Mensaje en una botella

Anoche me propuse solucionar todos mis problemas de un plumazo. Me fui directo a la cocina para dejar encendidos los fogones del gas durante toda la noche, pero me di cuenta de que tengo vitrocerámica. Así que le hice la cena al niño y me fui a la cama a dormir.

Lo primero que he hecho hoy al despertarme ha sido mirar el móvil y preguntarme para qué demonios sigo teniendo la cuenta de Facebook que me hice para un trabajo que ya no tengo.

Y ahí me he quedado atascado.

Aparentemente he pasado el resto de la mañana mandado dos mails, he leído tres capítulos de un libro de ensayo y otros dos reportajes de National Geographic, he salido a comprar el pan y he hecho unas llamadas de teléfono que andaba aplazando por desgana. Pero en realidad seguía atascado en mi pregunta retórica.

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Hasta ahora, que he vuelto a abrir mi página de Facebook con ciento y pico amigos (pero amigos de verdad) y me he puesto a los teclados…

“Soy periodista, con 20 años de trayectoria por media España, algún premio y ciertas mañas en prensa escrita. Desde febrero lo único fijo que tengo son los gastos. Mi pregunta para ti, que estás leyendo esto, tal vez con curiosidad, probablemente con indiferencia, que me conoces pero seguramente no sabes casi nada de mí, es la siguiente, clara y directa: ¿Hay alguien ahí en las afueras que sepa de algún trabajo donde pueda resultar útil y recibir una contraprestación económica a cambio? Nada de hacerse rico, que nadie se llame a error, porque uno lleva el estigma de su estirpe tatuado a fuego en las entrañas. Me refiero a andar al menos echando cuentas para ver cómo se llega a fin de mes”.

He puesto esto porque llevo semanas de envíos de CV, registro en webs de empleo, lanzamiento de propuestas de reportaje que reciben la misma respuesta que una botella en mitad del océano…

Me he comido ya todas las medallas y me quedan aún unas burbujas de salud, pero tengo una familia, un casero y una factura eléctrica a los que alimentar. Ellos, los discos de The National y la novela portuguesa le siguen dando cierto sentido a mi existencia.

He rematado mi post en Facebook:

“Ayúdenme y les pagaré con mi gratitud. (Aunque también puedo intentar hacerles un poema)”.

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Mi casero, el pobre, es muy amable

quiebraMi casero, que tiene por principal ocupación en la vida recaudar por transferencia bancaria los 1.300 euros del arrendamiento de dos pisos heredados de sus padres, me ha subido siete euros al mes el alquiler. Vino el viernes a traerme las facturas atrasadas del agua y me pilló solo en casa -mi mujer estaba fuera en un concierto: ahora sólo vamos uno de los dos al teatro, para ahorrarnos una entrada-. Así que me lo comunicó y, verdaderamente, los dos pasamos muy mal rato.

Sobre todo él, el pobre.

Se justificó, apesadumbrado, con que todos los gastos suben. Lo dijo con un susurro casi inaudible, como si de veras estuviese sufriendo: “Es que todo sube”. Yo me quedé sorprendido y preocupado: debe de ser que sólo le suben a él los gastos, porque el resto de los españoles, al menos aquí en Guadalajara, pagamos cada día menos. ¿Qué podía hacer yo, en mi situación? Pues apechugar, en un ejercicio de responsabilidad. Como a mí no me suben el gas, ni la luz, ni la matrícula de la universidad, ni los precios de la leche, los huevos y la gasolina, le tuve que decir que no se preocupase, que no hay problema, que él tiene todo el derecho del mundo a querer ganar unos euros más a mi costa.

“Está en su derecho a pedir más”, me diríais cualquiera de vosotros. “Es que los precios de los alquileres están subiendo mucho”. Si estuviésemos en un teatro griego, el coro cantaría: ”¡Son los mercados!”. Tampoco a mí se me ocurrió una manera más justa para que compensásemos sus pérdidas.

Yo sé que mi casero (no debería decir por aquí que responde a las siglas de J.M.A. porque parecería un delincuente y porque además Guadalajara es un pañuelo y pueden reconocerte) sabe que en casa estamos desde hace medio año sin ingresos fijos. Lo sabe, pero como él es muy educado, y además es psicólogo (tampoco debería decirlo por aquí) pues prefirió no aludir al tema y se limitó a pedirme siete euros más al mes. Y, para evitar el silencio incómodo que sucedió a su sugerencia de acuerdo amistoso, en otro gesto de amabilidad me preguntó qué tal estaban mi mujer y mi hijo. Fue lo último que dijo antes de recibir el portazo en el umbral de mi casa. O de la suya.

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Mis memorias: un adelanto

Estoy escribiendo mis memorias. Como ya nadie lee textos muy largos, voy a ir publicando adelantos a modo de entregas, como en los folletines, en una sección de mi blog que solo se me ha ocurrido llamar ‘Los miserables’, por aquello de Víctor Hugo. Lo voy a hacer aunque no me deis ningún ‘like’. ¿Y diréis que por qué precisamente ahora mis memorias? Y os podría decir que no tengo otra cosa que hacer. Pero no es cierto. La verdadera respuesta se expresa con palabras malsonantes.

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A qué huele la locura

NH_Antes del huracán.indd‘Antes del huracán’ • Kiko Amat • Editorial Anagrama. • 2018.

‘Antes del huracán’ es un libro que huele y que golpea. Está repleto de referencias sensoriales, pero sobre todo –menos frecuente en literatura– de descripciones de olores que ambientan la historia con atmósferas tan reales que asfixian al lector. Sólo el humor permite que el libro no arda entre las manos, que el aire llegue a los pulmones. Pero que nadie se engañe: el libro golpea. Directo al hígado y sin miramientos. Como el mejor púgil: con una técnica depurada y con mucha audacia.

Kiko Amat se ausenta de las páginas para esforzarse en relatar con obstinación y absoluta admiración por el detalle la historia de una locura. Es una locura doméstica, no los delirios tremendos de un emperador o de un Papa. Y es una locura más auténtica en su raíz que en su rostro actual, próximo al disparate. Combina en la sucesión de capítulos las divertidas escenas de un loco de remate en su sanatorio de una ciudad periférica de Barcelona, con sus conversaciones inteligentes y desbordantes de humor inglés con su mayordomo, y el relato concienzudo del torbellino que precedió a la tragedia, la historia del niño que crece a la sombra del manicomio y que parece destinado (condenado) a acabar internado entre sus muros. Es esta parte la que golpea y asfixia en un costumbrismo urbano que anota cada pormenor de unas vidas desperdiciadas.

La pregunta no es si el loco nace o se hace, sino simplemente (o con toda complejidad) cómo sucede. Porque el protagonista, Curro, que en el relato del pasado es todavía un niño, tiene muy poco que hacer frente a los designios de la genética y los enredos de la sociedad en la que despierta, de modo que acabará vencido al cabo por el yo y sus circunstancias.

Kiko Amat relata sin precipitarse, como si cada detalle (y esos olores que se prenden a la punta de los dedos) resultase imprescindible en la construcción del extraordinario mecano que es la “locura”, sin prisas pero en un proceso de aceleración imparable, tropiezo a tropiezo, tic nervioso tras tic nervioso, hasta desatar el huracán anunciado en el título, ajustando el tempo narrativo y la expectativa del lector a la velocidad exacta con que la tienen que sucederse todos y cada uno de los acontecimientos. A cada paso el tornado añade un soplo más de potencia.

Y de aquellos lodos presenciamos estas tormentas, las de un Curro adulto y enfermo mental que trama la fuga del manicomio con ayuda de Plácido, su fantástico mayordomo, que acostumbra a citar compulsivamente a Churchill. Esta trama avanza casi siempre con capítulos más breves que aligeran la enorme carga de tristeza y desesperanza con la que transcurre la narración de la infancia del protagonista en medio de una España obrera hecha de familias descosidas y de sueños rotos.

Fantásticamente resuelta y fascinante en el dibujo de los personajes, tanto los más fantasiosos como los que viven atornillados a un sórdido paisaje de los años ochenta, la novela tiene una fuerza arrebatadora. Pero no lleva al lector en volandas, levantado por el torbellino, sino que lo arrastra largamente por la arena de los descampados y los secarrales entre torres de electricidad y carreteras secundarias. Con la piel magullada y el polvo en los labios, ve llegar el huracán. Y sólo después de que por fin haya pasado habrá un tiempo enorme para preguntarse cómo sucedió, dónde están cada uno de los pedazos rotos y por qué ha quedado este sentimiento tan profundo de culpa.

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Memorias del caos

‘Trilogía de la guerra’ Agustín Fernández Mallo Seix Barral 2018.

portada_trilogia-de-la-guerra_agustin-fernandez-mallo.jpgDe la lectura de ‘Trilogía de la guerra’ de Fernández Mallo sale uno como de un centrifugado. Plantea el escritor gallego tres historias en casi 500 páginas, a modo de novelas cortas, aparentemente inconexas, pero que acaban por compartir elementos narrativos y un mismo espíritu de fresco de paisajes tras una batalla. Hay también idéntica mecánica: cada libro viaja de realidades anodinas a dimensiones extraordinarias y cada relato atrapa en un remolino de situaciones encadenadas que atenaza y sumerge hacia un final en el que todo se acelera con una velocidad endemoniada en cuestión de párrafos.

En la primera historia, la mejor para este lector, traslada al protagonista en primera persona a una isla de la ría de Vigo donde construye un brutal relato con ecos de la Guerra Civil y fenómenos paranormales que avanza en su segunda mitad por sendas insondables al otro lado del charco. El segundo relato es la historia de cuarto tripulante de la misión lunar de 1969, un excombatiente de la guerra de Vietnam con demasiadas cuentas pendientes con el pasado. En el tercer libro, una mujer viaja hasta los territorios de la Normandía del desembarco de la Segunda Guerra Mundial para cumplir con una promesa hecha a su marido desaparecido.

En todos los casos los protagonistas son trasladados hasta paisajes extremos, lugares periféricos e inhóspitos, desolados tras la batalla, deshumanizados, lagunas de soledad y de silencio donde la vida, con todo sus rastros de memoria, recobra cierto sentido a pesar de todo (y todo puede ser un frío glacial o un incendio). Los caminos hasta llegar allí son impredecibles y serpenteantes, hay túneles imposibles y viajes cósmicos, hay vueltas y revueltas improbables e inquietantes, pero la desembocadura acaba resultando el lugar preciso en el que al fin encuentra descanso cada ser en guerra consigo mismo.

En su narrativa, Fernández Mallo desarma toda lógica supuesta entre espacio y tiempo, abre puertas secretas y descubre pasillos abisales, juega con espejos y realidades paralelas, confunde la realidad con la ficción, combina referencias científicas y literarias o artísticas, provoca desmayos que abren elipsis y emplea fuerzas contrapuestas como la casualidad y la predestinación para acabar armando un rompecabezas de piezas que encajan con lógicas a veces delirantes y a menudo atraídas por un magnetismo forzado en los márgenes de las leyes de la física.

El libro es siempre desconcertante, a ratos onírico, por momentos febril (y divertido), mezcla géneros y deja al lector –como a los personajes– aturdido intentando descifrar fórmulas incomprensibles. Y a pesar de ello, queda la impresión de que todo casa, de que por fortuna existe un orden invisible sujetando este caos aparente y este enredo que llamamos mundo. Después de tantas vueltas, de un centrifugado tan brutal, queda una extraña pero serena impresión de que hay orden detrás de tanto desorden.

 

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Lo que he aprendido con Bauman

baumanHa muerto Zygmunt Bauman. Uno tiene a estas alturas unos cuantos pensadores de referencia, pero el sociólogo polaco se ha convertido sin duda en uno de mis imprescindibles. Aunque se puso de moda en los últimos tiempos, sobre todo a raíz de sus apariciones en prensa tras ganar el Príncipe de Asturias en 2010, lo empecé a leer antes, hace más de una década, a partir de la recomendación de un antiguo profesor de filosofía que había traducido uno de sus libros. Desde esta primera experiencia me quedé fascinado con la calidad de su estilo literario, con el poder de sugestión de sus teorías y por la claridad con que, a partir de sus lecciones, uno comprendía estos mundos posmodernos que nos ha tocado vivir. Y tal vez radica aquí uno de sus principales logros: el modo en que Bauman ha sido capaz de establecer conexión entre los académicos y la calle, entre la teoría sociológica de su tiempo –donde ha emparentado con corrientes como la sociología del riesgo de Ulrich Beck– y las preocupaciones ciudadanas más inmediatas como la precariedad laboral, las nuevas formas de consumo, la revolución de los canales de información y la incertidumbre que, de manera más general, nos rodea en todos los órdenes de nuestras vidas.

Cuando leemos a Bauman comprendemos que viajamos más ligeros de equipaje que nunca, pero sin cinturón de seguridad ni brújula que nos marque el norte. El pensador polaco ha sabido explicar como pocos estas inseguridades que angustian al ciudadano de este mundo feliz de la modernidad postindustrial (lo que algunos llaman la sociedad de la información y otros colegas denominaron la posmodernidad), un sistema social en el que a su juicio no había suficientes elementos de ruptura con la industrialización que marcó el periodo anterior como para hablar de una naturaleza completamente distinta, pero cuyos elementos han sufrido tantas y tan importantes transformaciones como para plantearse que había que cambiar las ópticas con las que enfrentarlos.

Todo lo que era sólido ya no lo es, nos dijo Bauman en plena mudanza entre milenios. Planteó su ‘modernidad líquida’, un marco teórico con el que luego abordó análisis parciales de diferentes parcelas de la realidad y de casi todas las relaciones sociales, de los contratos laborales y las transacciones comerciales a los medios de comunicación y el arte. La liquidez que llevó a muchos de sus títulos lo ha inundado todo, desde el miedo al compromiso en el amor y el postureo en las redes sociales hasta la volatilidad del voto y la vaporosa militancia de la política actual, desde la crisis del estado del bienestar hasta la ruptura de los lazos de solidaridad de la clase trabajadora entregada, ahora, a la feliz tarea de consumir sin descanso en “una vida en la que siempre ‘pasa algo’: algo nuevo, excitante; y excitante sobre todo por ser nuevo”.

Es en este terreno movedizo, de relaciones humanas intermitentes y sin compromisos, donde se establece una lucha por la supervivencia que cada uno libra por su cuenta, a menudo en plena competencia con el vecino, en un intento desesperado y extenuante por seguir perteneciendo a una clase media que ha quedado hecha trizas, donde el propósito de todos a un mismo tiempo pasa por seguir estando a la última y no quedarse fuera de juego, es decir, quedar recluidos a la ‘infraclase’ como apestados modernos, “víctimas colaterales del consumismo”, perfectamente prescindibles para la maquinaria de la sociedad postindustrial.

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La cooperación ha dejado paso a la disputa como método para salir adelante. Hay una pugna constante para ocupar el mejor lugar en el escaparate de novedades, resultando un profesional apetecible, un señor atractivo, una señora de última generación. “Ésa es la materia de la que están hechos los sueños, y los cuentos de hadas, de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado”.

Antes de definir y desarrollar su ‘modernidad líquida’, Bauman ya había despuntado al explicar el holocausto nazi o la ingente producción de residuos humanos en el capitalismo (tan vigente en un mundo con 65 millones de desplazados, inmigrantes o refugiados) como una respuesta lógica de la modernidad. No son anomalías, nos dijo, sino derivaciones perfectamente a tono con un mundo tan industrializado. En los últimos tiempos, con la resonancia que la popularidad que la etiqueta líquida y los reconocimientos académicos dieron a sus conferencias y sus apariciones en prensa, Bauman aplicó sus análisis a cuestiones que estaban a la orden del día como el uso y abuso de las redes sociales o ese precariado engordado por la crisis económica. En España interesó a los indignados y con razón, porque fue mucho más lejos que otros referentes del movimiento como Stéphane Hessel, cuya indignación era apenas una jugada a la defensiva. Con una mirada más ambiciosa, el pensador polaco intervino públicamente con esa claridad deslumbrante, pero nunca cegadora, que necesitamos para entender cómo nos movemos, y cómo nos tratamos los unos a los otros, en un mundo virtual que ensancha cada vez más sus horizontes a la vez que a este otro lado de la frontera, en la realidad, menguan los espacios públicos y los proyectos en común.

A Bauman le debo medio premio Libertad de Expresión de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, que gané hace un año con el artículo ‘Cómo hacemos ciudad’. La lectura de uno de sus principales ensayos, ‘Modernidad líquida’, me resultó inspiradora hasta un extremo insospechado, porque al leer algunas de sus páginas encontré por sorpresa una descripción ajustada casi al milímetro de las transformaciones que se estaban produciendo en la fisonomía de la ciudad en que vivo. A partir de ahí ofrecí mi visión del urbanismo local como herramienta para hacer o deshacer comunidad. Pero era una reflexión deudora totalmente de los planteamientos de Bauman. Y no era la primera vez que le utilizaba para un artículo de opinión: en otra ocasión ya había plagiado el título de ‘Vidas desperdiciadas’ y había rescatado algún que otro fragmento para hablar de mendigos en la Calle Mayor.

No voy a decir que me apene personalmente la muerte de Bauman, un señor que yatenía 91 años y al que ni siquiera vi en persona, pero siento que a mi forma de mirar a nuestros mundos posmodernos se le ha apagado una luz muy potente. Bauman es ya un autor de relectura obligada.

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Podemos se anota tres puntos en su debut

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Carolina Bescansa con su bebé, junto a Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. / Foto: ULY MARTIN – EL PAIS.

Podemos lleva año y medio marcando la agenda política de este país. Y lo ha vuelto a hacer en el estreno de la legislatura. Detrás de la estampa de Carolina Bescansa con su bebé, de las rastas, de los cuellos despejados de corbatas, de los ademanes desinhibidos entre los escaños y de sus juramentos por la tangente hay una triple victoria: le robaron la foto de portada a Patxi López, volvieron a sacar lo peor de la España casposa y esquivaron cualquier parecido con aquello que siempre denunciaron: la casta.

La foto de portada de la sesión constitutiva en el Congreso debió ser para Patxi López, nuevo presidente del Congreso, pero fue para Iglesias; o para Bescansa; o para Iglesias, Bescansa, su niño y Errejón. Detrás del gesto, que además ha suscitado un debate a ratos interesante sobre el papel de la mujer trabajadora en nuestro país, hay una operación redonda de mercadotecnia política (por qué no llamarlo propaganda). Nada más debutar en la plaza, Podemos mostró el capote y los morlacos embistieron. Primer objetivo conseguido.

Luego está el cómo. El cómo han embestido las bestias. El modo en que unas escenas de cotidianidad absoluta –como si al congreso hubiesen entrado los paisanos que paseaban diez minutos antes por la calle– han soliviantado a la casta, con una reacción en directa proporción a su caspa. Otra vez marcando el paso en el debate. Provocando una ola de odio de esa misma España rancia que les decía que en vez de acampar había que presentarse a las elecciones. Pues ahí los tienen: 69 diputados.

Y sin corbata. Una apariencia con la que han logrado enviar otro mensaje todavía más poderoso: siguen siendo los chavales del 15M. Tras esta afirmación puede haber toneladas de discusión, pero el mensaje es inequívoco. No son aquellos diputados que no nos representaban del PPSOE. Ni tampoco esos ‘Ciudadanos’ que demasiado pronto se diluyen entre los de siempre y cuyos únicos gestos de frescura sean acaso, como la diputada alcarreña Orlena de Miguel, un ‘selfie’ para colgar en el Facebook y que los amigos le den al ‘me gusta’.

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El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, tras prometer su cargo como diputado. / Foto: MARTA JARA – ELDIARIO.ES

La fotografía de Marta Jara en la que Iglesias sale a tomar posesión mientras le observa el socialista Barreda literalmente apoltronado en su escaño, es lo suficientemente elocuente. Es el gesto de un tipo entre abatido y acomodado, de un hombre que esa mañana se ha vestido impoluto y se ha anudado la corbata como corresponde a los cánones para jugar un papel determinante en el destino de nuestro país. Observen cómo mira el propio Barreda a Iglesias, que irradia energía con su puño en alto. Dice tanto la imagen de Barreda, con esa pose de solemne dignidad que pareciera que puede resquebrajarse con sólo tocarla… También hay que fijarse en estos otros gestos.

Lo que se vio en el Congreso en su primera sesión es que allí sigue la España que quiere que sus instituciones sean –y se parezcan- como el discurso de Navidad del Rey en el salón del trono; y junto a ella, ya dentro y no fuera, la España que quiere que sus instituciones se parezcan –y quizá acaben así por ser- a un vagón del metro de Madrid.

Precisamente aquí estaba en juego para Podemos otro punto en clave interna, la parte de los gestos dedicada a su público: el día del estreno los recién llegados sabían que no podían dar a pie a que nadie les acuse de parecerse –y tal vez de acabar siendo- a la casta. Tengo la impresión de que la principal intención de estos ‘diputados de la calle’ fue no confundirse, ahora que tendrán que mezclarse en los mismos pasillos, con esa clase política de la que renegaban quienes acamparon en Sol, quienes rodearon precisamente el Congreso, ese congreso incapaz de dar salida –pongamos por caso- a una iniciativa popular con un millón y medio de firmas para evitar los desahucios.

El titular del ABC del jueves pudo ser “ya son casta”. Pero no lo fue.

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