugar en el escaparate de novedades, resultando un profesional apetecible, un señor atractivo, una señora de última generación. “Ésa es la materia de la que están hechos los sueños, y los cuentos de hadas, de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado”.

Antes de definir y desarrollar su ‘modernidad líquida’, Bauman ya había despuntado al explicar el holocausto nazi o la ingente producción de residuos humanos en el capitalismo (tan vigente en un mundo con 65 millones de desplazados, inmigrantes o refugiados) como una respuesta lógica de la modernidad. No son anomalías, nos dijo, sino derivaciones perfectamente a tono con un mundo tan industrializado. En los últimos tiempos, con la resonancia que la popularidad que la etiqueta líquida y los reconocimientos académicos dieron a sus conferencias y sus apariciones en prensa, Bauman aplicó sus análisis a cuestiones que estaban a la orden del día como el uso y abuso de las redes sociales o ese precariado engordado por la crisis económica. En España interesó a los indignados y con razón, porque fue mucho más lejos que otros referentes del movimiento como Stéphane Hessel, cuya indignación era apenas una jugada a la defensiva. Con una mirada más ambiciosa, el pensador polaco intervino públicamente con esa claridad deslumbrante, pero nunca cegadora, que necesitamos para entender cómo nos movemos, y cómo nos tratamos los unos a los otros, en un mundo virtual que ensancha cada vez más sus horizontes a la vez que a este otro lado de la frontera, en la realidad, menguan los espacios públicos y los proyectos en común.

A Bauman le debo medio premio Libertad de Expresión de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, que gané hace un año con el artículo ‘Cómo hacemos ciudad’. La lectura de uno de sus principales ensayos, ‘Modernidad líquida’, me resultó inspiradora hasta un extremo insospechado, porque al leer algunas de sus páginas encontré por sorpresa una descripción ajustada casi al milímetro de las transformaciones que se estaban produciendo en la fisonomía de la ciudad en que vivo. A partir de ahí ofrecí mi visión del urbanismo local como herramienta para hacer o deshacer comunidad. Pero era una reflexión deudora totalmente de los planteamientos de Bauman. Y no era la primera vez que le utilizaba para un artículo de opinión: en otra ocasión ya había plagiado el título de ‘Vidas desperdiciadas’ y había rescatado algún que otro fragmento para hablar de mendigos en la Calle Mayor.

No voy a decir que me apene personalmente la muerte de Bauman, un señor que yatenía 91 años y al que ni siquiera vi en persona, pero siento que a mi forma de mirar a nuestros mundos posmodernos se le ha apagado una luz muy potente. Bauman es ya un autor de relectura obligada.

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Los ojos en el agua

llamazares‘Distintas formas de mirar el agua’. • Julio Llamazares. Editorial Alfaguara. 2015.

Acabo de terminar de leer en un par de asaltos la última novela de Julio Llamazares y me queda la impresión de que ha regresado a los orígenes: al embalse bajo el cual quedó anegado su pueblo, a las historias de despoblación forzosa, al relato de lo que le aconteció a los abuelos. Se ha sumergido en las profundidades para bucear hasta dar con las raíces.

Cuando el escritor anunció que escribiría un libro inspirado en la marcha de su familia de Vegamián –cuando se construyó el pantano de Porma en los años sesenta– se nos abrió una expectativa enorme. Llamazares lleva tiempo dejando unos libros interesantes (especialmente ‘Las lágrimas de San Lorenzo’), pero algunos echamos de menos al escritor juvenil que remató ‘Luna de lobos’ y la obra maestra ‘La lluvia amarilla’. Le habíamos leído en reportajes sobre aquellos acontecimientos, le habíamos oído conferenciar también sobre ellos, pero en la novela esperábamos descubrir al Llamazares más íntimo, tal vez algo así como la confesión definitiva.

Por eso sorprende de inicio que su expresión más personal sobre el suceso, crucial en la historia de un pueblo y de una familia, la haya plasmado con una mirada coral, de ahí el título: el libro lo compone el compendio de monólogos de los diferentes familiares –desde la esposa y los hijos hasta los nietos y otros más alejados– que acuden al embalse, en cuyo fondo descansa un pueblo sepultado por el agua, para derramar las cenizas del patriarca familiar, que jamás regresó en vida, tras su exilio forzoso, aunque también comprendemos que, de alguna manera, jamás se marchó del todo.

Esta elección narrativa hace que el libro sea un continuo divagar en torno a un par de aspectos verdaderamente fundamentales que se cuentan y se recuentan con diferentes visiones, pero no diferentes voces, porque no hay cambio de registro entre unos y otros: es el lenguaje del pensamiento para todos ellos el que lee el lector, ya sea cuando habla la viuda anciana o la novia italiana de uno de los nietos. Importan, por tanto, las visiones, los matices en la forma en que uno u otro juzga los mismos hechos, no tanto lo que ocurre, que es más bien escaso y queda expuesto desde el inicio.

Ofrece este formato cierta sensación de insistencia e inmovilismo en los primeros capítulos, aunque acaba por encandilar al lector cuando éste se rinde, desiste de buscar novedades en las páginas y se entrega al deleite del lirismo y la nostalgia y a dejarse sorprender más bien por el tono de las voces y por los conflictos que asoman sin invadir violentamente el relato.

Busca el escritor una absoluta sencillez en la expresión de los sentimientos que desnuda su literatura hasta extremos en que a veces casi la desnaturaliza, despoblada de brillos y adornos. El mensaje es directo porque resalta la crudeza de lo que dice. La poesía anida más bien en la cadencia de la prosa, y no tanto en el ornamento. Incluso la estructura del libro está pensada como una cierta canción, más bien una letanía, que acaba por culminar en la más peculiar de las historias, en la más simple –pero tal vez la más auténtica– de estas distintas formas de mirar el agua. Un agua que funciona, en realidad y para todos los casos, como un espejo del alma.

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Landero, desde el balcón

landeroDice Luis Landero que el balcón es ese lugar de la casa en el que se está en la frontera entre el hogar y la calle, entre lo privado y lo público. En este terreno fronterizo que da título al libro se sitúa el escritor para servirnos un anecdotario que tiene lo que considera más contable de su vida, esos momentos esenciales que cambian la biografía de toda persona –la tuercen o la enderezan, pero ya nada vuelve a ser igual–, esos episodios fundamentales que, como dice al final con esa simple pero honda poesía que da tono al libro, conforman los “granos de alegría” frente a ese todo que es “el mar de olvido”.

Landero se confiesa a principio del relato harto de ficción. Como si tuviera que excusarse por ello, nos cuenta cómo, después de una larga temporada de pereza por volver sobre el escritorio, abandona finalmente su novela sobre un jubilado para empezar a contar algunos recuerdos de su vida, sobre todo de su infancia y juventud: cómo un niño con un único libro en su casa de un pueblo extremeño llegará a consagrarse como escritor en Madrid; cómo las huidas e indefiniciones habituales en los protagonistas de sus novelas están ancladas en su forma de trabajar y vivir en zonas de ambigüedad; cómo le marcó su cuna rural y su traslado, después, a Madrid. Y habla, por encima de todo, de las raíces: de la estirpe y, por supuesto, del modo en que le marcó para siempre la muerte prematura del padre y la presencia, siempre en un segundo plano, de una madre que irradia el calor y la luz justas: no es casualidad que una fotografía antigua, en blanco y negro, de Landero con su madre ilustre la portada del libro.

Escribe en un momento dado el escritor de Alburqueque que este libro es, en realidad, “una deshilvanada y verdadera historia de recuerdos”. Y no se esfuerza en levantar una maraña compleja de correajes que conecten de forma artificiosa todas estas remembranzas, sino que las sirve a modo de anecdotario personal en capítulos cortos fechados con precisión. Lo hace con una simpleza expositiva que deja el protagonismo en manos de una prosa deliciosa y sin barroquismos, que desgrana algunas reflexiones emotivas –aunque la nostalgia no se desborda hlas últimas páginas y que nos brinda un retrato sublime de personajes. Tiene en esta presentación de personajes humildes algo de barojiano este libro en el que el propio autor se retrata a partir de sus encuentros con el padre, con la madre y con otros secundarios magníficos como su primo Paco o el carpintero, el maestro Agujero.

Landero es un escritor extraordinario. El autor de ‘Juegos de la edad tardía o ‘el guitarrista’ había perdido cierta intensidad –que no lustre en la prosa– en los últimos tiempos, pero ha vuelto con un relato cargado de honestidad, un libro de apariencia sencilla pero una profundidad pasmosa como retrato de las interioridades humanas, muy machadiano en este modo de aleccionarnos sobre lo que somos a través de las pequeñas eventualidades de la existencia. El cambio de registro, con esta salida al balcón, funciona como una refrescante ráfaga de brisa en una trayectoria excelente.

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El periodista es el mensaje

Dejo aquí la versión larga y original del texto con el que he colaborado en la sección ‘Cuadernos de periodismo’ del Anuario de la Asociación de la Prensa de Guadalajara y en la que no aparecen algunos de los párrafos que siguen:

Sabemos que el periodismo es una adicción porque cuando llevamos un tiempo sin ejercerlo nos entra el tembleque. Por eso, y porque muchos no sabemos ganarnos el pan de otra manera, esta crisis económica y del papel y de la credibilidad del periodista… nos ha empujado a impulsar nuestros propios proyectos, con webs y blogs. El problema es que hemos desembarcado en un universo virtual en el que cualquiera abre una ventana y grita al mundo sus historias, que es lo que hasta hace poco hacíamos nosotros en exclusiva. Y nuestra nueva competencia lo hace gratis, porque no necesita comer de ello. De modo que los periodistas recién llegados al mundo virtual tenemos que escoger entre dos opciones: un periodismo de domingueros, viviendo de otra cosa y escribiendo –como el que pinta o hace encaje de bolillos– en los ratos libres para calmar el síndrome de abstinencia; o dejarnos media vida en el infatigable intento de llenar la nevera sin renunciar a la auténtica vocación. Lo primero es un pasatiempo; lo segundo, un reto.

En un mundo donde los grandes medios tienen también sus propias plataformas digitales, donde hay muchas más que entremezclan publicidad, propaganda política y foros de opinión, donde hay revistas y blogs especializados en casi todo tipo de temas, donde cada cual tiene su blog personal, su cuenta en Twitter y accede directamente a las fuentes –la web de su ayuntamiento, del INE, de su centro comercial, de su equipo de fútbol–… ¿qué demonios pinta el periodismo? ¿Añadir más ruido al ruido?

Iñaki Gabilondo opina en ‘El fin de una época’ que la misión consiste, en realidad, en reducir el ruido, que el periodismo es necesario ahora mismo “del mismo modo que ante una inundación lo más urgente es el agua potable. Potabilizar la información será, por tanto, una de las tareas más importantes”.

No ha sido el único en destacar esta función filtradora o depuradora en el maremagnum de informaciones que nos ha sobrevenido en la llamada ‘era de la información’. El reportero polaco Ryszard Kapuscinski (está en ‘Los cínicos no sirven para este oficio’) dijo hace ya quince años que “las nuevas tecnologías facilitan enormemente nuestro trabajo, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de nuestra profesión, nuestras cualidades, nuestro carácter artesanal permanecen inalterables. Cualquier descubrimiento o avance técnico pueden, ciertamente, ayudarnos, pero no pueden ocupar el espacio de nuestro trabajo”.

Estas nuevas tecnologías abren un abanico de posibilidades; si es cierto que la gratuidad de la información de muchos portales de internet ha dado la puntilla al papel, también están ofreciendo hoy oportunidades a profesionales que intentan reengancharse al oficio sin tener que poner sobre la mesa el enorme capital que tradicionalmente era imprescindible para fundar cualquier cabecera. Es posible que nunca haya habido tantos medios de comunicación dirigidos por periodistas, y esto puede ser muy bueno para el periodismo.

Gabilondo y Kapunscinski vienen a rebatirle a McLuhan aquella frase que nos caló tan hondo de que “el medio es el mensaje”. Porque no lo es. O no debería serlo.

Cualquier tipo que se abre un blog no hace periodismo, como tampoco es músico el sereno que toca un pito. El periodismo es una condición, no una herramienta. En este caso podemos decir que el periodista, y no el medio –el blog, la web– es el mensaje. Hay y habrá tuiteros mucho mejores que nosotros. Hay y seguirá habiendo blogueros que nos dan mil vueltas comentando una película o un partido de fútbol. Pero el periodismo es otra cosa que nadie puede hacer mejor que un periodista: tenemos –y debemos demostrarlo– un modo de mirar y de contar que nos hace ‘únicos’. Tenemos o debemos tener la empatía con los perdedores, tenemos o debemos tener un espíritu crítico y la capacidad de contrastar. El periodista, nos lo dijo el ‘paisano’ Leguineche en un librito para estudiantes, ejerce las 24 horas del día, tiene dedicación exclusiva –aunque sin dietas como en el Congreso– y se destaca por una incesante renovación de conocimientos, más aún en un mundo tan cambiante como el actual. Esta forma de hacer, se diría que de vivir, traza las fronteras con cualquier otro escribidor de contenidos digitales.

No hablamos en abstracto. A raíz de la crisis se han puesto en marcha numerosos laboratorios de periodismo. Hay proyectos en internet como Eldiario.es, Infolibre, Jot Down, CTX o FronteraD que, desde perspectivas muy opuestas, hacen un periodismo de altísimo nivel. En Francia, Mediapart, nacido en 2008 y con 100.000 suscriptores, es un medio independiente, de opinión y de periodismo de investigación cuyo modelo de financiación pasa únicamente por las suscripciones. Muchos de los medios que los imitan en España están abriendo sus sucursales locales y hacen incluso incursiones en papel con productos de calidad. Y sus ejemplos alientan a periodistas locales que, con la única fórmula del ensayo-error, ponen en marcha sus propios proyectos confiando en la palabra, una vez más, del maestro Kapuncinski, para quien, a la larga, el lector es “justo” y reconoce la calidad: “saben que de ese nombre [un periodista, un medio] van a recibir un buen producto”. Es lo que ha sucedido con Mediapart: “Es posible hacer un periodismo riguroso y cuadrar los números”, le dijo Marius Carol, director de La Vanguardia, al entregar el año pasado a este digital francés el premio Jaume Arias de periodismo.

Abro un paréntesis: no basta con hacer periodismo, sino que hay, por supuesto, que adaptarse al formato, hay que crear estilo. Los periodistas debemos hacer el esfuerzo de abrir el verdadero camino del periodismo digital, que no puede ser una mera trasposición de los contenidos del papel a un formato virtual. Del mismo modo que no son iguales los titulares de un informativo de televisión que los de la portada de un periódico, tampoco las entradillas o las estructuras de las piezas de los digitales pueden ser idénticas que en las gacetas. No tiene sentido la estructura piramidal, no necesitamos ya repetir tres veces la idea principal en el titular, en el subtítulo y en el primer párrafo… seguramente hay que hacer párrafos más cortos y hay que aprovechar los beneficios de la intertextualidad, dar el salto de la maquetación al diseño, integrar galerías de fotos, infografías y vídeo. Pero es que muchos de los medios antes citados ya lo están haciendo.

La pregunta del millón, no obstante, es la de siempre: ¿y todo esto del periodismo como sello distintivo es rentable? El periodismo comprometido con la explicación de las cosas es inútil para los anunciantes, que sólo quieren los lectores con independencia de los contenidos. Tampoco es útil, al menos a corto plazo, para los partidos que controlan las instituciones, para quienes el periodismo resulta incluso incómodo en su estrategia por permanecer en el poder o hacerse con él.

El periodismo sólo es útil, en realidad, para los ciudadanos, que son precisamente quienes no pagan. Por eso resulta caricaturesco observar cómo lectores que consumen gratis la información reprochan a veces a los medios, financiados por anunciantes e instituciones, su falta de crítica con éstos. Evidentemente, hay que resolver esta enorme contradicción y el ciudadano deberá rascarse el bolsillo. Por ahí van muchos de los tiros. Pero el debate es inagotable y aquí el periodismo local lo tiene aún más difícil, porque nunca va a lograr el respaldo de 100.000 suscriptores.

La fórmula, seguramente, tiene que pasar por un mayor equilibrio entre apoyo institucional, comercial y de los lectores. Lo primero exige la deportividad de los políticos que, al menos en Guadalajara, no existe, y me remito a las infames pruebas que llegan a nuestros buzones. Lo segundo llegará en la medida en que un medio tenga lectores. El ciudadano tiene el cometido de respaldar con sus visitas, pero también con un consumo remunerado, el buen periodismo.

En toda esta enorme readaptación, el periodismo ejercido con responsabildiad, compromiso y profesionalidad no es una condición suficiente, pero desde luego es una premisa indispensable.

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Recordad Mauthausen

Un momento de la representación de Micomicón.

Un momento de la representación de Micomicón.

Hay que recordar Mauthausen. Es el grito de Micomicón Teatro con su propuesta de ‘El triángulo azul’, una producción del Centro Dramático Nacional que este fin de semana ha llegado al Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares, que está nominada a tres Max -entre ellos, Mejor Montaje- y que relata las peripecias de los españoles que padecieron el Holocausto y que, al no ser reconocidos en la España de Franco, lucieron en sus uniformes de presos el triángulo azul de apátridas. Pero este montaje es, también, el grito que dieron precisamente algunos de esos españoles que se jugaron el pellejo, que era lo poco que les quedaba, para que el mundo tuviese testimonio (unas fotos robadas) del horror que allí vivieron junto a judíos, gitanos, homosexuales y comunistas de toda Europa.

Diez actores interpretan y cantan –literalmente– el infierno que los españoles, como tantos otros, vivieron en el campo de concentración de Mauthausen. Lo hacen en un montaje perfectamente hilado, con textos francamente bien escritos -al alimón por Laila Ripoll, que dirige la función, y Mariano Llorente, que se mete en la piel del jefe de seguridad del campo de exterminio, el nazi Brettmeier- y en los que destacan los fluidos pasos del tono más dramático al puramente cómico. Este ejercicio actoral impresionante permite viajar al centro mismo de aquel campo de exterminio nazi que aglutinó a la mayor parte de los españoles que sufrieron el Holocausto.

A través de personajes perfectamente perfilados como el fotógrafo alemán Paul Ricken o los españoles que trabajaron con él en el departamento de identificación, el espectador se adentra en el día a día de estos prisioneros mostrando una realidad cruda, nauseabunda, donde la muerte –con sus más de treinta modalidades- constituía el pan de cada día, ya fuese en crematorios, cámaras de gas, con un tiro de gracia -«ya me dirás qué gracia tiene», dirá uno de los intérpretes- o como manjar para perros iracundos. Para digerir mejor el horror, Ripoll y Llorente han introducido un personaje más: la música, la maravillosa banda sonora ideada por Pedro Esparza y tocada en directo por tres artistas, que es capaz de arrancar sonrisas en medio de tanta barbarie inexplicable. Sólo así es posible que estas dos horas de descenso a los infiernos no constituyan también para el público una tortura imposible de soportar.

‘El Triángulo Azul’ es teatro que remueve conciencias sin dogmatismos, basado en anécdotas reales aunque increíbles –como un minuto de silencio que se produjo ante la muerte del primer muerto español o la disparatada representación de una revista musical en pleno campo de concentración durante una navidad–, con muchísimas dosis de humor negro, danzas macabras, violencia, patetismo y abundante acompañamiento audiovisual que refuerza la hiperrealidad del relato. Una fusión de tonos y discursos que llevan de la mano al espectador hasta el climax final, con himno partizano y una detonación que funcionan como el grito desgarrador lanzado al mundo representado en el patio de butacas: Recordad Mauthausen. / Por Rubén Madrid y Elena Clemente

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Miradas sobre el Holocausto

Supervivientes de Auschwitz I antes de depositar flores ante el llamado Muro de la Muerte. / Foto: Andrzej Grygiel / EFE.

Supervivientes de Auschwitz antes de depositar flores ante el Muro de la Muerte. / Foto: Andrzej Grygiel / EFE.

Este año estamos celebrando los 70 años de las liberaciones de los campos de concentración nazis. A los actos a finales de enero en Auswitch, que se ha convertido en el símbolo por excelencia de aquel horror, le seguirán pronto los de otros como Mauthausen, uno de los agujeros negros del genocidio con mayor presencia española.

Lo ocurrido en España resulta, de hecho, un caso singular. A diferencia de lo que ha sucedido en el resto de países europeos, aquí los cuarenta años de dictadura franquista han silenciado la memoria de estos 9.000 compatriotas que sufrieron el Holocausto. Fue así porque las víctimas eran en su mayor parte republicanos que habían sufrido el exilio en Francia y que, una vez allí, padecieron también las consecuencias de la demoledora maquinaria del horror nazi.

Estamos ante un buen momento para echar la vista atrás. No me resisto a recomendar tres libros… dando por descontado que hay muchísimo material donde elegir, que los principales referentes que tenemos pasarán seguramente por el cine (‘La vida es bella’, ‘La lista de Schindler’ o ‘El pianista’), que es de obligada lectura el diario de Ana Frank o que, en sentido contrario, no merece la pena perder ni un minuto con ‘El niño del pijama de rayas’ (hablo del libro; de la película no me quedaron ni ganas de intentar un abordaje).

  • ‘Si esto es un hombre’ de Primo Levi. El intelectual judío cuenta su paso por el campo de concentración, un retrato ‘cotidiano’ de la vida en Auschwitz. Personalmente me asombró la frialdad y la crudeza con la que fue capaz de volver la mirada sobre sí mismo para reflexionar, sin estridencias y con la mera sucesión de los episodios que narra, sobre la dignidad (o su ausencia) en estas condiciones de vida en las que el infierno se manifiesta en cosas que fuera del campo de concentración nos podrían parecer triviales. Primo Levi narra y el lector calla, no hay opción de réplica. Es un relato sobrecogedor.
  • ‘Holocausto y modernidad’. Un ensayo del sociólogo Zygmunt Bauman en el que plantea una tesis chocante: que el holocausto no fue un accidente en el proceso de modernización de nuestras sociedades occidentales, sino un acontecimiento normal por el uso de un racionalismo típico de los tiempos modernos, caso de la industrialización y la burocratización que tan presentes estuvieron en la gestión del exterminio. En ese sentido, nada impediría, al menos en teoría, que pueda volver a suceder. Bauman ha llevado sus desarrollos sociológicos en los últimos tiempos hacia otros terrenos, pero su análisis del fenómeno dentro de los parámetros ‘lógicos’ de la modernidad sigue resultando una idea tan sugestiva como merecedora de reflexión cada vez que pretendemos responder a las preguntas de cómo fue posible algo así y si podremos evitarlo.
  • ‘El impostor’, la novela basada en hechos reales de Javier Cercas en la que vuelve la mirada sobre Enric Marco, que se hizo pasar por deportado en un campo de concentración nazi y llegó a convertirse en símbolo de la causa hasta que fue desenmascarado por un historiador. Muy bien construida y escrita, aporta al debate un aspecto controvertido pero interesante: cómo hemos gestionado en España la memoria histórica, su ausencia (primero) y la moda (después).

Me detengo a analizar este libro aparecido hace apenas unos meses y que ha tenido el mérito de provocar un hondo debate sobre la cuestión que aborda.

‘El impostor’ no es exactamente una novela, sino un escrito en el que el novelista relata la historia de Enric Marco, la historia de un fingidor nato, de un barcelonés que llegó a presidir una asociación de víctimas del holocausto sin haber estado jamás en un campo de concentración, que llegó a dar un discurso emotivo en el Congreso y que finalmente fue desenmascarado por un historiador, Benito Bermejo, días antes de representar el papel protagonista en representación de las víctimas españolas en el 65 aniversario del Holocausto.

Fotograma del documental Ich Bin Enric Marco.

Fotograma del documental Ich Bin Enric Marco.

Cercas juega con la caras de la verdad y la mentira en su personaje, en su libro y en general en la literatura; ofrece sus dudas iniciales para escribir esta historia y, como es habitual en él, descorre la cortina que permite ver los entresijos de la creación literaria, aunque también aquí cabe cuestionarse sobre la propia impostura del autor bajo una supuesta declaración de absoluta honestidad. Porque la lectura se lleva a cabo como en un ejercicio de papiroflexia en el que cada doblez ofrece un nuevo perfil a una figura capaz de retorcerse sobre sí misma hasta límites insospechados.

Desde el punto de vista narrativo, el nuevo libro de Cercas resulta magistral. Vuelve a ofrecer una demostración de su manera de esculpir su obra desde todas las perspectivas posibles, dibujando cada una de sus caras, sobando el material que se trae entre manos, repitiendo argumentos y episodios en ocasiones, mezclando pasajes anecdóticos y fundamentales, con abordajes directísimos pero también otros periféricos y tangenciales, con la voz del propio protagonista, pero todavía más con la del narrador, hecho personaje, y la de quienes le rodearon, con capítulos más propios de un ensayo filosófico y con otras páginas más que se ajustan a la crónica periodística, con una riquísima mezcla de temas, enfoques y géneros que levantan en su conjunto una compleja y monumental arquitectura del asunto, bifurcado a su vez en mil trasuntos.

Lo hizo ya en ‘Soldados de Salamina’ o ‘Anatomía de un instante’, sobre la Guerra Civil y la Transición, y lo hace elimpostorahora con este libro que hunde sus raíces en la guerra, tiene mucho de la restauración de la democracia y que se prolonga hasta nuestros días examinando el carácter falsario de un personaje que fue capaz de engañar a todos con sus historias de tierno abuelo represaliado por el franquismo y de prisionero de los nazis. Un enorme castillo de naipes que se vino de pronto abajo dejando desgüernecido e indefenso a un héroe convertido en villano de la noche a la mañana.

La de Cercas es una verdad incómoda: afea los complejos de la sociedad bienpensante, del buenismo militante, de la pose democrática afectada por un pasado vergonzante. Todo cuanto dice está bien armado, aunque es matizable. Se le ha atizado mucho con artículos y comentarios que han reducido a la mínima expresión cuanto objeta y cuanto argumenta para llegar a sus tesis, que es mucho. Jibarizada, la teoría de Cercas sobre la memoria histórica no resiste un embate. Expuesta como lo hace en el libro, con paciencia, serenidad y sensatez, tiene pocos flancos por los que ser atacada. Y, en cualquier caso, Cercas duda, dice y contradice, avanza y retrocede, gira en una y otra dirección, porque este tipo de verdades no son monolíticas, dogmáticas ni unidimensionales, sino más bien poliédricas y maleables, con áreas de luz y de sombras. Cercas es consciente de esa naturaleza frágil y volátil del material de su libro y lo maneja en consonancia.

Lo que Cercas viene a decirnos en su libro es que la monumental impostura de su personaje real, Enric Marco, no se debe sólo a la inaudita habilidad del propio farsante, que está fuera de duda. Hizo falta, también, un medio ambiente que favoreciera el desarrollo biológico de un pez chico que acabó por convertirse en tiburón. El escritor catalán no nos lo dice así, pero lo sugiere: el impostor se valió del postureo. Y esa es, en plena mirada atrás de homenaje a las verdaderas víctimas, una aportación nada desdeñable.

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¿Dónde están las griegas?

Primer consejo de ministros de Tsipras en Grecia, con los doce hombres de su ejecutivo. // Simela Pantzartzi (Efe).

Primer consejo de ministros de Tsipras en Grecia, con los doce hombres de su ejecutivo. // Simela Pantzartzi (Efe).

Sólo dos días después de ganar las elecciones en Grecia, el flamante primer ministro Alexis Tsipras anunciaba la composición de su gabinete, con doce ministros. Sin ninguna mujer. Hay, es cierto, varias viceministras, como Maria Kollia en Interior, Elena Kuntura en Turismo, Nadia Valavani en Finanzas, y Rania Antonopoulos en Empleo, aunque sus pocos nombres y su situación en el segundo escalón no responden a la pregunta esencial de si no hay ninguna mujer capaz de dirigir un ministerio en el nuevo ejecutivo griego.

Ha sido ésta una de las dos sorprendentes decisiones adoptadas por Tsipras en las primeras horas de su esperado mandato, junto con el pacto sellado con los independientes de derechas, y en ambos casos con un difícil encaje para gran parte de los simpatizantes que hemos celebrado esta victoria con algo más que simple solidaridad.

Sin entrar en los detalles de la medida, la decisión ha vuelto a despertar un debate habitual en España sobre la necesidad de reflejar en los cuadros directivos de empresas y sobre todo en las instituciones públicas la paridad de derivación biológica que existe en la calle. Un debate que habría de ser innecesario si la tradición política de nuestras sociedades patriarcales no hubiese ‘normalizado’ esta desigualdad contra natura.

El debate, reproducido estos días de nuevo, suele plantearse en España más o menos en estos términos: unos consideran que forzar el acceso de las mujeres a un ejecutivo o una cúpula de un partido puede elevar a puestos de responsabilidad a mujeres que no están allí por su talento, sino por cumplir con una cuota, relegando de paso a colegas mejor preparados en comparación con ellas. Otros, en cambio, replican que la discriminación positiva es hasta la fecha el único modo de corregir unos vicios del mundo del poder que se han limado pero que todavía no se han eliminado, que siguen generando desigualdades inaceptables y que la paridad por decreto es el medio para acabar algún día por convertir felizmente la propia discriminación (negativa y positiva) en un anacronismo.

Como en casi todo en la vida, hay parte de razón en cada una de estas posturas. Y, también como en casi todo en la vida, antes que optar por tomar partido se pueden buscar puntos en común. De sólo poder optar por uno de los dos planteamientos, obviamente lo haríamos por el segundo. Y no sabemos si por esta misma razón o por mera correción política, viene imponiéndose en el debate público la segunda de las alternativas.

Hay, sin embargo, una tercera opción que aparece poco en los debates. Pasa por no sólo optar por la educación en igualdad, para poner los cimientos de un orden más coherente el día de mañana, sino preocuparse también y de manera urgente por la verdadera participación ciudadana de los partidos. Si, como instrumentos de la sociedad para participar en política, los partidos fuesen lo verdadera y suficientemente permeables a ésta y estableciesen los canales de participación por parte de todos los colectivos (no sólo los hombres, sino las  mujeres, pero también los jóvenes, la tercera edad y las minorías), y sus bases tuviesen la capacidad de decisión que debieran, seguramente el acceso de las mujeres (y resto de colectivos) a las cúpulas sería inevitable, casi un tránsito natural.

Tsipras celebra su victoria en la noche electoral. / Foto: Efe.

Tsipras celebra su victoria en la noche electoral. / Foto: Efe.

De un partido, especialmente de izquierdas, debe esperarse una atención especial por reflejar de manera lo más fiel posible en sus debates, en sus políticas y en sus nombres propios la realidad de la calle. Pero no como un proceso forzado, sino como un mecanismo que fluya por sí mismo. Y si no fluye, ese partido de izquierdas tiene un prolema. Puede, transitoriamente, de manera puntual, corregir con  cuotas, pero debe ser consciente de que a medio plazo debe resolver este desafío de otra manera.

También en España partidos como Podemos, Izquierda Unida, Equo y compañía deben admitir que tienen un problema si no logran reflejar en sus bases esa igualdad y tienen que acudir a una paridad y unas listas cremallera que resuelven el problema en la primera línea de fuego (da visibilidad al papel de la mujer) pero no en la retaguardia: la desequilibrada participación de la mujer en los asuntos de la cosa pública.

Sería lógico que un partido como Syriza, en el que son mujeres el 20% de sus diputados, reflejase en su ejecutivo un nivel similar de ministras, porque supondría que tiene establecidos unos mecanismos que hacen que cualquiera, en igualdad de condiciones, alcanza los mandos sin que se castigue su condición femenina, en esta caso, como negativa. No es normal, por tanto, que no haya ninguna ministra en Grecia, como tampoco sería ‘normal’ que fuesen seis de doce cuando la preocupación de las mujeres griegas por hacer política sigue siendo tan escasa y, como parece, más bien delegan la gestión política y su participación ciduadana (y de qué modo) en ellos.

Pero es que incluso si ahora mismo hubiese tres ministras (un 20%, como en el parlamento) en el actual gobierno de Tsipras, la preocupación debería seguir siendo evidente: lograr que la mujer constituya no sólo la mitad de su ejecutivo, sino la mitad aproximada de sus representantes públicas y, sobre todo, de sus propias bases.

Insistimos: miremos más a las bases, no sólo a los mandos. Hay que replantearse hasta qué punto estamos convirtiendo la paridad en la culminación de las políticas de igualdad y si no convendría que los partidos reflejasen la verdad: un número de cargos conforme al de mujeres que haya en sus bases. Y si aquí las mujeres son pocas, preocuparse no sólo por incorporar a dos o tres ministras al gobierno o a dos o tres mujeres más en las listas de las próximas elecciones, sino en que haya más mujeres militando, pegando carteles, diseñando programas, dando mítines y levantando la mano en órganos de decisión de los partidos.

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Palabras regaladas

Nos separan tantos kilómetros que podría parecer que nuestros mundos son tan rematadamente diferentes que la realidad que vives resulta incapaz de conmoverme. Nos separa también la enorme muralla del idioma, que podría hacer pensar a su vez que de nada sirve enviar estas palabras. Pero creo que no es así. O quisiera pensar que no es así.

Quiero que sepas que cuentas con toda mi solidaridad y mi admiración, que tu padecimiento sirve para hacer visible una causa que de otro modo sería invisible y que gracias a gente como tú el mundo será cada vez un lugar mejor en el que vivir.

Estoy seguro de que algún día disfrutaremos de que así sea, y también de que sentirás la bendita satisfacción de haber hecho todo lo posible por conseguirlo. De momento, mucho ánimo y un abrazo de solidaridad que salte murallas y cruce mundos.

He enviado este mensaje a tres activistas que sufren prisión en Rusia, Irán y China por delitos tan graves como luchar pacíficamente contra violaciones de derechos humanos. Seguramente ninguno de ellos entienda mis palabras, ignoro si alguien se las traducirá, pero espero que entre tantas letras descubran al menos el mensaje de apoyo que necesitan y que se merecen. Si lo encuentra, la traducción habrá sido la correcta, más allá de frases hechas, palabras mejor o peor dichas y fórmulas verbales. Dejo aquí los perfiles de los tres activistas injustamente encarcelados:

  • Behareh Hedayat, una activista iraní de la Campaña por la Igualdad, que exige el fin de la discriminación de la mujer en la legislación. Behareh pertenece también al movimiento estudiantil que demanda reformas políticas y que se opone a las violaciones de derechos humanos. Está condenada a más de 11 años de prisión por cargos como «insultar al presidente», «insultar al Líder», participar en manifestaciones pacíficas y animar a estudiantes a hacerlo.
  • Liu Ping fue condenada a más de seis años de prisión en 2014, tras organizar un acto contra la corrupción en China. Es una de las muchas personas detenidas por su pertenencia al Movimiento de los Nuevos Ciudadanos. En su juicio fue declarada culpable de “provocar peleas y crear problemas”, “congregar a una multitud para alterar el orden en un lugar público”, e incluso “utilizar un culto diabólico para menoscabar el cumplimento de la ley”. Liu Ping afirmó ante el tribunal que la torturaron mientras estaba detenida y que la golpearon la cabeza contra barras metálicas.
  • Sergei Krivov fue detenido en Rusia en octubre de 2012 tras acudir a varias protestas en favor de los manifestantes pacíficos detenidos en la plaza de Bolotnaya. Se le acusó de participar en disturbios masivos y de violencia contra un agente de policía. Las irregularidades que existieron en su juicio hicieron que Sergei se declarase en huelga de hambre durante su periodo de detención. Se le sentenció a cuatro años de prisión en una colonia penitenciaria.

Confío en que el gesto de enviar unas ‘palabras regaladas’, que es como se llama la campaña de Amnistía Internacional en la que se nos anima a enviar unas palabras de apoyo (sin manifestar ideas políticas propias ni aludir al conflicto de su país), sirva también para difundir la realidad que viven estos tres activistas, y como ellos tantos por los que esta organización sigue dando la lata de manera incansable. Es también por esto que he colgado aquí este post.

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‘Quién ríe el último’, sobre el atentado contra ‘Charlie Hebdo’

De entre todos los textos que he leído en las últimas horas sobre el atentado contra ‘Charlie Hebdo’ en París, el artículo del escritor Isaac Rosa en el número especial de ‘Orgullo y Satisfacción’ me ha parecido tremendo, demoledor por el tono, el fondo y la forma. Lo transcribo aquí, con una viñeta de Guillermo en el mismo número ‘online’ al que, en todo caso, merece la pena echar un ojo en su conjunto: está disponible para su descargar en su web.

CHARLIEHEBDO-GUILLERMO

‘Quién ríe el último’, por Isaac Rosa:

Querían que no nos riéramos más, y llevamos sin parar de reír desde las once de la mañana del miércoles. Nos hemos meado de risa. Nos hemos cagado de risa. Estamos partidos de risa. Nos duele la boca de reír, y no podemos dejar de llorar. De risa, por supuesto.

Revisamos números anteriores de Charlie Hebdo, viejos dibujos de los asesinados, y la risa se nos vuelve histérica. Miramos las portadas de Mahoma, las vemos junto a la foto de Charb, que posaba con una de ellas con el puño levantado, y la risa se desmadra, nos doblamos de risa, nos ahogamos de risa, vomitamos de risa, morimos de risa.

Para seguir la fiesta, leemos y oímos a quienes hoy se llenan la boca de defensa de la libertad de expresión y ayer, hace un rato, mañana de nuevo, intentan limitar esa misma libertad, poner cauce al humor, que nos riamos pero sin pasarnos de la raya, de su raya.

A carcajadas locas nos reímos cuando vemos a los que hasta hoy censuraban las bromas si eran con su dios, y nos decían esa mierda de “anda, valiente, métete con Mahoma”, que hoy suena macabro, premonitorio.

Más risas: los muchos valientes que hoy sacan pecho en las redes sociales o cobijados por la multitud en la plaza, y juran que no nos vencerán, que la libertad se impondrá sobre el fanatismo… Pero pasado el calentón, dejarán solos y en primera línea a quienes de verdad se juegan el cuello.

“Yo soy Charlie”, repetimos todos estos días. Pero qué va. Charlie eran solo unos pocos, los que se jugaron la vida. Y no una sino varias veces, riéndose sobre un fondo de amenazas de quienes no se andan con bromas. En su día nos parecieron valientes, hoy podríamos pensar que eran temerarios, suicidas, pero qué va. Unos locos, sí, pero con tantas ganas de vivir como de reír y hacer reír.

Quien ríe el último, ríe mejor, dice el refranero. Está por ver quién reirá al final, pero está claro quiénes ríen hoy: los enemigos de la risa resistente, de la risa liberadora, de la risa desobediente. Los miserables del “ya lo decía yo”, que hoy querrán hacer cosecha para la causa fascista que cada vez engorda más, simétrica al fanatismo del otro lado, en esta Europa que ya no da risa, que da miedo. Ríen los fundamentalistas de todos los bandos, que ven cruzada una línea más, para que su guerra sea irreversible. Y sobre todos ellos, ríen los asesinos, todavía se oyen sus ráfagas de risas, su metralleta de ja-ja-ja; y quienes les dan apoyo, dinero, coartadas, y que hoy ríen porque nos saben aterrorizados.

Para que no rían ellos los últimos, tenemos que reír todos juntos, y muy fuerte. No puede ser que los humoristas, los dibujantes, los periodistas críticos, se conviertan en el batallón que abre a pecho descubierto el camino. O vamos todos, o no va nadie. No podemos exigir heroicidades, ni afear a quienes decidan dar un paso atrás, cada uno es dueño de su miedo.

Si de verdad nos preocupa la libertad de expresión, si no queremos que los fanáticos rían los últimos, tenemos que proteger a los nuestros, pero de verdad. Mucho más que poner policías en la puerta (que también, cuando lo necesiten). Reír junto a ellos, reír incluso cuando no nos haga gracia, entonces más que nunca. Defender el humor sin límites, sin líneas rojas, sin nada sagrado ni intocable.

Es muy fácil decirlo, lo sé, y suena retórico, palabrería hueca cuando tenemos sobre la mesa los cadáveres de Charb, de Cabu, de Wolinski, de Tignous, de quienes estaban junto a ellos en el peor momento. Pero no se me ocurre otra forma de quitarnos hoy el miedo, la pena y el asco, que riendo, defendiendo la risa, y peleando por que al final riamos los últimos, para que reír no sea lo último que hagamos. Venga.

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El juego de los espejos

La-mujer-locaLa mujer loca • Juan José Millás • Seix Barral

Recordarán esa tradicional sala de espejos de los parques de atracciones en la que uno descubre su propio rostro y su cuerpo multiplicados en numerosos reflejos, casi siempre deformantes, por todos los costados hacia los que se proyecte la mirada. La literatura de Juan José Millás tiene mucho de ese expresionismo que nos convierte en enanos achaparrados o agiganta sólo algunas partes visibles –pero también las invisibles- de nuestro ser. Su continua reflexión sobre la identidad –el gran tema del escritor madrileño– y su abordaje de las diferentes caras que nos muestran la realidad y la ficción (si es que no son lo mismo) son llevados en su última novela, ‘La mujer loca’, hasta los extremos.

Porque habitualmente Millás se ha valido de la confusión entre la ficción y la realidad para manejar a su antojo a los personajes y, con ellos, a los lectores. Su modo de entender la literatura tiene mucho de juego, aunque de un juego casi nunca trivial, a veces incluso siniestro. Ahora bien, la realidad de sus libros era siempre la realidad de la ficción, el plano que asignábamos a lo verdaderamente existente dentro de las propias normas del artificio, de ingenio, de lo inventado. Lo otro, los personajes improbables, los sucesos imposibles pero que sucedían en las páginas, era lo que teníamos por ficción. Y en la confusión de una y otra dimensión andaba el juego.

Esta vez Millás va más allá. Porque en su juego de espejos nos propone una novela en la que la realidad lo es más que nunca, como si ya no formase parte de la ficción. Él mismo aparece como personaje. Y el relato, en cambio, resulta más ficticio que nunca, al presentar a una mujer que delira no ya con imágenes obsesivas o recuerdos de su pasado, sino con palabras, que son la materia de la que están hechos no sólo sus sueños, sino su propia existencia como personaje literario… Y aquí reside la vuelta de tuerca a la reflexión sobre la identidad.

Las alucinaciones verbales de Julia, la mujer loca con la que arranca la novela, son excesivas. El realismo pretendido de la historia del propio Millás que nos habla es, por su parte, sórdido como la vida misma, o como el final de la vida, la muerte, y en este caso la muerte más racional de todas: la que se practica uno mismo.

No es la primera vez, por supuesto, que Millás juega con las palabras en su obra. Tampoco es novedoso el modo en que nos retuerce la realidad. ‘La mujer loca’ es una novela de interiores e interioridades, tal vez por ello más oscura que nunca, en la que las costuras del relato nos quedan a la vista, descubriendo el autor el modo en que ha construido la historia, una técnica muy explotada en los últimos tiempos por los novelistas españoles de la generación de Millás, que dejan visibles los cimientos de la arquitectura narrativa.

Aunque el autor se explica e intenta hacer lo posible por justificar el modo en que ensarta las dos partes evidentes en que se divide la novela, la que protagonizan primero Julia y la que protagoniza después el propio narrador (si bien ambos aparecen como secundarios en partes opuestas) ‘La mujer loca’ acaba por conformar un doble relato cosido por hilos muy débiles. Millas abre muchas sendas pero no profundiza en casi ninguna de ellas.

La historia de Julia, la pescadera que alucina con la gramática, se apaga por sí sola y su solución definitiva tampoco justifica una desmedida atención inicial para el peso que acaba teniendo en el conjunto de la obra. El libro queda así descompensado, con dos relatos a medio escribir, el primero porque se pasa de frenada y el segundo porque camina siempre tirando del otro. Hay pasajes de ingenio, sobradas muestras de oficio, pero el ambicioso proyecto de Millás de llevar su literatura hasta límites inexplorados se queda varado en tierra de nadie. El salto a la gran novela de novelas que aquí busca se le resiste a Millás, indiscutible maestro en las distancias cortas.

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El velo de las apariencias

alguien-dice-tu-nombre_grande‘Alguien dice tu nombre • Luis García Montero • Alfagüara

El poeta granadino Luis García Montero vuelve a decirnos que somos el rastro de memoria que nos persigue como una sombra, tema ya recurrente en su todavía breve narrativa. Con la arquitectura de los recuerdos, García Montero levanta pequeñas pero riquísimas historias personales que dicen mucho más de nosotros que muchas biografías rebosantes de épica. Lo hizo en la preciosa semblanza de su amigo Ángel González en ‘Mañana no será lo que dios quiera’; también en esa otra novela sobre el conflicto generacional que es ‘No me cuentes tu vida’; e insiste ahora con ‘Alguien dice tu nombre’.

Con una prosa siempre deliciosa, que filtra continuamente imágenes poéticas sin arabescos innecesarios ni giros rococós, y que traslada al fraseo de la narrativa las cadencias y la musicalidad de la lírica, García Montero cuenta la historia de un joven universitario procedente de un pueblo de Jaén que ingresa durante el verano de 1963 en una editorial en Granada para vender enciclopedias: ahí se abre un universo de oportunidades para el chaval, que tiene todo un mundo por descubrir: el primer amor, el primer trabajo, las primeras responsabilidades que complican cada paso…

El poeta andaluz vuelve la mirada al pasado y nos sitúa la trama en las vivencias de un joven con inquietudes políticas y sobre todo literarias en una capital de provincias. Las vidas, de puertas para afuera, son grises. Pero todo es apariencia. Porque incluso en la grisura de la ciudad y de sus gentes hay destellos de luz, anticipos de esperanza.

Pero importa tanto o más cómo lo cuenta. García Montero conmueve sin estridencias. Tiene, por ejemplo, la capacidad de recrear extrañas sensaciones como la nostalgia de un tiempo que jamás se vivió y que jamás se habría querido vivir: la España gris del posfranquismo. Uno lee ‘Alguien dice tu nombre’ y, por un momento, se sorprende añorando las vivencias, los ambientes y los personajes, tan corrientes todos por otra parte, que retrata. El lector se entrega a esta mentira con placer porque, aun en otros lugares, otro tiempo y otros personajes, identifica la esencia de la vida.

Esta novela de iniciación, con sus juegos de clandestinidades y sus recuerdos cargados de nostalgias, nos habla de las apariencias, que son tal vez el tema central de toda poesía por cuanto está tomada por la metáfora. Las últimas páginas de la novela levantan el velo de la apariencia para, entones sí, mirar a la vida a la cara. Hay una doble lección en este demoledor desenlace: de madurez, para el joven protagonista, obligado a replantearse todo; y de dignidad, en los personajes grises. Porque ahí radica la enseñanza: lo auténtico es de color gris.

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Un baño de realidad

los-cuerpos.extrañosLos cuerpos extraños. • Lorenzo Silva. • Destino

A Lorenzo Silva le está pasando aquello de lo que previene un viejo y cínico axioma periodístico: ‘No dejes que la realidad te estropee un buen titular’. Al escritor getafense las novelas policiacas le quedan cada vez más realistas, pero a las historias les cuesta levantar el vuelo y el lector corre el riesgo de quedar un tanto defraudado con unos misterios que se resuelven de una manera tan rematadamente prosaica.

‘Los cuerpos extraños’ se mete de lleno en un tema muy interesante y de absoluta actualidad, la corrupción política. En una playa levantina una alcaldesa aparece muerta de una sorprendente guisa –que recuerda, en parte, a su memorable ‘El alquimista impaciente’–. Turbios intereses que mezclan política y negocios –los más oscuros– se entremezclan en una historia en la que irrumpen los modernos guardias civiles Vila y Chamorro, encargados aquí de representar la decencia de un sistema con demasiadas zonas de podredumbre.

Nos hace el escritor un auténtico informe desde dentro de cómo funciona una investigación policial, absolutamente creíble e interesante. Silva vuelve a mostrar las dificultades a las que se enfrentan los agentes, a menudo provocadas por el propio funcionamiento interno de las investigaciones, y lo mezcla con algunos episodios de la vida del protagonista, que al lector le es tan familiar después de los siete títulos anteriores.

Todo esto, no obstante, tiene sus peros. El brigada Vila, lo sabemos, ha madurado. El Vila de las primeras novelas era un tipo sagaz y brillante, que ya entonces se situaba al margen de las formalidades, pero que siempre encontraba una rendija por la que destilar un haz de luz deslumbrante. Ahora se nos muestra cada vez más gris, con los gestos y las confesiones abiertas de un tipo prácticamente acabado que, no sólo en su vida privada, sino en sus investigaciones, obra ya con más oficio que ingenio, resignado a un margen de maniobra cada vez más estrecho. Ese baño de realismo absoluto le hace flaco favor al personaje: cuanto más creíble, y lo es, también nos resulta más vulgar. Y pareciera como si sólo un halo de superioridad moral reclamase nuestra admiración… pero es que este escepticismo tan radical, por encima del bien y del mal, se muestra también gastado, incluso pedante en algunos pasajes. Y no hablo sólo de este último libro.

Algo similar ocurre en lo tocante a su relación con la teniente Chamorro, donde Silva ha dado por perdida cualquier opción de tensión sexual o de celos entre ambos, que tan bien funcionaba antes, por una amistad fraternal, conveniente y convincente, pero con mucha menos chispa. Tal vez como contraprestación, el autor ha introducido a otros guardias más jóvenes que ofrecen perfiles refrescantes, pero que no sustituyen ni de lejos los mejores momentos vividos por sus dos protagonistas en otras novelas.

Pero, sobre todo, hay en las últimas novelas una inmersión en las formas de investigación más novedosas que restan importancia a los interrogatorios, tan interesantes en la novela policiaca. Los juegos más literarios, el recurso al ingenio y la psicología, llevan ya tiempo cediendo terreno. A lo largo del libro el lector acumula mucha información innecesaria: de nada le vale estar atento o especular con la autoría del crimen, como ocurría antes, porque desde hace ya unos años el resultado depende de una escucha telefónica, de un barrido de mails, nunca más de la agudeza de los agentes.

La apuesta en los últimos títulos policiacos de Silva, pero especialmente en ‘Los cuerpos extraños’, resulta arriesgada porque evapora la magia e impone la maquinaria pesada de la realidad. Suponemos que así sucede en la vida misma. Y eso, tan conveniente para acercarnos a la verdad del relato periodístico de lo que sucede en un cuartel o una comisaría, no siempre le sienta bien a la ficción, o al menos a las pretensiones de algunos lectores del género. Podemos pasar que al periodismo la realidad le estropee un buen titular, pero no a una novela. Y en la lectura que aquí nos ocupa hay, para bien y para mal, un extraordinario baño de realidad.

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De vagabundo a cicerone: ‘Un otoño romano’

650_L347146.jpg‘El otoño romano’ • Javier Reverte • Plaza & Janés.

Hay mucho de otoñal en el libro romano de Javier Reverte. No sólo en el título, que alude a las fechas de la estancia del escritor madrileño en la capital italiana. También lo es por el tono nostálgico, por las reminiscencias de una piedra en eterno amago de retirada. Y por el tono del viaje, tal vez el primero de Reverte que ya no es un viaje en sí mismo, porque sustituye las andanzas por los paseos y la aventura por el turismo, siguiendo incluso un recorrido inalterable.

Se podría decir que Javier Reverte ha alcanzado la madurez de su trayectoria literaria. También se podría decir, siguiendo con los otoños, que las páginas de sus libros se le están amarilleando, que ya no desprenden sus hojas la fragancia y el frescor de los libros africanos o del Amazonas –irrepetibles, por cuanto el autor ya no está para esos trotes– y que, en plena reconversión, el vagabundo con alma de explorador se hace cicerone que nos acompaña en el recorrido, sembrándolo de cultismos y anécdotas, con el mismo oficio de siempre pero ya sin sobresaltos, con un itinerario medido como ocurre con los guías turísticos, con un andar pausado. Y esta parsimonia, libre ya de amaneceres salvajes y de dentelladas de cocodrilos, incluso se traslada al formato del libro, redactado a modo de diario clásico.

Hay en el propio libro algún reconocimiento explícito a esta forma más resignada de viajar:

“El turismo se ha convertido en una plaga, cierto; pero el mundo ya no puede ser de unos pocos, sino de todos, y a la postre yo formo parte de la plaga, aunque suela viajar sólo”.

Reverte confiesa, se da por vencido, expone su adhesión a la cordura. Le honra, pero también le amansa.

Hay cosas que no cambian. Mantiene la maestría con la que nos acerca a las vidas de los grandes personajes de la historia, aquí sobre todo los artistas como Miguel Ángel o Rafael, nos describe su admiración por obras como el cuadro del Papa Inocencio X de Valázquez y ‘El éxtasis de Santa Teresa’ de Bernini y tiene algunos destellos de originalidad cuando da pábulo al poeta canalla Giuseppe Gioachino Belli o pasea por un cementerio leyendo los epitafios de las lápidas, persiguiendo un punto de fuga romántico en un paisaje de armonías renacentistas.

El escritor capta la esencia de la ciudad y en cerca de 300 páginas firma un ameno y completo reportaje centrado sobre todo en la Roma previsible de los mitos y las artes. Sus lectores más devotos, quienes nos hemos leído con admiración su docena de libros de viajes, le hubiésemos agradecido esta vez también hubiese abandonado el itinerario oficial, que se hubiese perdido por otras callejuelas y que explorase, aunque fuese en un entorno tan doméstico, algunos vericuetos que a buen seguro le habrían llevado a descubrirnos también a los romanos de hoy, que en el libro quedan como meros figurantes, y que no se quedase sólo a presentarnos a los exquisitos espíritus que habitan la ciudad eterna.

Ocurre que el lector sospecha que Reverte no ha podido o no ha querido ver siquiera un atisbo de primavera en Roma. Un otoño solo, aunque sea en Roma, es un viaje muy corto.

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Una demencia excesiva

kassel-no-invita-a-la-logica_9788432221132Kassel no invita a la lógica. • Enrique Vila-Matas. •Ed. Seix Barral. • 2014. • 304 páginas.

Lo mejor sería no haber escrito esta crítica. Haber cerrado el libro, como en tantas ocasiones, y haber pasado página, nunca mejor dicho. Pero días después de la lectura de ‘Kassel no invita a la lógica’ me persigue el rastro de sus densas descripciones, la persistencia de ciertas obsesiones del protagonsita y una duda, la duda enorme de si no habré sabido leer el libro.

A bote pronto, este libro -que no es novela- ha supuesto mi primera gran decepción con Enrique Vila-Matas, escritor que me ha ofrecido con generosidad enormes momentos con títulos como ‘Doctor Pasavento’, ‘El mal de Montano’ o ‘Dublinesca’… Si aquellas eran novelas enigmáticas, con viajes transformadores y riquísimas experiencias psicológicas, en estas otras páginas, publicadas por Seix Barral, me he encontrado a un autor excedido, encantado de reconocerse como un maldito excéntrico, exagerado en las poses afectadas de su extravagancia. Si estuviese interpretando un papel podría decir que he encontrado a un actor sobreactuado.

El libro recrea la experiencia de Vila-Matas invitado a la macroexposición de Kassel. No es una ficción, aunque seguramente hay una buena dosis de reinvención de los hechos en el modo en que el autor catalán devuelve negro sobre blanco su vital recorrido por la feria de arte alemana Documenta.

No hay en este propósito nada reprochable. El inconveniente remite más bien a las tediosas páginas de impresiones personales y juicios extravagantes que ofrece el recorrido de instalación en instalación artística. Lo dice el propio narrador hacia el tramo final del texto: el arte es algo que al protagonista le «estaba sucediendo» en cada preciso instante narrado. Y así ocurre que Kaseel, sin su lógica, renueva la mirada del espectador, que aquí coincide, además, con un creador en plena zona de creación. De ahí el propósito honesto del que surge el libro, pero que no explica su desatino.

Una instalación en el Documenta de 2013. / Foto: El Universal.

Una instalación en el Documenta de 2013. / Foto: El Universal.

Bien abierto (la propuesta es interesante) y bien cerrado, entre medias el lector se pierde en un laberinto de obras de arte que son abordadas con derroche de descripciones y en una espiral de divagaciones que hacen interminable el paseo por la feria, aunque haya -todo sea dicho- algún momento de magia y lucidez.

El tono general resulta plomizo. Asiste el lector, desbordado por el pedante escritor, a un itinerario similar a aquellas sesiones de diapositivas que (antes de que existiera Facebook) preparaban algunas parejas para mostrar a los invitados las tropecientas mil fotografías de su crucero en verano. Grandilocuente en las opiniones y excesivo en las reacciones, peca también de un ‘yoismo’ en la trama que acaba por asfixiar al acompañante. Hay, incluso, frases de una afectación imperdonable. Valga de muestra este botón: «las sardanas me emocionan, me recuerdan a los antepasados que no conocí, me hacen llorar de confusión sentimental». Una sobrecarga de sensibilidad intelectual en mitad de un circo de arte posmoderno.

Pese a todo, he leído algunas críticas elogiosas de ‘Kassel no invita a la lógica’. Así que tal vez este elogio de la locura de Vila-Matas no sea tanto un desatino del autor como un producto alejado para la ceguera de quien firma esta crítica. Es ahí donde anida la duda: aún no sé si fue el escritor o el lector quien echó el borrón.

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Parece ser que llueve

La madre de una mujer (que fue en las listas electorales del PP) mata a otra mujer, presidenta de la Diputación de León y presidenta del PP de esta provincia. En apenas 24 horas, una oleada de voceros intenta convencernos de que el crimen no obedece a motivos personales, sino que es resultado del creciente estado de indignación en la calle, de la protesta social que bulle sobre todo en las redes sociales. Twitter es ETA y los escarches son “nazismo puro”, que dijo Cospedal. En realidad, se esfuerzan en explicarnos lo inexplicable, en convencernos de una falsedad. Que en la lógica de muchas cabezas (también en estos cráneos privilegiados) ya no resulte extraña una reacción virulenta contra la clase política no quiere decir que el asesinato de esta dirigente tenga que ser necesariamente explicado de este modo. Ninguna información seria apunta en ese sentido y el relato policial, la línea prioritaria de investigación, tampoco nos lo sugiere. A pesar de todo, el suceso sigue pasando de la crónica negra a la tribuna política (los voceros han saltado del pesebre hechos unos zorros). La criminalización eleva su ‘crescendo’ y la España de la corrupción que no mira las cuentas en los paraísos fiscales amenaza con vigilar las cuentas de Twitter. Cualquier excusa vale ya para callar cualquier suspiro de insumisión, aunque sea un liviano pío-pío. Y el mensaje es claro: encima de que te mean, has de decir que llueve.

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El payaso, sin maquillaje

elculodelmundoTítulo: El culo del mundo. • Dirección: Andreu Buenafuente y Eva Merseguer. • País y año: España, 2014. • Género: documental.

Hay una estampa conmovedora en nuestro imaginario popular que nos presenta a un payaso llorando en su camerino. El tipo que minutos antes desata un aluvión de carcajadas infantiles puede estar instantes después sumido en la más honda de las tristezas, y las lágrimas que se le escurren por sus mejillas limpian el maquillaje como si, en realidad, derritiesen la máscara del cómico para descubrir el verdadero rostro de la persona.

Muy similar es el ejercicio que plantea en su documental ‘El culo del mundo’ el televisivo Andreu Buenafuente, uno de los presentadores de programas de humor más populares de las últimas décadas, pero que sufrió un auténtico varapalo cuando hace dos años su formato habitual dejó de funcionar con ‘Buenas noches, Buenafuente’. Los mismos monólogos diseccionando la actualidad, las mismas entrevistas desenfadadas, los mismos actores de su productora dando vida a disparatados personajes ya no hacían la misma gracia que antes. ¿Qué había pasado?

Ahí arranca la reflexión que Buenafuente hace en primera persona ante las cámaras para este documental que subtitula “un viaje al corazón de la comedia”, con el que ‘celebra’ 30 años de carrera y por el que desfilan algunos de los profesionales que trabajan o han trabajado a su lado –Corbacho, David Fernández (más conocido por su eurovisivo ‘Chikilicuatre’), Jordi Évole, etc–, otros colegas de oficio como Leo Bassi, Gomaespuma, el Gran Wyoming o Santiago Segura, y Silvia Abril, con un papel destacado por ser compañera profesional y sentimental.

Pero, antes que nada, el cómico viaja a Argentina para descubrir “en el culo del mundo” a un espectador al que su programa sí le hacía gracia, pese a la enorme distancia geográfica, y reencontrarse también con el mentor, con su maestro. En la otra punta del planeta comienza Buenafuente a hacer esta suerte de arqueología de la risa.

Para los muy fans, el documental les descubrirá algunos rasgos de la personalidad del verdadero Buenafuente (el payaso sin maquillaje), pero para quienes simplemente acudan con la intención de ilustrarse sobre la compleja condición de la comedia, a buen seguro que se quedarán un tanto hartos de las excelencias del Buenafuente cómico, Buenafuente padre, Buenafuente compañero, Buenafuente pintor, Buenafuente para todo, y con las ganas de resolver los misterios que se planteaban acerca de porqué un cómico deja de hacer gracia o no es capaz de cambiar de registro.

Queda clara la necesidad del humor, todavía más en momentos difíciles para una persona o para una sociedad, como ocurre con la experiencia vital que atraviesa el propio Buenafuente (o el testimonio que ofrece la actriz Concha Velasco) o con el periodo de crisis en el que está sumida España desde hace más de un lustro.

El humor como una droga

La risa tiene un inexplicable potencial  terapéutico. Lo dice en la cinta Berto Romero; quizá se trata de algo mágico, sugestivo o químico (apunta a la descarga de endorfinas), pero después de hartarse a reír uno se siente mejor. “Es una droga”. Y en realidad esa es la principal virtud del documental: plantearnos a través de la figura de Andreu Buenafuente, que vive precisamente de hacernos reír, la dependencia hacia el humor que él mismo sufre y la dureza del síndrome de abstinencia cuando está lejos de las cámaras; y para ello indaga en su trabajo y en su vida –por ejemplo a través de la satisfacción que le supone provocar la risa en su hija de unos meses–.

No sabemos exactamente si este documental ha sido un intento de relanzar la marca Buenafuente, una justificación del artista después del tropiezo o una sincera reflexión que, como la risa tonta, no responde a ninguna lógica, pero al menos tiene un efecto revitalizante para quien la experimenta.

Con este documental estrenado en el Festival de Málaga, en los cines desde el día 11 de abril y ahora ya también en DVD o en Canal+, la productora del propio Buenafuente, El Terrat, demuestra su capacidad para retroalimentarse –su plantel de guionistas, actores y presentadores son una fuente inagotable de productos de muy diverso formato–, reciclando esta vez hasta sus propios fracasos y recomponiendo un documental de ochenta minutos a partir de los restos de un accidente.

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