Lo que he aprendido con Bauman

baumanHa muerto Zygmunt Bauman. Uno tiene a estas alturas unos cuantos pensadores de referencia, pero el sociólogo polaco se ha convertido sin duda en uno de mis imprescindibles. Aunque se puso de moda en los últimos tiempos, sobre todo a raíz de sus apariciones en prensa tras ganar el Príncipe de Asturias en 2010, lo empecé a leer antes, hace más de una década, a partir de la recomendación de un antiguo profesor de filosofía que había traducido uno de sus libros. Desde esta primera experiencia me quedé fascinado con la calidad de su estilo literario, con el poder de sugestión de sus teorías y por la claridad con que, a partir de sus lecciones, uno comprendía estos mundos posmodernos que nos ha tocado vivir. Y tal vez radica aquí uno de sus principales logros: el modo en que Bauman ha sido capaz de establecer conexión entre los académicos y la calle, entre la teoría sociológica de su tiempo –donde ha emparentado con corrientes como la sociología del riesgo de Ulrich Beck– y las preocupaciones ciudadanas más inmediatas como la precariedad laboral, las nuevas formas de consumo, la revolución de los canales de información y la incertidumbre que, de manera más general, nos rodea en todos los órdenes de nuestras vidas.

Cuando leemos a Bauman comprendemos que viajamos más ligeros de equipaje que nunca, pero sin cinturón de seguridad ni brújula que nos marque el norte. El pensador polaco ha sabido explicar como pocos estas inseguridades que angustian al ciudadano de este mundo feliz de la modernidad postindustrial (lo que algunos llaman la sociedad de la información y otros colegas denominaron la posmodernidad), un sistema social en el que a su juicio no había suficientes elementos de ruptura con la industrialización que marcó el periodo anterior como para hablar de una naturaleza completamente distinta, pero cuyos elementos han sufrido tantas y tan importantes transformaciones como para plantearse que había que cambiar las ópticas con las que enfrentarlos.

Todo lo que era sólido ya no lo es, nos dijo Bauman en plena mudanza entre milenios. Planteó su ‘modernidad líquida’, un marco teórico con el que luego abordó análisis parciales de diferentes parcelas de la realidad y de casi todas las relaciones sociales, de los contratos laborales y las transacciones comerciales a los medios de comunicación y el arte. La liquidez que llevó a muchos de sus títulos lo ha inundado todo, desde el miedo al compromiso en el amor y el postureo en las redes sociales hasta la volatilidad del voto y la vaporosa militancia de la política actual, desde la crisis del estado del bienestar hasta la ruptura de los lazos de solidaridad de la clase trabajadora entregada, ahora, a la feliz tarea de consumir sin descanso en “una vida en la que siempre ‘pasa algo’: algo nuevo, excitante; y excitante sobre todo por ser nuevo”.

Es en este terreno movedizo, de relaciones humanas intermitentes y sin compromisos, donde se establece una lucha por la supervivencia que cada uno libra por su cuenta, a menudo en plena competencia con el vecino, en un intento desesperado y extenuante por seguir perteneciendo a una clase media que ha quedado hecha trizas, donde el propósito de todos a un mismo tiempo pasa por seguir estando a la última y no quedarse fuera de juego, es decir, quedar recluidos a la ‘infraclase’ como apestados modernos, “víctimas colaterales del consumismo”, perfectamente prescindibles para la maquinaria de la sociedad postindustrial.

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La cooperación ha dejado paso a la disputa como método para salir adelante. Hay una pugna constante para ocupar el mejor lugar en el escaparate de novedades, resultando un profesional apetecible, un señor atractivo, una señora de última generación. “Ésa es la materia de la que están hechos los sueños, y los cuentos de hadas, de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado”.

Antes de definir y desarrollar su ‘modernidad líquida’, Bauman ya había despuntado al explicar el holocausto nazi o la ingente producción de residuos humanos en el capitalismo (tan vigente en un mundo con 65 millones de desplazados, inmigrantes o refugiados) como una respuesta lógica de la modernidad. No son anomalías, nos dijo, sino derivaciones perfectamente a tono con un mundo tan industrializado. En los últimos tiempos, con la resonancia que la popularidad que la etiqueta líquida y los reconocimientos académicos dieron a sus conferencias y sus apariciones en prensa, Bauman aplicó sus análisis a cuestiones que estaban a la orden del día como el uso y abuso de las redes sociales o ese precariado engordado por la crisis económica. En España interesó a los indignados y con razón, porque fue mucho más lejos que otros referentes del movimiento como Stéphane Hessel, cuya indignación era apenas una jugada a la defensiva. Con una mirada más ambiciosa, el pensador polaco intervino públicamente con esa claridad deslumbrante, pero nunca cegadora, que necesitamos para entender cómo nos movemos, y cómo nos tratamos los unos a los otros, en un mundo virtual que ensancha cada vez más sus horizontes a la vez que a este otro lado de la frontera, en la realidad, menguan los espacios públicos y los proyectos en común.

A Bauman le debo medio premio Libertad de Expresión de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, que gané hace un año con el artículo ‘Cómo hacemos ciudad’. La lectura de uno de sus principales ensayos, ‘Modernidad líquida’, me resultó inspiradora hasta un extremo insospechado, porque al leer algunas de sus páginas encontré por sorpresa una descripción ajustada casi al milímetro de las transformaciones que se estaban produciendo en la fisonomía de la ciudad en que vivo. A partir de ahí ofrecí mi visión del urbanismo local como herramienta para hacer o deshacer comunidad. Pero era una reflexión deudora totalmente de los planteamientos de Bauman. Y no era la primera vez que le utilizaba para un artículo de opinión: en otra ocasión ya había plagiado el título de ‘Vidas desperdiciadas’ y había rescatado algún que otro fragmento para hablar de mendigos en la Calle Mayor.

No voy a decir que me apene personalmente la muerte de Bauman, un señor que yatenía 91 años y al que ni siquiera vi en persona, pero siento que a mi forma de mirar a nuestros mundos posmodernos se le ha apagado una luz muy potente. Bauman es ya un autor de relectura obligada.

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Podemos se anota tres puntos en su debut

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Carolina Bescansa con su bebé, junto a Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. / Foto: ULY MARTIN – EL PAIS.

Podemos lleva año y medio marcando la agenda política de este país. Y lo ha vuelto a hacer en el estreno de la legislatura. Detrás de la estampa de Carolina Bescansa con su bebé, de las rastas, de los cuellos despejados de corbatas, de los ademanes desinhibidos entre los escaños y de sus juramentos por la tangente hay una triple victoria: le robaron la foto de portada a Patxi López, volvieron a sacar lo peor de la España casposa y esquivaron cualquier parecido con aquello que siempre denunciaron: la casta.

La foto de portada de la sesión constitutiva en el Congreso debió ser para Patxi López, nuevo presidente del Congreso, pero fue para Iglesias; o para Bescansa; o para Iglesias, Bescansa, su niño y Errejón. Detrás del gesto, que además ha suscitado un debate a ratos interesante sobre el papel de la mujer trabajadora en nuestro país, hay una operación redonda de mercadotecnia política (por qué no llamarlo propaganda). Nada más debutar en la plaza, Podemos mostró el capote y los morlacos embistieron. Primer objetivo conseguido.

Luego está el cómo. El cómo han embestido las bestias. El modo en que unas escenas de cotidianidad absoluta –como si al congreso hubiesen entrado los paisanos que paseaban diez minutos antes por la calle– han soliviantado a la casta, con una reacción en directa proporción a su caspa. Otra vez marcando el paso en el debate. Provocando una ola de odio de esa misma España rancia que les decía que en vez de acampar había que presentarse a las elecciones. Pues ahí los tienen: 69 diputados.

Y sin corbata. Una apariencia con la que han logrado enviar otro mensaje todavía más poderoso: siguen siendo los chavales del 15M. Tras esta afirmación puede haber toneladas de discusión, pero el mensaje es inequívoco. No son aquellos diputados que no nos representaban del PPSOE. Ni tampoco esos ‘Ciudadanos’ que demasiado pronto se diluyen entre los de siempre y cuyos únicos gestos de frescura sean acaso, como la diputada alcarreña Orlena de Miguel, un ‘selfie’ para colgar en el Facebook y que los amigos le den al ‘me gusta’.

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El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, tras prometer su cargo como diputado. / Foto: MARTA JARA – ELDIARIO.ES

La fotografía de Marta Jara en la que Iglesias sale a tomar posesión mientras le observa el socialista Barreda literalmente apoltronado en su escaño, es lo suficientemente elocuente. Es el gesto de un tipo entre abatido y acomodado, de un hombre que esa mañana se ha vestido impoluto y se ha anudado la corbata como corresponde a los cánones para jugar un papel determinante en el destino de nuestro país. Observen cómo mira el propio Barreda a Iglesias, que irradia energía con su puño en alto. Dice tanto la imagen de Barreda, con esa pose de solemne dignidad que pareciera que puede resquebrajarse con sólo tocarla… También hay que fijarse en estos otros gestos.

Lo que se vio en el Congreso en su primera sesión es que allí sigue la España que quiere que sus instituciones sean –y se parezcan- como el discurso de Navidad del Rey en el salón del trono; y junto a ella, ya dentro y no fuera, la España que quiere que sus instituciones se parezcan –y quizá acaben así por ser- a un vagón del metro de Madrid.

Precisamente aquí estaba en juego para Podemos otro punto en clave interna, la parte de los gestos dedicada a su público: el día del estreno los recién llegados sabían que no podían dar a pie a que nadie les acuse de parecerse –y tal vez de acabar siendo- a la casta. Tengo la impresión de que la principal intención de estos ‘diputados de la calle’ fue no confundirse, ahora que tendrán que mezclarse en los mismos pasillos, con esa clase política de la que renegaban quienes acamparon en Sol, quienes rodearon precisamente el Congreso, ese congreso incapaz de dar salida –pongamos por caso- a una iniciativa popular con un millón y medio de firmas para evitar los desahucios.

El titular del ABC del jueves pudo ser “ya son casta”, pero Podemos lo evitó. En su debut en el Congreso se anotaron tres puntos.

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Los ojos en el agua

llamazares‘Distintas formas de mirar el agua’. • Julio Llamazares. Editorial Alfaguara. 2015.

Acabo de terminar de leer en un par de asaltos la última novela de Julio Llamazares y me queda la impresión de que ha regresado a los orígenes: al embalse bajo el cual quedó anegado su pueblo, a las historias de despoblación forzosa, al relato de lo que le aconteció a los abuelos. Se ha sumergido en las profundidades para bucear hasta dar con las raíces.

Cuando el escritor anunció que escribiría un libro inspirado en la marcha de su familia de Vegamián –cuando se construyó el pantano de Porma en los años sesenta– se nos abrió una expectativa enorme. Llamazares lleva tiempo dejando unos libros interesantes (especialmente ‘Las lágrimas de San Lorenzo’), pero algunos echamos de menos al escritor juvenil que remató ‘Luna de lobos’ y la obra maestra ‘La lluvia amarilla’. Le habíamos leído en reportajes sobre aquellos acontecimientos, le habíamos oído conferenciar también sobre ellos, pero en la novela esperábamos descubrir al Llamazares más íntimo, tal vez algo así como la confesión definitiva.

Por eso sorprende de inicio que su expresión más personal sobre el suceso, crucial en la historia de un pueblo y de una familia, la haya plasmado con una mirada coral, de ahí el título: el libro lo compone el compendio de monólogos de los diferentes familiares –desde la esposa y los hijos hasta los nietos y otros más alejados– que acuden al embalse, en cuyo fondo descansa un pueblo sepultado por el agua, para derramar las cenizas del patriarca familiar, que jamás regresó en vida, tras su exilio forzoso, aunque también comprendemos que, de alguna manera, jamás se marchó del todo.

Esta elección narrativa hace que el libro sea un continuo divagar en torno a un par de aspectos verdaderamente fundamentales que se cuentan y se recuentan con diferentes visiones, pero no diferentes voces, porque no hay cambio de registro entre unos y otros: es el lenguaje del pensamiento para todos ellos el que lee el lector, ya sea cuando habla la viuda anciana o la novia italiana de uno de los nietos. Importan, por tanto, las visiones, los matices en la forma en que uno u otro juzga los mismos hechos, no tanto lo que ocurre, que es más bien escaso y queda expuesto desde el inicio.

Ofrece este formato cierta sensación de insistencia e inmovilismo en los primeros capítulos, aunque acaba por encandilar al lector cuando éste se rinde, desiste de buscar novedades en las páginas y se entrega al deleite del lirismo y la nostalgia y a dejarse sorprender más bien por el tono de las voces y por los conflictos que asoman sin invadir violentamente el relato.

Busca el escritor una absoluta sencillez en la expresión de los sentimientos que desnuda su literatura hasta extremos en que a veces casi la desnaturaliza, despoblada de brillos y adornos. El mensaje es directo porque resalta la crudeza de lo que dice. La poesía anida más bien en la cadencia de la prosa, y no tanto en el ornamento. Incluso la estructura del libro está pensada como una cierta canción, más bien una letanía, que acaba por culminar en la más peculiar de las historias, en la más simple –pero tal vez la más auténtica– de estas distintas formas de mirar el agua. Un agua que funciona, en realidad y para todos los casos, como un espejo del alma.

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Landero, desde el balcón

landeroDice Luis Landero que el balcón es ese lugar de la casa en el que se está en la frontera entre el hogar y la calle, entre lo privado y lo público. En este terreno fronterizo que da título al libro se sitúa el escritor para servirnos un anecdotario que tiene lo que considera más contable de su vida, esos momentos esenciales que cambian la biografía de toda persona –la tuercen o la enderezan, pero ya nada vuelve a ser igual–, esos episodios fundamentales que, como dice al final con esa simple pero honda poesía que da tono al libro, conforman los “granos de alegría” frente a ese todo que es “el mar de olvido”.

Landero se confiesa a principio del relato harto de ficción. Como si tuviera que excusarse por ello, nos cuenta cómo, después de una larga temporada de pereza por volver sobre el escritorio, abandona finalmente su novela sobre un jubilado para empezar a contar algunos recuerdos de su vida, sobre todo de su infancia y juventud: cómo un niño con un único libro en su casa de un pueblo extremeño llegará a consagrarse como escritor en Madrid; cómo las huidas e indefiniciones habituales en los protagonistas de sus novelas están ancladas en su forma de trabajar y vivir en zonas de ambigüedad; cómo le marcó su cuna rural y su traslado, después, a Madrid. Y habla, por encima de todo, de las raíces: de la estirpe y, por supuesto, del modo en que le marcó para siempre la muerte prematura del padre y la presencia, siempre en un segundo plano, de una madre que irradia el calor y la luz justas: no es casualidad que una fotografía antigua, en blanco y negro, de Landero con su madre ilustre la portada del libro.

Escribe en un momento dado el escritor de Alburqueque que este libro es, en realidad, “una deshilvanada y verdadera historia de recuerdos”. Y no se esfuerza en levantar una maraña compleja de correajes que conecten de forma artificiosa todas estas remembranzas, sino que las sirve a modo de anecdotario personal en capítulos cortos fechados con precisión. Lo hace con una simpleza expositiva que deja el protagonismo en manos de una prosa deliciosa y sin barroquismos, que desgrana algunas reflexiones emotivas –aunque la nostalgia no se desborda hlas últimas páginas y que nos brinda un retrato sublime de personajes. Tiene en esta presentación de personajes humildes algo de barojiano este libro en el que el propio autor se retrata a partir de sus encuentros con el padre, con la madre y con otros secundarios magníficos como su primo Paco o el carpintero, el maestro Agujero.

Landero es un escritor extraordinario. El autor de ‘Juegos de la edad tardía o ‘el guitarrista’ había perdido cierta intensidad –que no lustre en la prosa– en los últimos tiempos, pero ha vuelto con un relato cargado de honestidad, un libro de apariencia sencilla pero una profundidad pasmosa como retrato de las interioridades humanas, muy machadiano en este modo de aleccionarnos sobre lo que somos a través de las pequeñas eventualidades de la existencia. El cambio de registro, con esta salida al balcón, funciona como una refrescante ráfaga de brisa en una trayectoria excelente.

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El periodista es el mensaje

Dejo aquí la versión larga y original del texto con el que he colaborado en la sección ‘Cuadernos de periodismo’ del Anuario de la Asociación de la Prensa de Guadalajara y en la que no aparecen algunos de los párrafos que siguen:

Sabemos que el periodismo es una adicción porque cuando llevamos un tiempo sin ejercerlo nos entra el tembleque. Por eso, y porque muchos no sabemos ganarnos el pan de otra manera, esta crisis económica y del papel y de la credibilidad del periodista… nos ha empujado a impulsar nuestros propios proyectos, con webs y blogs. El problema es que hemos desembarcado en un universo virtual en el que cualquiera abre una ventana y grita al mundo sus historias, que es lo que hasta hace poco hacíamos nosotros en exclusiva. Y nuestra nueva competencia lo hace gratis, porque no necesita comer de ello. De modo que los periodistas recién llegados al mundo virtual tenemos que escoger entre dos opciones: un periodismo de domingueros, viviendo de otra cosa y escribiendo –como el que pinta o hace encaje de bolillos– en los ratos libres para calmar el síndrome de abstinencia; o dejarnos media vida en el infatigable intento de llenar la nevera sin renunciar a la auténtica vocación. Lo primero es un pasatiempo; lo segundo, un reto.

En un mundo donde los grandes medios tienen también sus propias plataformas digitales, donde hay muchas más que entremezclan publicidad, propaganda política y foros de opinión, donde hay revistas y blogs especializados en casi todo tipo de temas, donde cada cual tiene su blog personal, su cuenta en Twitter y accede directamente a las fuentes –la web de su ayuntamiento, del INE, de su centro comercial, de su equipo de fútbol–… ¿qué demonios pinta el periodismo? ¿Añadir más ruido al ruido?

Iñaki Gabilondo opina en ‘El fin de una época’ que la misión consiste, en realidad, en reducir el ruido, que el periodismo es necesario ahora mismo “del mismo modo que ante una inundación lo más urgente es el agua potable. Potabilizar la información será, por tanto, una de las tareas más importantes”.

No ha sido el único en destacar esta función filtradora o depuradora en el maremagnum de informaciones que nos ha sobrevenido en la llamada ‘era de la información’. El reportero polaco Ryszard Kapuscinski (está en ‘Los cínicos no sirven para este oficio’) dijo hace ya quince años que “las nuevas tecnologías facilitan enormemente nuestro trabajo, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de nuestra profesión, nuestras cualidades, nuestro carácter artesanal permanecen inalterables. Cualquier descubrimiento o avance técnico pueden, ciertamente, ayudarnos, pero no pueden ocupar el espacio de nuestro trabajo”.

Estas nuevas tecnologías abren un abanico de posibilidades; si es cierto que la gratuidad de la información de muchos portales de internet ha dado la puntilla al papel, también están ofreciendo hoy oportunidades a profesionales que intentan reengancharse al oficio sin tener que poner sobre la mesa el enorme capital que tradicionalmente era imprescindible para fundar cualquier cabecera. Es posible que nunca haya habido tantos medios de comunicación dirigidos por periodistas, y esto puede ser muy bueno para el periodismo.

Gabilondo y Kapunscinski vienen a rebatirle a McLuhan aquella frase que nos caló tan hondo de que “el medio es el mensaje”. Porque no lo es. O no debería serlo.

Cualquier tipo que se abre un blog no hace periodismo, como tampoco es músico el sereno que toca un pito. El periodismo es una condición, no una herramienta. En este caso podemos decir que el periodista, y no el medio –el blog, la web– es el mensaje. Hay y habrá tuiteros mucho mejores que nosotros. Hay y seguirá habiendo blogueros que nos dan mil vueltas comentando una película o un partido de fútbol. Pero el periodismo es otra cosa que nadie puede hacer mejor que un periodista: tenemos –y debemos demostrarlo– un modo de mirar y de contar que nos hace ‘únicos’. Tenemos o debemos tener la empatía con los perdedores, tenemos o debemos tener un espíritu crítico y la capacidad de contrastar. El periodista, nos lo dijo el ‘paisano’ Leguineche en un librito para estudiantes, ejerce las 24 horas del día, tiene dedicación exclusiva –aunque sin dietas como en el Congreso– y se destaca por una incesante renovación de conocimientos, más aún en un mundo tan cambiante como el actual. Esta forma de hacer, se diría que de vivir, traza las fronteras con cualquier otro escribidor de contenidos digitales.

No hablamos en abstracto. A raíz de la crisis se han puesto en marcha numerosos laboratorios de periodismo. Hay proyectos en internet como Eldiario.es, Infolibre, Jot Down, CTX o FronteraD que, desde perspectivas muy opuestas, hacen un periodismo de altísimo nivel. En Francia, Mediapart, nacido en 2008 y con 100.000 suscriptores, es un medio independiente, de opinión y de periodismo de investigación cuyo modelo de financiación pasa únicamente por las suscripciones. Muchos de los medios que los imitan en España están abriendo sus sucursales locales y hacen incluso incursiones en papel con productos de calidad. Y sus ejemplos alientan a periodistas locales que, con la única fórmula del ensayo-error, ponen en marcha sus propios proyectos confiando en la palabra, una vez más, del maestro Kapuncinski, para quien, a la larga, el lector es “justo” y reconoce la calidad: “saben que de ese nombre [un periodista, un medio] van a recibir un buen producto”. Es lo que ha sucedido con Mediapart: “Es posible hacer un periodismo riguroso y cuadrar los números”, le dijo Marius Carol, director de La Vanguardia, al entregar el año pasado a este digital francés el premio Jaume Arias de periodismo.

Abro un paréntesis: no basta con hacer periodismo, sino que hay, por supuesto, que adaptarse al formato, hay que crear estilo. Los periodistas debemos hacer el esfuerzo de abrir el verdadero camino del periodismo digital, que no puede ser una mera trasposición de los contenidos del papel a un formato virtual. Del mismo modo que no son iguales los titulares de un informativo de televisión que los de la portada de un periódico, tampoco las entradillas o las estructuras de las piezas de los digitales pueden ser idénticas que en las gacetas. No tiene sentido la estructura piramidal, no necesitamos ya repetir tres veces la idea principal en el titular, en el subtítulo y en el primer párrafo… seguramente hay que hacer párrafos más cortos y hay que aprovechar los beneficios de la intertextualidad, dar el salto de la maquetación al diseño, integrar galerías de fotos, infografías y vídeo. Pero es que muchos de los medios antes citados ya lo están haciendo.

La pregunta del millón, no obstante, es la de siempre: ¿y todo esto del periodismo como sello distintivo es rentable? El periodismo comprometido con la explicación de las cosas es inútil para los anunciantes, que sólo quieren los lectores con independencia de los contenidos. Tampoco es útil, al menos a corto plazo, para los partidos que controlan las instituciones, para quienes el periodismo resulta incluso incómodo en su estrategia por permanecer en el poder o hacerse con él.

El periodismo sólo es útil, en realidad, para los ciudadanos, que son precisamente quienes no pagan. Por eso resulta caricaturesco observar cómo lectores que consumen gratis la información reprochan a veces a los medios, financiados por anunciantes e instituciones, su falta de crítica con éstos. Evidentemente, hay que resolver esta enorme contradicción y el ciudadano deberá rascarse el bolsillo. Por ahí van muchos de los tiros. Pero el debate es inagotable y aquí el periodismo local lo tiene aún más difícil, porque nunca va a lograr el respaldo de 100.000 suscriptores.

La fórmula, seguramente, tiene que pasar por un mayor equilibrio entre apoyo institucional, comercial y de los lectores. Lo primero exige la deportividad de los políticos que, al menos en Guadalajara, no existe, y me remito a las infames pruebas que llegan a nuestros buzones. Lo segundo llegará en la medida en que un medio tenga lectores. El ciudadano tiene el cometido de respaldar con sus visitas, pero también con un consumo remunerado, el buen periodismo.

En toda esta enorme readaptación, el periodismo ejercido con responsabildiad, compromiso y profesionalidad no es una condición suficiente, pero desde luego es una premisa indispensable.

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Recordad Mauthausen

Un momento de la representación de Micomicón.

Un momento de la representación de Micomicón.

Hay que recordar Mauthausen. Es el grito de Micomicón Teatro con su propuesta de ‘El triángulo azul’, una producción del Centro Dramático Nacional que este fin de semana ha llegado al Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares, que está nominada a tres Max -entre ellos, Mejor Montaje- y que relata las peripecias de los españoles que padecieron el Holocausto y que, al no ser reconocidos en la España de Franco, lucieron en sus uniformes de presos el triángulo azul de apátridas. Pero este montaje es, también, el grito que dieron precisamente algunos de esos españoles que se jugaron el pellejo, que era lo poco que les quedaba, para que el mundo tuviese testimonio (unas fotos robadas) del horror que allí vivieron junto a judíos, gitanos, homosexuales y comunistas de toda Europa.

Diez actores interpretan y cantan –literalmente– el infierno que los españoles, como tantos otros, vivieron en el campo de concentración de Mauthausen. Lo hacen en un montaje perfectamente hilado, con textos francamente bien escritos -al alimón por Laila Ripoll, que dirige la función, y Mariano Llorente, que se mete en la piel del jefe de seguridad del campo de exterminio, el nazi Brettmeier- y en los que destacan los fluidos pasos del tono más dramático al puramente cómico. Este ejercicio actoral impresionante permite viajar al centro mismo de aquel campo de exterminio nazi que aglutinó a la mayor parte de los españoles que sufrieron el Holocausto.

A través de personajes perfectamente perfilados como el fotógrafo alemán Paul Ricken o los españoles que trabajaron con él en el departamento de identificación, el espectador se adentra en el día a día de estos prisioneros mostrando una realidad cruda, nauseabunda, donde la muerte –con sus más de treinta modalidades- constituía el pan de cada día, ya fuese en crematorios, cámaras de gas, con un tiro de gracia -“ya me dirás qué gracia tiene”, dirá uno de los intérpretes- o como manjar para perros iracundos. Para digerir mejor el horror, Ripoll y Llorente han introducido un personaje más: la música, la maravillosa banda sonora ideada por Pedro Esparza y tocada en directo por tres artistas, que es capaz de arrancar sonrisas en medio de tanta barbarie inexplicable. Sólo así es posible que estas dos horas de descenso a los infiernos no constituyan también para el público una tortura imposible de soportar.

‘El Triángulo Azul’ es teatro que remueve conciencias sin dogmatismos, basado en anécdotas reales aunque increíbles –como un minuto de silencio que se produjo ante la muerte del primer muerto español o la disparatada representación de una revista musical en pleno campo de concentración durante una navidad–, con muchísimas dosis de humor negro, danzas macabras, violencia, patetismo y abundante acompañamiento audiovisual que refuerza la hiperrealidad del relato. Una fusión de tonos y discursos que llevan de la mano al espectador hasta el climax final, con himno partizano y una detonación que funcionan como el grito desgarrador lanzado al mundo representado en el patio de butacas: Recordad Mauthausen. / Por Rubén Madrid y Elena Clemente

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Miradas sobre el Holocausto

Supervivientes de Auschwitz I antes de depositar flores ante el llamado Muro de la Muerte. / Foto: Andrzej Grygiel / EFE.

Supervivientes de Auschwitz antes de depositar flores ante el Muro de la Muerte. / Foto: Andrzej Grygiel / EFE.

Este año estamos celebrando los 70 años de las liberaciones de los campos de concentración nazis. A los actos a finales de enero en Auswitch, que se ha convertido en el símbolo por excelencia de aquel horror, le seguirán pronto los de otros como Mauthausen, uno de los agujeros negros del genocidio con mayor presencia española.

Lo ocurrido en España resulta, de hecho, un caso singular. A diferencia de lo que ha sucedido en el resto de países europeos, aquí los cuarenta años de dictadura franquista han silenciado la memoria de estos 9.000 compatriotas que sufrieron el Holocausto. Fue así porque las víctimas eran en su mayor parte republicanos que habían sufrido el exilio en Francia y que, una vez allí, padecieron también las consecuencias de la demoledora maquinaria del horror nazi.

Estamos ante un buen momento para echar la vista atrás. No me resisto a recomendar tres libros… dando por descontado que hay muchísimo material donde elegir, que los principales referentes que tenemos pasarán seguramente por el cine (‘La vida es bella’, ‘La lista de Schindler’ o ‘El pianista’), que es de obligada lectura el diario de Ana Frank o que, en sentido contrario, no merece la pena perder ni un minuto con ‘El niño del pijama de rayas’ (hablo del libro; de la película no me quedaron ni ganas de intentar un abordaje).

  • ‘Si esto es un hombre’ de Primo Levi. El intelectual judío cuenta su paso por el campo de concentración, un retrato ‘cotidiano’ de la vida en Auschwitz. Personalmente me asombró la frialdad y la crudeza con la que fue capaz de volver la mirada sobre sí mismo para reflexionar, sin estridencias y con la mera sucesión de los episodios que narra, sobre la dignidad (o su ausencia) en estas condiciones de vida en las que el infierno se manifiesta en cosas que fuera del campo de concentración nos podrían parecer triviales. Primo Levi narra y el lector calla, no hay opción de réplica. Es un relato sobrecogedor.
  • ‘Holocausto y modernidad’. Un ensayo del sociólogo Zygmunt Bauman en el que plantea una tesis chocante: que el holocausto no fue un accidente en el proceso de modernización de nuestras sociedades occidentales, sino un acontecimiento normal por el uso de un racionalismo típico de los tiempos modernos, caso de la industrialización y la burocratización que tan presentes estuvieron en la gestión del exterminio. En ese sentido, nada impediría, al menos en teoría, que pueda volver a suceder. Bauman ha llevado sus desarrollos sociológicos en los últimos tiempos hacia otros terrenos, pero su análisis del fenómeno dentro de los parámetros ‘lógicos’ de la modernidad sigue resultando una idea tan sugestiva como merecedora de reflexión cada vez que pretendemos responder a las preguntas de cómo fue posible algo así y si podremos evitarlo.
  • ‘El impostor’, la novela basada en hechos reales de Javier Cercas en la que vuelve la mirada sobre Enric Marco, que se hizo pasar por deportado en un campo de concentración nazi y llegó a convertirse en símbolo de la causa hasta que fue desenmascarado por un historiador. Muy bien construida y escrita, aporta al debate un aspecto controvertido pero interesante: cómo hemos gestionado en España la memoria histórica, su ausencia (primero) y la moda (después).

Me detengo a analizar este libro aparecido hace apenas unos meses y que ha tenido el mérito de provocar un hondo debate sobre la cuestión que aborda.

‘El impostor’ no es exactamente una novela, sino un escrito en el que el novelista relata la historia de Enric Marco, la historia de un fingidor nato, de un barcelonés que llegó a presidir una asociación de víctimas del holocausto sin haber estado jamás en un campo de concentración, que llegó a dar un discurso emotivo en el Congreso y que finalmente fue desenmascarado por un historiador, Benito Bermejo, días antes de representar el papel protagonista en representación de las víctimas españolas en el 65 aniversario del Holocausto.

Fotograma del documental Ich Bin Enric Marco.

Fotograma del documental Ich Bin Enric Marco.

Cercas juega con la caras de la verdad y la mentira en su personaje, en su libro y en general en la literatura; ofrece sus dudas iniciales para escribir esta historia y, como es habitual en él, descorre la cortina que permite ver los entresijos de la creación literaria, aunque también aquí cabe cuestionarse sobre la propia impostura del autor bajo una supuesta declaración de absoluta honestidad. Porque la lectura se lleva a cabo como en un ejercicio de papiroflexia en el que cada doblez ofrece un nuevo perfil a una figura capaz de retorcerse sobre sí misma hasta límites insospechados.

Desde el punto de vista narrativo, el nuevo libro de Cercas resulta magistral. Vuelve a ofrecer una demostración de su manera de esculpir su obra desde todas las perspectivas posibles, dibujando cada una de sus caras, sobando el material que se trae entre manos, repitiendo argumentos y episodios en ocasiones, mezclando pasajes anecdóticos y fundamentales, con abordajes directísimos pero también otros periféricos y tangenciales, con la voz del propio protagonista, pero todavía más con la del narrador, hecho personaje, y la de quienes le rodearon, con capítulos más propios de un ensayo filosófico y con otras páginas más que se ajustan a la crónica periodística, con una riquísima mezcla de temas, enfoques y géneros que levantan en su conjunto una compleja y monumental arquitectura del asunto, bifurcado a su vez en mil trasuntos.

Lo hizo ya en ‘Soldados de Salamina’ o ‘Anatomía de un instante’, sobre la Guerra Civil y la Transición, y lo hace elimpostorahora con este libro que hunde sus raíces en la guerra, tiene mucho de la restauración de la democracia y que se prolonga hasta nuestros días examinando el carácter falsario de un personaje que fue capaz de engañar a todos con sus historias de tierno abuelo represaliado por el franquismo y de prisionero de los nazis. Un enorme castillo de naipes que se vino de pronto abajo dejando desgüernecido e indefenso a un héroe convertido en villano de la noche a la mañana.

La de Cercas es una verdad incómoda: afea los complejos de la sociedad bienpensante, del buenismo militante, de la pose democrática afectada por un pasado vergonzante. Todo cuanto dice está bien armado, aunque es matizable. Se le ha atizado mucho con artículos y comentarios que han reducido a la mínima expresión cuanto objeta y cuanto argumenta para llegar a sus tesis, que es mucho. Jibarizada, la teoría de Cercas sobre la memoria histórica no resiste un embate. Expuesta como lo hace en el libro, con paciencia, serenidad y sensatez, tiene pocos flancos por los que ser atacada. Y, en cualquier caso, Cercas duda, dice y contradice, avanza y retrocede, gira en una y otra dirección, porque este tipo de verdades no son monolíticas, dogmáticas ni unidimensionales, sino más bien poliédricas y maleables, con áreas de luz y de sombras. Cercas es consciente de esa naturaleza frágil y volátil del material de su libro y lo maneja en consonancia.

Lo que Cercas viene a decirnos en su libro es que la monumental impostura de su personaje real, Enric Marco, no se debe sólo a la inaudita habilidad del propio farsante, que está fuera de duda. Hizo falta, también, un medio ambiente que favoreciera el desarrollo biológico de un pez chico que acabó por convertirse en tiburón. El escritor catalán no nos lo dice así, pero lo sugiere: el impostor se valió del postureo. Y esa es, en plena mirada atrás de homenaje a las verdaderas víctimas, una aportación nada desdeñable.

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