¿Dónde están las griegas?

Primer consejo de ministros de Tsipras en Grecia, con los doce hombres de su ejecutivo. // Simela Pantzartzi (Efe).

Primer consejo de ministros de Tsipras en Grecia, con los doce hombres de su ejecutivo. // Simela Pantzartzi (Efe).

Sólo dos días después de ganar las elecciones en Grecia, el flamante primer ministro Alexis Tsipras anunciaba la composición de su gabinete, con doce ministros. Sin ninguna mujer. Hay, es cierto, varias viceministras, como Maria Kollia en Interior, Elena Kuntura en Turismo, Nadia Valavani en Finanzas, y Rania Antonopoulos en Empleo, aunque sus pocos nombres y su situación en el segundo escalón no responden a la pregunta esencial de si no hay ninguna mujer capaz de dirigir un ministerio en el nuevo ejecutivo griego.

Ha sido ésta una de las dos sorprendentes decisiones adoptadas por Tsipras en las primeras horas de su esperado mandato, junto con el pacto sellado con los independientes de derechas, y en ambos casos con un difícil encaje para gran parte de los simpatizantes que hemos celebrado esta victoria con algo más que simple solidaridad.

Sin entrar en los detalles de la medida, la decisión ha vuelto a despertar un debate habitual en España sobre la necesidad de reflejar en los cuadros directivos de empresas y sobre todo en las instituciones públicas la paridad de derivación biológica que existe en la calle. Un debate que habría de ser innecesario si la tradición política de nuestras sociedades patriarcales no hubiese ‘normalizado’ esta desigualdad contra natura.

El debate, reproducido estos días de nuevo, suele plantearse en España más o menos en estos términos: unos consideran que forzar el acceso de las mujeres a un ejecutivo o una cúpula de un partido puede elevar a puestos de responsabilidad a mujeres que no están allí por su talento, sino por cumplir con una cuota, relegando de paso a colegas mejor preparados en comparación con ellas. Otros, en cambio, replican que la discriminación positiva es hasta la fecha el único modo de corregir unos vicios del mundo del poder que se han limado pero que todavía no se han eliminado, que siguen generando desigualdades inaceptables y que la paridad por decreto es el medio para acabar algún día por convertir felizmente la propia discriminación (negativa y positiva) en un anacronismo.

Como en casi todo en la vida, hay parte de razón en cada una de estas posturas. Y, también como en casi todo en la vida, antes que optar por tomar partido se pueden buscar puntos en común. De sólo poder optar por uno de los dos planteamientos, obviamente lo haríamos por el segundo. Y no sabemos si por esta misma razón o por mera correción política, viene imponiéndose en el debate público la segunda de las alternativas.

Hay, sin embargo, una tercera opción que aparece poco en los debates. Pasa por no sólo optar por la educación en igualdad, para poner los cimientos de un orden más coherente el día de mañana, sino preocuparse también y de manera urgente por la verdadera participación ciudadana de los partidos. Si, como instrumentos de la sociedad para participar en política, los partidos fuesen lo verdadera y suficientemente permeables a ésta y estableciesen los canales de participación por parte de todos los colectivos (no sólo los hombres, sino las  mujeres, pero también los jóvenes, la tercera edad y las minorías), y sus bases tuviesen la capacidad de decisión que debieran, seguramente el acceso de las mujeres (y resto de colectivos) a las cúpulas sería inevitable, casi un tránsito natural.

Tsipras celebra su victoria en la noche electoral. / Foto: Efe.

Tsipras celebra su victoria en la noche electoral. / Foto: Efe.

De un partido, especialmente de izquierdas, debe esperarse una atención especial por reflejar de manera lo más fiel posible en sus debates, en sus políticas y en sus nombres propios la realidad de la calle. Pero no como un proceso forzado, sino como un mecanismo que fluya por sí mismo. Y si no fluye, ese partido de izquierdas tiene un prolema. Puede, transitoriamente, de manera puntual, corregir con  cuotas, pero debe ser consciente de que a medio plazo debe resolver este desafío de otra manera.

También en España partidos como Podemos, Izquierda Unida, Equo y compañía deben admitir que tienen un problema si no logran reflejar en sus bases esa igualdad y tienen que acudir a una paridad y unas listas cremallera que resuelven el problema en la primera línea de fuego (da visibilidad al papel de la mujer) pero no en la retaguardia: la desequilibrada participación de la mujer en los asuntos de la cosa pública.

Sería lógico que un partido como Syriza, en el que son mujeres el 20% de sus diputados, reflejase en su ejecutivo un nivel similar de ministras, porque supondría que tiene establecidos unos mecanismos que hacen que cualquiera, en igualdad de condiciones, alcanza los mandos sin que se castigue su condición femenina, en esta caso, como negativa. No es normal, por tanto, que no haya ninguna ministra en Grecia, como tampoco sería ‘normal’ que fuesen seis de doce cuando la preocupación de las mujeres griegas por hacer política sigue siendo tan escasa y, como parece, más bien delegan la gestión política y su participación ciduadana (y de qué modo) en ellos.

Pero es que incluso si ahora mismo hubiese tres ministras (un 20%, como en el parlamento) en el actual gobierno de Tsipras, la preocupación debería seguir siendo evidente: lograr que la mujer constituya no sólo la mitad de su ejecutivo, sino la mitad aproximada de sus representantes públicas y, sobre todo, de sus propias bases.

Insistimos: miremos más a las bases, no sólo a los mandos. Hay que replantearse hasta qué punto estamos convirtiendo la paridad en la culminación de las políticas de igualdad y si no convendría que los partidos reflejasen la verdad: un número de cargos conforme al de mujeres que haya en sus bases. Y si aquí las mujeres son pocas, preocuparse no sólo por incorporar a dos o tres ministras al gobierno o a dos o tres mujeres más en las listas de las próximas elecciones, sino en que haya más mujeres militando, pegando carteles, diseñando programas, dando mítines y levantando la mano en órganos de decisión de los partidos.

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Palabras regaladas

Nos separan tantos kilómetros que podría parecer que nuestros mundos son tan rematadamente diferentes que la realidad que vives resulta incapaz de conmoverme. Nos separa también la enorme muralla del idioma, que podría hacer pensar a su vez que de nada sirve enviar estas palabras. Pero creo que no es así. O quisiera pensar que no es así.

Quiero que sepas que cuentas con toda mi solidaridad y mi admiración, que tu padecimiento sirve para hacer visible una causa que de otro modo sería invisible y que gracias a gente como tú el mundo será cada vez un lugar mejor en el que vivir.

Estoy seguro de que algún día disfrutaremos de que así sea, y también de que sentirás la bendita satisfacción de haber hecho todo lo posible por conseguirlo. De momento, mucho ánimo y un abrazo de solidaridad que salte murallas y cruce mundos.

He enviado este mensaje a tres activistas que sufren prisión en Rusia, Irán y China por delitos tan graves como luchar pacíficamente contra violaciones de derechos humanos. Seguramente ninguno de ellos entienda mis palabras, ignoro si alguien se las traducirá, pero espero que entre tantas letras descubran al menos el mensaje de apoyo que necesitan y que se merecen. Si lo encuentra, la traducción habrá sido la correcta, más allá de frases hechas, palabras mejor o peor dichas y fórmulas verbales. Dejo aquí los perfiles de los tres activistas injustamente encarcelados:

  • Behareh Hedayat, una activista iraní de la Campaña por la Igualdad, que exige el fin de la discriminación de la mujer en la legislación. Behareh pertenece también al movimiento estudiantil que demanda reformas políticas y que se opone a las violaciones de derechos humanos. Está condenada a más de 11 años de prisión por cargos como “insultar al presidente”, “insultar al Líder”, participar en manifestaciones pacíficas y animar a estudiantes a hacerlo.
  • Liu Ping fue condenada a más de seis años de prisión en 2014, tras organizar un acto contra la corrupción en China. Es una de las muchas personas detenidas por su pertenencia al Movimiento de los Nuevos Ciudadanos. En su juicio fue declarada culpable de “provocar peleas y crear problemas”, “congregar a una multitud para alterar el orden en un lugar público”, e incluso “utilizar un culto diabólico para menoscabar el cumplimento de la ley”. Liu Ping afirmó ante el tribunal que la torturaron mientras estaba detenida y que la golpearon la cabeza contra barras metálicas.
  • Sergei Krivov fue detenido en Rusia en octubre de 2012 tras acudir a varias protestas en favor de los manifestantes pacíficos detenidos en la plaza de Bolotnaya. Se le acusó de participar en disturbios masivos y de violencia contra un agente de policía. Las irregularidades que existieron en su juicio hicieron que Sergei se declarase en huelga de hambre durante su periodo de detención. Se le sentenció a cuatro años de prisión en una colonia penitenciaria.

Confío en que el gesto de enviar unas ‘palabras regaladas’, que es como se llama la campaña de Amnistía Internacional en la que se nos anima a enviar unas palabras de apoyo (sin manifestar ideas políticas propias ni aludir al conflicto de su país), sirva también para difundir la realidad que viven estos tres activistas, y como ellos tantos por los que esta organización sigue dando la lata de manera incansable. Es también por esto que he colgado aquí este post.

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‘Quién ríe el último’, sobre el atentado contra ‘Charlie Hebdo’

De entre todos los textos que he leído en las últimas horas sobre el atentado contra ‘Charlie Hebdo’ en París, el artículo del escritor Isaac Rosa en el número especial de ‘Orgullo y Satisfacción’ me ha parecido tremendo, demoledor por el tono, el fondo y la forma. Lo transcribo aquí, con una viñeta de Guillermo en el mismo número ‘online’ al que, en todo caso, merece la pena echar un ojo en su conjunto: está disponible para su descargar en su web.

CHARLIEHEBDO-GUILLERMO

‘Quién ríe el último’, por Isaac Rosa:

Querían que no nos riéramos más, y llevamos sin parar de reír desde las once de la mañana del miércoles. Nos hemos meado de risa. Nos hemos cagado de risa. Estamos partidos de risa. Nos duele la boca de reír, y no podemos dejar de llorar. De risa, por supuesto.

Revisamos números anteriores de Charlie Hebdo, viejos dibujos de los asesinados, y la risa se nos vuelve histérica. Miramos las portadas de Mahoma, las vemos junto a la foto de Charb, que posaba con una de ellas con el puño levantado, y la risa se desmadra, nos doblamos de risa, nos ahogamos de risa, vomitamos de risa, morimos de risa.

Para seguir la fiesta, leemos y oímos a quienes hoy se llenan la boca de defensa de la libertad de expresión y ayer, hace un rato, mañana de nuevo, intentan limitar esa misma libertad, poner cauce al humor, que nos riamos pero sin pasarnos de la raya, de su raya.

A carcajadas locas nos reímos cuando vemos a los que hasta hoy censuraban las bromas si eran con su dios, y nos decían esa mierda de “anda, valiente, métete con Mahoma”, que hoy suena macabro, premonitorio.

Más risas: los muchos valientes que hoy sacan pecho en las redes sociales o cobijados por la multitud en la plaza, y juran que no nos vencerán, que la libertad se impondrá sobre el fanatismo… Pero pasado el calentón, dejarán solos y en primera línea a quienes de verdad se juegan el cuello.

“Yo soy Charlie”, repetimos todos estos días. Pero qué va. Charlie eran solo unos pocos, los que se jugaron la vida. Y no una sino varias veces, riéndose sobre un fondo de amenazas de quienes no se andan con bromas. En su día nos parecieron valientes, hoy podríamos pensar que eran temerarios, suicidas, pero qué va. Unos locos, sí, pero con tantas ganas de vivir como de reír y hacer reír.

Quien ríe el último, ríe mejor, dice el refranero. Está por ver quién reirá al final, pero está claro quiénes ríen hoy: los enemigos de la risa resistente, de la risa liberadora, de la risa desobediente. Los miserables del “ya lo decía yo”, que hoy querrán hacer cosecha para la causa fascista que cada vez engorda más, simétrica al fanatismo del otro lado, en esta Europa que ya no da risa, que da miedo. Ríen los fundamentalistas de todos los bandos, que ven cruzada una línea más, para que su guerra sea irreversible. Y sobre todos ellos, ríen los asesinos, todavía se oyen sus ráfagas de risas, su metralleta de ja-ja-ja; y quienes les dan apoyo, dinero, coartadas, y que hoy ríen porque nos saben aterrorizados.

Para que no rían ellos los últimos, tenemos que reír todos juntos, y muy fuerte. No puede ser que los humoristas, los dibujantes, los periodistas críticos, se conviertan en el batallón que abre a pecho descubierto el camino. O vamos todos, o no va nadie. No podemos exigir heroicidades, ni afear a quienes decidan dar un paso atrás, cada uno es dueño de su miedo.

Si de verdad nos preocupa la libertad de expresión, si no queremos que los fanáticos rían los últimos, tenemos que proteger a los nuestros, pero de verdad. Mucho más que poner policías en la puerta (que también, cuando lo necesiten). Reír junto a ellos, reír incluso cuando no nos haga gracia, entonces más que nunca. Defender el humor sin límites, sin líneas rojas, sin nada sagrado ni intocable.

Es muy fácil decirlo, lo sé, y suena retórico, palabrería hueca cuando tenemos sobre la mesa los cadáveres de Charb, de Cabu, de Wolinski, de Tignous, de quienes estaban junto a ellos en el peor momento. Pero no se me ocurre otra forma de quitarnos hoy el miedo, la pena y el asco, que riendo, defendiendo la risa, y peleando por que al final riamos los últimos, para que reír no sea lo último que hagamos. Venga.

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El juego de los espejos

La-mujer-locaLa mujer loca • Juan José Millás • Seix Barral

Recordarán esa tradicional sala de espejos de los parques de atracciones en la que uno descubre su propio rostro y su cuerpo multiplicados en numerosos reflejos, casi siempre deformantes, por todos los costados hacia los que se proyecte la mirada. La literatura de Juan José Millás tiene mucho de ese expresionismo que nos convierte en enanos achaparrados o agiganta sólo algunas partes visibles –pero también las invisibles- de nuestro ser. Su continua reflexión sobre la identidad –el gran tema del escritor madrileño– y su abordaje de las diferentes caras que nos muestran la realidad y la ficción (si es que no son lo mismo) son llevados en su última novela, ‘La mujer loca’, hasta los extremos.

Porque habitualmente Millás se ha valido de la confusión entre la ficción y la realidad para manejar a su antojo a los personajes y, con ellos, a los lectores. Su modo de entender la literatura tiene mucho de juego, aunque de un juego casi nunca trivial, a veces incluso siniestro. Ahora bien, la realidad de sus libros era siempre la realidad de la ficción, el plano que asignábamos a lo verdaderamente existente dentro de las propias normas del artificio, de ingenio, de lo inventado. Lo otro, los personajes improbables, los sucesos imposibles pero que sucedían en las páginas, era lo que teníamos por ficción. Y en la confusión de una y otra dimensión andaba el juego.

Esta vez Millás va más allá. Porque en su juego de espejos nos propone una novela en la que la realidad lo es más que nunca, como si ya no formase parte de la ficción. Él mismo aparece como personaje. Y el relato, en cambio, resulta más ficticio que nunca, al presentar a una mujer que delira no ya con imágenes obsesivas o recuerdos de su pasado, sino con palabras, que son la materia de la que están hechos no sólo sus sueños, sino su propia existencia como personaje literario… Y aquí reside la vuelta de tuerca a la reflexión sobre la identidad.

Las alucinaciones verbales de Julia, la mujer loca con la que arranca la novela, son excesivas. El realismo pretendido de la historia del propio Millás que nos habla es, por su parte, sórdido como la vida misma, o como el final de la vida, la muerte, y en este caso la muerte más racional de todas: la que se practica uno mismo.

No es la primera vez, por supuesto, que Millás juega con las palabras en su obra. Tampoco es novedoso el modo en que nos retuerce la realidad. ‘La mujer loca’ es una novela de interiores e interioridades, tal vez por ello más oscura que nunca, en la que las costuras del relato nos quedan a la vista, descubriendo el autor el modo en que ha construido la historia, una técnica muy explotada en los últimos tiempos por los novelistas españoles de la generación de Millás, que dejan visibles los cimientos de la arquitectura narrativa.

Aunque el autor se explica e intenta hacer lo posible por justificar el modo en que ensarta las dos partes evidentes en que se divide la novela, la que protagonizan primero Julia y la que protagoniza después el propio narrador (si bien ambos aparecen como secundarios en partes opuestas) ‘La mujer loca’ acaba por conformar un doble relato cosido por hilos muy débiles. Millas abre muchas sendas pero no profundiza en casi ninguna de ellas.

La historia de Julia, la pescadera que alucina con la gramática, se apaga por sí sola y su solución definitiva tampoco justifica una desmedida atención inicial para el peso que acaba teniendo en el conjunto de la obra. El libro queda así descompensado, con dos relatos a medio escribir, el primero porque se pasa de frenada y el segundo porque camina siempre tirando del otro. Hay pasajes de ingenio, sobradas muestras de oficio, pero el ambicioso proyecto de Millás de llevar su literatura hasta límites inexplorados se queda varado en tierra de nadie. El salto a la gran novela de novelas que aquí busca se le resiste a Millás, indiscutible maestro en las distancias cortas.

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El velo de las apariencias

alguien-dice-tu-nombre_grande‘Alguien dice tu nombre • Luis García Montero • Alfagüara

El poeta granadino Luis García Montero vuelve a decirnos que somos el rastro de memoria que nos persigue como una sombra, tema ya recurrente en su todavía breve narrativa. Con la arquitectura de los recuerdos, García Montero levanta pequeñas pero riquísimas historias personales que dicen mucho más de nosotros que muchas biografías rebosantes de épica. Lo hizo en la preciosa semblanza de su amigo Ángel González en ‘Mañana no será lo que dios quiera’; también en esa otra novela sobre el conflicto generacional que es ‘No me cuentes tu vida’; e insiste ahora con ‘Alguien dice tu nombre’.

Con una prosa siempre deliciosa, que filtra continuamente imágenes poéticas sin arabescos innecesarios ni giros rococós, y que traslada al fraseo de la narrativa las cadencias y la musicalidad de la lírica, García Montero cuenta la historia de un joven universitario procedente de un pueblo de Jaén que ingresa durante el verano de 1963 en una editorial en Granada para vender enciclopedias: ahí se abre un universo de oportunidades para el chaval, que tiene todo un mundo por descubrir: el primer amor, el primer trabajo, las primeras responsabilidades que complican cada paso…

El poeta andaluz vuelve la mirada al pasado y nos sitúa la trama en las vivencias de un joven con inquietudes políticas y sobre todo literarias en una capital de provincias. Las vidas, de puertas para afuera, son grises. Pero todo es apariencia. Porque incluso en la grisura de la ciudad y de sus gentes hay destellos de luz, anticipos de esperanza.

Pero importa tanto o más cómo lo cuenta. García Montero conmueve sin estridencias. Tiene, por ejemplo, la capacidad de recrear extrañas sensaciones como la nostalgia de un tiempo que jamás se vivió y que jamás se habría querido vivir: la España gris del posfranquismo. Uno lee ‘Alguien dice tu nombre’ y, por un momento, se sorprende añorando las vivencias, los ambientes y los personajes, tan corrientes todos por otra parte, que retrata. El lector se entrega a esta mentira con placer porque, aun en otros lugares, otro tiempo y otros personajes, identifica la esencia de la vida.

Esta novela de iniciación, con sus juegos de clandestinidades y sus recuerdos cargados de nostalgias, nos habla de las apariencias, que son tal vez el tema central de toda poesía por cuanto está tomada por la metáfora. Las últimas páginas de la novela levantan el velo de la apariencia para, entones sí, mirar a la vida a la cara. Hay una doble lección en este demoledor desenlace: de madurez, para el joven protagonista, obligado a replantearse todo; y de dignidad, en los personajes grises. Porque ahí radica la enseñanza: lo auténtico es de color gris.

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Un baño de realidad

los-cuerpos.extrañosLos cuerpos extraños. • Lorenzo Silva. • Destino

A Lorenzo Silva le está pasando aquello de lo que previene un viejo y cínico axioma periodístico: ‘No dejes que la realidad te estropee un buen titular’. Al escritor getafense las novelas policiacas le quedan cada vez más realistas, pero a las historias les cuesta levantar el vuelo y el lector corre el riesgo de quedar un tanto defraudado con unos misterios que se resuelven de una manera tan rematadamente prosaica.

‘Los cuerpos extraños’ se mete de lleno en un tema muy interesante y de absoluta actualidad, la corrupción política. En una playa levantina una alcaldesa aparece muerta de una sorprendente guisa –que recuerda, en parte, a su memorable ‘El alquimista impaciente’–. Turbios intereses que mezclan política y negocios –los más oscuros– se entremezclan en una historia en la que irrumpen los modernos guardias civiles Vila y Chamorro, encargados aquí de representar la decencia de un sistema con demasiadas zonas de podredumbre.

Nos hace el escritor un auténtico informe desde dentro de cómo funciona una investigación policial, absolutamente creíble e interesante. Silva vuelve a mostrar las dificultades a las que se enfrentan los agentes, a menudo provocadas por el propio funcionamiento interno de las investigaciones, y lo mezcla con algunos episodios de la vida del protagonista, que al lector le es tan familiar después de los siete títulos anteriores.

Todo esto, no obstante, tiene sus peros. El brigada Vila, lo sabemos, ha madurado. El Vila de las primeras novelas era un tipo sagaz y brillante, que ya entonces se situaba al margen de las formalidades, pero que siempre encontraba una rendija por la que destilar un haz de luz deslumbrante. Ahora se nos muestra cada vez más gris, con los gestos y las confesiones abiertas de un tipo prácticamente acabado que, no sólo en su vida privada, sino en sus investigaciones, obra ya con más oficio que ingenio, resignado a un margen de maniobra cada vez más estrecho. Ese baño de realismo absoluto le hace flaco favor al personaje: cuanto más creíble, y lo es, también nos resulta más vulgar. Y pareciera como si sólo un halo de superioridad moral reclamase nuestra admiración… pero es que este escepticismo tan radical, por encima del bien y del mal, se muestra también gastado, incluso pedante en algunos pasajes. Y no hablo sólo de este último libro.

Algo similar ocurre en lo tocante a su relación con la teniente Chamorro, donde Silva ha dado por perdida cualquier opción de tensión sexual o de celos entre ambos, que tan bien funcionaba antes, por una amistad fraternal, conveniente y convincente, pero con mucha menos chispa. Tal vez como contraprestación, el autor ha introducido a otros guardias más jóvenes que ofrecen perfiles refrescantes, pero que no sustituyen ni de lejos los mejores momentos vividos por sus dos protagonistas en otras novelas.

Pero, sobre todo, hay en las últimas novelas una inmersión en las formas de investigación más novedosas que restan importancia a los interrogatorios, tan interesantes en la novela policiaca. Los juegos más literarios, el recurso al ingenio y la psicología, llevan ya tiempo cediendo terreno. A lo largo del libro el lector acumula mucha información innecesaria: de nada le vale estar atento o especular con la autoría del crimen, como ocurría antes, porque desde hace ya unos años el resultado depende de una escucha telefónica, de un barrido de mails, nunca más de la agudeza de los agentes.

La apuesta en los últimos títulos policiacos de Silva, pero especialmente en ‘Los cuerpos extraños’, resulta arriesgada porque evapora la magia e impone la maquinaria pesada de la realidad. Suponemos que así sucede en la vida misma. Y eso, tan conveniente para acercarnos a la verdad del relato periodístico de lo que sucede en un cuartel o una comisaría, no siempre le sienta bien a la ficción, o al menos a las pretensiones de algunos lectores del género. Podemos pasar que al periodismo la realidad le estropee un buen titular, pero no a una novela. Y en la lectura que aquí nos ocupa hay, para bien y para mal, un extraordinario baño de realidad.

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De vagabundo a cicerone: ‘Un otoño romano’

650_L347146.jpg‘El otoño romano’ • Javier Reverte • Plaza & Janés.

Hay mucho de otoñal en el libro romano de Javier Reverte. No sólo en el título, que alude a las fechas de la estancia del escritor madrileño en la capital italiana. También lo es por el tono nostálgico, por las reminiscencias de una piedra en eterno amago de retirada. Y por el tono del viaje, tal vez el primero de Reverte que ya no es un viaje en sí mismo, porque sustituye las andanzas por los paseos y la aventura por el turismo, siguiendo incluso un recorrido inalterable.

Se podría decir que Javier Reverte ha alcanzado la madurez de su trayectoria literaria. También se podría decir, siguiendo con los otoños, que las páginas de sus libros se le están amarilleando, que ya no desprenden sus hojas la fragancia y el frescor de los libros africanos o del Amazonas –irrepetibles, por cuanto el autor ya no está para esos trotes– y que, en plena reconversión, el vagabundo con alma de explorador se hace cicerone que nos acompaña en el recorrido, sembrándolo de cultismos y anécdotas, con el mismo oficio de siempre pero ya sin sobresaltos, con un itinerario medido como ocurre con los guías turísticos, con un andar pausado. Y esta parsimonia, libre ya de amaneceres salvajes y de dentelladas de cocodrilos, incluso se traslada al formato del libro, redactado a modo de diario clásico.

Hay en el propio libro algún reconocimiento explícito a esta forma más resignada de viajar:

“El turismo se ha convertido en una plaga, cierto; pero el mundo ya no puede ser de unos pocos, sino de todos, y a la postre yo formo parte de la plaga, aunque suela viajar sólo”.

Reverte confiesa, se da por vencido, expone su adhesión a la cordura. Le honra, pero también le amansa.

Hay cosas que no cambian. Mantiene la maestría con la que nos acerca a las vidas de los grandes personajes de la historia, aquí sobre todo los artistas como Miguel Ángel o Rafael, nos describe su admiración por obras como el cuadro del Papa Inocencio X de Valázquez y ‘El éxtasis de Santa Teresa’ de Bernini y tiene algunos destellos de originalidad cuando da pábulo al poeta canalla Giuseppe Gioachino Belli o pasea por un cementerio leyendo los epitafios de las lápidas, persiguiendo un punto de fuga romántico en un paisaje de armonías renacentistas.

El escritor capta la esencia de la ciudad y en cerca de 300 páginas firma un ameno y completo reportaje centrado sobre todo en la Roma previsible de los mitos y las artes. Sus lectores más devotos, quienes nos hemos leído con admiración su docena de libros de viajes, le hubiésemos agradecido esta vez también hubiese abandonado el itinerario oficial, que se hubiese perdido por otras callejuelas y que explorase, aunque fuese en un entorno tan doméstico, algunos vericuetos que a buen seguro le habrían llevado a descubrirnos también a los romanos de hoy, que en el libro quedan como meros figurantes, y que no se quedase sólo a presentarnos a los exquisitos espíritus que habitan la ciudad eterna.

Ocurre que el lector sospecha que Reverte no ha podido o no ha querido ver siquiera un atisbo de primavera en Roma. Un otoño solo, aunque sea en Roma, es un viaje muy corto.

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