Landero, desde el balcón

landeroDice Luis Landero que el balcón es ese lugar de la casa en el que se está en la frontera entre el hogar y la calle, entre lo privado y lo público. En este terreno fronterizo que da título al libro se sitúa el escritor para servirnos un anecdotario que tiene lo que considera más contable de su vida, esos momentos esenciales que cambian la biografía de toda persona –la tuercen o la enderezan, pero ya nada vuelve a ser igual–, esos episodios fundamentales que, como dice al final con esa simple pero honda poesía que da tono al libro, conforman los “granos de alegría” frente a ese todo que es “el mar de olvido”.

Landero se confiesa a principio del relato harto de ficción. Como si tuviera que excusarse por ello, nos cuenta cómo, después de una larga temporada de pereza por volver sobre el escritorio, abandona finalmente su novela sobre un jubilado para empezar a contar algunos recuerdos de su vida, sobre todo de su infancia y juventud: cómo un niño con un único libro en su casa de un pueblo extremeño llegará a consagrarse como escritor en Madrid; cómo las huidas e indefiniciones habituales en los protagonistas de sus novelas están ancladas en su forma de trabajar y vivir en zonas de ambigüedad; cómo le marcó su cuna rural y su traslado, después, a Madrid. Y habla, por encima de todo, de las raíces: de la estirpe y, por supuesto, del modo en que le marcó para siempre la muerte prematura del padre y la presencia, siempre en un segundo plano, de una madre que irradia el calor y la luz justas: no es casualidad que una fotografía antigua, en blanco y negro, de Landero con su madre ilustre la portada del libro.

Escribe en un momento dado el escritor de Alburqueque que este libro es, en realidad, “una deshilvanada y verdadera historia de recuerdos”. Y no se esfuerza en levantar una maraña compleja de correajes que conecten de forma artificiosa todas estas remembranzas, sino que las sirve a modo de anecdotario personal en capítulos cortos fechados con precisión. Lo hace con una simpleza expositiva que deja el protagonismo en manos de una prosa deliciosa y sin barroquismos, que desgrana algunas reflexiones emotivas –aunque la nostalgia no se desborda hlas últimas páginas y que nos brinda un retrato sublime de personajes. Tiene en esta presentación de personajes humildes algo de barojiano este libro en el que el propio autor se retrata a partir de sus encuentros con el padre, con la madre y con otros secundarios magníficos como su primo Paco o el carpintero, el maestro Agujero.

Landero es un escritor extraordinario. El autor de ‘Juegos de la edad tardía o ‘el guitarrista’ había perdido cierta intensidad –que no lustre en la prosa– en los últimos tiempos, pero ha vuelto con un relato cargado de honestidad, un libro de apariencia sencilla pero una profundidad pasmosa como retrato de las interioridades humanas, muy machadiano en este modo de aleccionarnos sobre lo que somos a través de las pequeñas eventualidades de la existencia. El cambio de registro, con esta salida al balcón, funciona como una refrescante ráfaga de brisa en una trayectoria excelente.

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El periodista es el mensaje

Dejo aquí la versión larga y original del texto con el que he colaborado en la sección ‘Cuadernos de periodismo’ del Anuario de la Asociación de la Prensa de Guadalajara y en la que no aparecen algunos de los párrafos que siguen:

Sabemos que el periodismo es una adicción porque cuando llevamos un tiempo sin ejercerlo nos entra el tembleque. Por eso, y porque muchos no sabemos ganarnos el pan de otra manera, esta crisis económica y del papel y de la credibilidad del periodista… nos ha empujado a impulsar nuestros propios proyectos, con webs y blogs. El problema es que hemos desembarcado en un universo virtual en el que cualquiera abre una ventana y grita al mundo sus historias, que es lo que hasta hace poco hacíamos nosotros en exclusiva. Y nuestra nueva competencia lo hace gratis, porque no necesita comer de ello. De modo que los periodistas recién llegados al mundo virtual tenemos que escoger entre dos opciones: un periodismo de domingueros, viviendo de otra cosa y escribiendo –como el que pinta o hace encaje de bolillos– en los ratos libres para calmar el síndrome de abstinencia; o dejarnos media vida en el infatigable intento de llenar la nevera sin renunciar a la auténtica vocación. Lo primero es un pasatiempo; lo segundo, un reto.

En un mundo donde los grandes medios tienen también sus propias plataformas digitales, donde hay muchas más que entremezclan publicidad, propaganda política y foros de opinión, donde hay revistas y blogs especializados en casi todo tipo de temas, donde cada cual tiene su blog personal, su cuenta en Twitter y accede directamente a las fuentes –la web de su ayuntamiento, del INE, de su centro comercial, de su equipo de fútbol–… ¿qué demonios pinta el periodismo? ¿Añadir más ruido al ruido?

Iñaki Gabilondo opina en ‘El fin de una época’ que la misión consiste, en realidad, en reducir el ruido, que el periodismo es necesario ahora mismo “del mismo modo que ante una inundación lo más urgente es el agua potable. Potabilizar la información será, por tanto, una de las tareas más importantes”.

No ha sido el único en destacar esta función filtradora o depuradora en el maremagnum de informaciones que nos ha sobrevenido en la llamada ‘era de la información’. El reportero polaco Ryszard Kapuscinski (está en ‘Los cínicos no sirven para este oficio’) dijo hace ya quince años que “las nuevas tecnologías facilitan enormemente nuestro trabajo, pero no ocupan su lugar. Todos los problemas de nuestra profesión, nuestras cualidades, nuestro carácter artesanal permanecen inalterables. Cualquier descubrimiento o avance técnico pueden, ciertamente, ayudarnos, pero no pueden ocupar el espacio de nuestro trabajo”.

Estas nuevas tecnologías abren un abanico de posibilidades; si es cierto que la gratuidad de la información de muchos portales de internet ha dado la puntilla al papel, también están ofreciendo hoy oportunidades a profesionales que intentan reengancharse al oficio sin tener que poner sobre la mesa el enorme capital que tradicionalmente era imprescindible para fundar cualquier cabecera. Es posible que nunca haya habido tantos medios de comunicación dirigidos por periodistas, y esto puede ser muy bueno para el periodismo.

Gabilondo y Kapunscinski vienen a rebatirle a McLuhan aquella frase que nos caló tan hondo de que “el medio es el mensaje”. Porque no lo es. O no debería serlo.

Cualquier tipo que se abre un blog no hace periodismo, como tampoco es músico el sereno que toca un pito. El periodismo es una condición, no una herramienta. En este caso podemos decir que el periodista, y no el medio –el blog, la web– es el mensaje. Hay y habrá tuiteros mucho mejores que nosotros. Hay y seguirá habiendo blogueros que nos dan mil vueltas comentando una película o un partido de fútbol. Pero el periodismo es otra cosa que nadie puede hacer mejor que un periodista: tenemos –y debemos demostrarlo– un modo de mirar y de contar que nos hace ‘únicos’. Tenemos o debemos tener la empatía con los perdedores, tenemos o debemos tener un espíritu crítico y la capacidad de contrastar. El periodista, nos lo dijo el ‘paisano’ Leguineche en un librito para estudiantes, ejerce las 24 horas del día, tiene dedicación exclusiva –aunque sin dietas como en el Congreso– y se destaca por una incesante renovación de conocimientos, más aún en un mundo tan cambiante como el actual. Esta forma de hacer, se diría que de vivir, traza las fronteras con cualquier otro escribidor de contenidos digitales.

No hablamos en abstracto. A raíz de la crisis se han puesto en marcha numerosos laboratorios de periodismo. Hay proyectos en internet como Eldiario.es, Infolibre, Jot Down, CTX o FronteraD que, desde perspectivas muy opuestas, hacen un periodismo de altísimo nivel. En Francia, Mediapart, nacido en 2008 y con 100.000 suscriptores, es un medio independiente, de opinión y de periodismo de investigación cuyo modelo de financiación pasa únicamente por las suscripciones. Muchos de los medios que los imitan en España están abriendo sus sucursales locales y hacen incluso incursiones en papel con productos de calidad. Y sus ejemplos alientan a periodistas locales que, con la única fórmula del ensayo-error, ponen en marcha sus propios proyectos confiando en la palabra, una vez más, del maestro Kapuncinski, para quien, a la larga, el lector es “justo” y reconoce la calidad: “saben que de ese nombre [un periodista, un medio] van a recibir un buen producto”. Es lo que ha sucedido con Mediapart: “Es posible hacer un periodismo riguroso y cuadrar los números”, le dijo Marius Carol, director de La Vanguardia, al entregar el año pasado a este digital francés el premio Jaume Arias de periodismo.

Abro un paréntesis: no basta con hacer periodismo, sino que hay, por supuesto, que adaptarse al formato, hay que crear estilo. Los periodistas debemos hacer el esfuerzo de abrir el verdadero camino del periodismo digital, que no puede ser una mera trasposición de los contenidos del papel a un formato virtual. Del mismo modo que no son iguales los titulares de un informativo de televisión que los de la portada de un periódico, tampoco las entradillas o las estructuras de las piezas de los digitales pueden ser idénticas que en las gacetas. No tiene sentido la estructura piramidal, no necesitamos ya repetir tres veces la idea principal en el titular, en el subtítulo y en el primer párrafo… seguramente hay que hacer párrafos más cortos y hay que aprovechar los beneficios de la intertextualidad, dar el salto de la maquetación al diseño, integrar galerías de fotos, infografías y vídeo. Pero es que muchos de los medios antes citados ya lo están haciendo.

La pregunta del millón, no obstante, es la de siempre: ¿y todo esto del periodismo como sello distintivo es rentable? El periodismo comprometido con la explicación de las cosas es inútil para los anunciantes, que sólo quieren los lectores con independencia de los contenidos. Tampoco es útil, al menos a corto plazo, para los partidos que controlan las instituciones, para quienes el periodismo resulta incluso incómodo en su estrategia por permanecer en el poder o hacerse con él.

El periodismo sólo es útil, en realidad, para los ciudadanos, que son precisamente quienes no pagan. Por eso resulta caricaturesco observar cómo lectores que consumen gratis la información reprochan a veces a los medios, financiados por anunciantes e instituciones, su falta de crítica con éstos. Evidentemente, hay que resolver esta enorme contradicción y el ciudadano deberá rascarse el bolsillo. Por ahí van muchos de los tiros. Pero el debate es inagotable y aquí el periodismo local lo tiene aún más difícil, porque nunca va a lograr el respaldo de 100.000 suscriptores.

La fórmula, seguramente, tiene que pasar por un mayor equilibrio entre apoyo institucional, comercial y de los lectores. Lo primero exige la deportividad de los políticos que, al menos en Guadalajara, no existe, y me remito a las infames pruebas que llegan a nuestros buzones. Lo segundo llegará en la medida en que un medio tenga lectores. El ciudadano tiene el cometido de respaldar con sus visitas, pero también con un consumo remunerado, el buen periodismo.

En toda esta enorme readaptación, el periodismo ejercido con responsabildiad, compromiso y profesionalidad no es una condición suficiente, pero desde luego es una premisa indispensable.

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Recordad Mauthausen

Un momento de la representación de Micomicón.

Un momento de la representación de Micomicón.

Hay que recordar Mauthausen. Es el grito de Micomicón Teatro con su propuesta de ‘El triángulo azul’, una producción del Centro Dramático Nacional que este fin de semana ha llegado al Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares, que está nominada a tres Max -entre ellos, Mejor Montaje- y que relata las peripecias de los españoles que padecieron el Holocausto y que, al no ser reconocidos en la España de Franco, lucieron en sus uniformes de presos el triángulo azul de apátridas. Pero este montaje es, también, el grito que dieron precisamente algunos de esos españoles que se jugaron el pellejo, que era lo poco que les quedaba, para que el mundo tuviese testimonio (unas fotos robadas) del horror que allí vivieron junto a judíos, gitanos, homosexuales y comunistas de toda Europa.

Diez actores interpretan y cantan –literalmente– el infierno que los españoles, como tantos otros, vivieron en el campo de concentración de Mauthausen. Lo hacen en un montaje perfectamente hilado, con textos francamente bien escritos -al alimón por Laila Ripoll, que dirige la función, y Mariano Llorente, que se mete en la piel del jefe de seguridad del campo de exterminio, el nazi Brettmeier- y en los que destacan los fluidos pasos del tono más dramático al puramente cómico. Este ejercicio actoral impresionante permite viajar al centro mismo de aquel campo de exterminio nazi que aglutinó a la mayor parte de los españoles que sufrieron el Holocausto.

A través de personajes perfectamente perfilados como el fotógrafo alemán Paul Ricken o los españoles que trabajaron con él en el departamento de identificación, el espectador se adentra en el día a día de estos prisioneros mostrando una realidad cruda, nauseabunda, donde la muerte –con sus más de treinta modalidades- constituía el pan de cada día, ya fuese en crematorios, cámaras de gas, con un tiro de gracia -“ya me dirás qué gracia tiene”, dirá uno de los intérpretes- o como manjar para perros iracundos. Para digerir mejor el horror, Ripoll y Llorente han introducido un personaje más: la música, la maravillosa banda sonora ideada por Pedro Esparza y tocada en directo por tres artistas, que es capaz de arrancar sonrisas en medio de tanta barbarie inexplicable. Sólo así es posible que estas dos horas de descenso a los infiernos no constituyan también para el público una tortura imposible de soportar.

‘El Triángulo Azul’ es teatro que remueve conciencias sin dogmatismos, basado en anécdotas reales aunque increíbles –como un minuto de silencio que se produjo ante la muerte del primer muerto español o la disparatada representación de una revista musical en pleno campo de concentración durante una navidad–, con muchísimas dosis de humor negro, danzas macabras, violencia, patetismo y abundante acompañamiento audiovisual que refuerza la hiperrealidad del relato. Una fusión de tonos y discursos que llevan de la mano al espectador hasta el climax final, con himno partizano y una detonación que funcionan como el grito desgarrador lanzado al mundo representado en el patio de butacas: Recordad Mauthausen. / Por Rubén Madrid y Elena Clemente

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Miradas sobre el Holocausto

Supervivientes de Auschwitz I antes de depositar flores ante el llamado Muro de la Muerte. / Foto: Andrzej Grygiel / EFE.

Supervivientes de Auschwitz antes de depositar flores ante el Muro de la Muerte. / Foto: Andrzej Grygiel / EFE.

Este año estamos celebrando los 70 años de las liberaciones de los campos de concentración nazis. A los actos a finales de enero en Auswitch, que se ha convertido en el símbolo por excelencia de aquel horror, le seguirán pronto los de otros como Mauthausen, uno de los agujeros negros del genocidio con mayor presencia española.

Lo ocurrido en España resulta, de hecho, un caso singular. A diferencia de lo que ha sucedido en el resto de países europeos, aquí los cuarenta años de dictadura franquista han silenciado la memoria de estos 9.000 compatriotas que sufrieron el Holocausto. Fue así porque las víctimas eran en su mayor parte republicanos que habían sufrido el exilio en Francia y que, una vez allí, padecieron también las consecuencias de la demoledora maquinaria del horror nazi.

Estamos ante un buen momento para echar la vista atrás. No me resisto a recomendar tres libros… dando por descontado que hay muchísimo material donde elegir, que los principales referentes que tenemos pasarán seguramente por el cine (‘La vida es bella’, ‘La lista de Schindler’ o ‘El pianista’), que es de obligada lectura el diario de Ana Frank o que, en sentido contrario, no merece la pena perder ni un minuto con ‘El niño del pijama de rayas’ (hablo del libro; de la película no me quedaron ni ganas de intentar un abordaje).

  • ‘Si esto es un hombre’ de Primo Levi. El intelectual judío cuenta su paso por el campo de concentración, un retrato ‘cotidiano’ de la vida en Auschwitz. Personalmente me asombró la frialdad y la crudeza con la que fue capaz de volver la mirada sobre sí mismo para reflexionar, sin estridencias y con la mera sucesión de los episodios que narra, sobre la dignidad (o su ausencia) en estas condiciones de vida en las que el infierno se manifiesta en cosas que fuera del campo de concentración nos podrían parecer triviales. Primo Levi narra y el lector calla, no hay opción de réplica. Es un relato sobrecogedor.
  • ‘Holocausto y modernidad’. Un ensayo del sociólogo Zygmunt Bauman en el que plantea una tesis chocante: que el holocausto no fue un accidente en el proceso de modernización de nuestras sociedades occidentales, sino un acontecimiento normal por el uso de un racionalismo típico de los tiempos modernos, caso de la industrialización y la burocratización que tan presentes estuvieron en la gestión del exterminio. En ese sentido, nada impediría, al menos en teoría, que pueda volver a suceder. Bauman ha llevado sus desarrollos sociológicos en los últimos tiempos hacia otros terrenos, pero su análisis del fenómeno dentro de los parámetros ‘lógicos’ de la modernidad sigue resultando una idea tan sugestiva como merecedora de reflexión cada vez que pretendemos responder a las preguntas de cómo fue posible algo así y si podremos evitarlo.
  • ‘El impostor’, la novela basada en hechos reales de Javier Cercas en la que vuelve la mirada sobre Enric Marco, que se hizo pasar por deportado en un campo de concentración nazi y llegó a convertirse en símbolo de la causa hasta que fue desenmascarado por un historiador. Muy bien construida y escrita, aporta al debate un aspecto controvertido pero interesante: cómo hemos gestionado en España la memoria histórica, su ausencia (primero) y la moda (después).

Me detengo a analizar este libro aparecido hace apenas unos meses y que ha tenido el mérito de provocar un hondo debate sobre la cuestión que aborda.

‘El impostor’ no es exactamente una novela, sino un escrito en el que el novelista relata la historia de Enric Marco, la historia de un fingidor nato, de un barcelonés que llegó a presidir una asociación de víctimas del holocausto sin haber estado jamás en un campo de concentración, que llegó a dar un discurso emotivo en el Congreso y que finalmente fue desenmascarado por un historiador, Benito Bermejo, días antes de representar el papel protagonista en representación de las víctimas españolas en el 65 aniversario del Holocausto.

Fotograma del documental Ich Bin Enric Marco.

Fotograma del documental Ich Bin Enric Marco.

Cercas juega con la caras de la verdad y la mentira en su personaje, en su libro y en general en la literatura; ofrece sus dudas iniciales para escribir esta historia y, como es habitual en él, descorre la cortina que permite ver los entresijos de la creación literaria, aunque también aquí cabe cuestionarse sobre la propia impostura del autor bajo una supuesta declaración de absoluta honestidad. Porque la lectura se lleva a cabo como en un ejercicio de papiroflexia en el que cada doblez ofrece un nuevo perfil a una figura capaz de retorcerse sobre sí misma hasta límites insospechados.

Desde el punto de vista narrativo, el nuevo libro de Cercas resulta magistral. Vuelve a ofrecer una demostración de su manera de esculpir su obra desde todas las perspectivas posibles, dibujando cada una de sus caras, sobando el material que se trae entre manos, repitiendo argumentos y episodios en ocasiones, mezclando pasajes anecdóticos y fundamentales, con abordajes directísimos pero también otros periféricos y tangenciales, con la voz del propio protagonista, pero todavía más con la del narrador, hecho personaje, y la de quienes le rodearon, con capítulos más propios de un ensayo filosófico y con otras páginas más que se ajustan a la crónica periodística, con una riquísima mezcla de temas, enfoques y géneros que levantan en su conjunto una compleja y monumental arquitectura del asunto, bifurcado a su vez en mil trasuntos.

Lo hizo ya en ‘Soldados de Salamina’ o ‘Anatomía de un instante’, sobre la Guerra Civil y la Transición, y lo hace elimpostorahora con este libro que hunde sus raíces en la guerra, tiene mucho de la restauración de la democracia y que se prolonga hasta nuestros días examinando el carácter falsario de un personaje que fue capaz de engañar a todos con sus historias de tierno abuelo represaliado por el franquismo y de prisionero de los nazis. Un enorme castillo de naipes que se vino de pronto abajo dejando desgüernecido e indefenso a un héroe convertido en villano de la noche a la mañana.

La de Cercas es una verdad incómoda: afea los complejos de la sociedad bienpensante, del buenismo militante, de la pose democrática afectada por un pasado vergonzante. Todo cuanto dice está bien armado, aunque es matizable. Se le ha atizado mucho con artículos y comentarios que han reducido a la mínima expresión cuanto objeta y cuanto argumenta para llegar a sus tesis, que es mucho. Jibarizada, la teoría de Cercas sobre la memoria histórica no resiste un embate. Expuesta como lo hace en el libro, con paciencia, serenidad y sensatez, tiene pocos flancos por los que ser atacada. Y, en cualquier caso, Cercas duda, dice y contradice, avanza y retrocede, gira en una y otra dirección, porque este tipo de verdades no son monolíticas, dogmáticas ni unidimensionales, sino más bien poliédricas y maleables, con áreas de luz y de sombras. Cercas es consciente de esa naturaleza frágil y volátil del material de su libro y lo maneja en consonancia.

Lo que Cercas viene a decirnos en su libro es que la monumental impostura de su personaje real, Enric Marco, no se debe sólo a la inaudita habilidad del propio farsante, que está fuera de duda. Hizo falta, también, un medio ambiente que favoreciera el desarrollo biológico de un pez chico que acabó por convertirse en tiburón. El escritor catalán no nos lo dice así, pero lo sugiere: el impostor se valió del postureo. Y esa es, en plena mirada atrás de homenaje a las verdaderas víctimas, una aportación nada desdeñable.

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¿Dónde están las griegas?

Primer consejo de ministros de Tsipras en Grecia, con los doce hombres de su ejecutivo. // Simela Pantzartzi (Efe).

Primer consejo de ministros de Tsipras en Grecia, con los doce hombres de su ejecutivo. // Simela Pantzartzi (Efe).

Sólo dos días después de ganar las elecciones en Grecia, el flamante primer ministro Alexis Tsipras anunciaba la composición de su gabinete, con doce ministros. Sin ninguna mujer. Hay, es cierto, varias viceministras, como Maria Kollia en Interior, Elena Kuntura en Turismo, Nadia Valavani en Finanzas, y Rania Antonopoulos en Empleo, aunque sus pocos nombres y su situación en el segundo escalón no responden a la pregunta esencial de si no hay ninguna mujer capaz de dirigir un ministerio en el nuevo ejecutivo griego.

Ha sido ésta una de las dos sorprendentes decisiones adoptadas por Tsipras en las primeras horas de su esperado mandato, junto con el pacto sellado con los independientes de derechas, y en ambos casos con un difícil encaje para gran parte de los simpatizantes que hemos celebrado esta victoria con algo más que simple solidaridad.

Sin entrar en los detalles de la medida, la decisión ha vuelto a despertar un debate habitual en España sobre la necesidad de reflejar en los cuadros directivos de empresas y sobre todo en las instituciones públicas la paridad de derivación biológica que existe en la calle. Un debate que habría de ser innecesario si la tradición política de nuestras sociedades patriarcales no hubiese ‘normalizado’ esta desigualdad contra natura.

El debate, reproducido estos días de nuevo, suele plantearse en España más o menos en estos términos: unos consideran que forzar el acceso de las mujeres a un ejecutivo o una cúpula de un partido puede elevar a puestos de responsabilidad a mujeres que no están allí por su talento, sino por cumplir con una cuota, relegando de paso a colegas mejor preparados en comparación con ellas. Otros, en cambio, replican que la discriminación positiva es hasta la fecha el único modo de corregir unos vicios del mundo del poder que se han limado pero que todavía no se han eliminado, que siguen generando desigualdades inaceptables y que la paridad por decreto es el medio para acabar algún día por convertir felizmente la propia discriminación (negativa y positiva) en un anacronismo.

Como en casi todo en la vida, hay parte de razón en cada una de estas posturas. Y, también como en casi todo en la vida, antes que optar por tomar partido se pueden buscar puntos en común. De sólo poder optar por uno de los dos planteamientos, obviamente lo haríamos por el segundo. Y no sabemos si por esta misma razón o por mera correción política, viene imponiéndose en el debate público la segunda de las alternativas.

Hay, sin embargo, una tercera opción que aparece poco en los debates. Pasa por no sólo optar por la educación en igualdad, para poner los cimientos de un orden más coherente el día de mañana, sino preocuparse también y de manera urgente por la verdadera participación ciudadana de los partidos. Si, como instrumentos de la sociedad para participar en política, los partidos fuesen lo verdadera y suficientemente permeables a ésta y estableciesen los canales de participación por parte de todos los colectivos (no sólo los hombres, sino las  mujeres, pero también los jóvenes, la tercera edad y las minorías), y sus bases tuviesen la capacidad de decisión que debieran, seguramente el acceso de las mujeres (y resto de colectivos) a las cúpulas sería inevitable, casi un tránsito natural.

Tsipras celebra su victoria en la noche electoral. / Foto: Efe.

Tsipras celebra su victoria en la noche electoral. / Foto: Efe.

De un partido, especialmente de izquierdas, debe esperarse una atención especial por reflejar de manera lo más fiel posible en sus debates, en sus políticas y en sus nombres propios la realidad de la calle. Pero no como un proceso forzado, sino como un mecanismo que fluya por sí mismo. Y si no fluye, ese partido de izquierdas tiene un prolema. Puede, transitoriamente, de manera puntual, corregir con  cuotas, pero debe ser consciente de que a medio plazo debe resolver este desafío de otra manera.

También en España partidos como Podemos, Izquierda Unida, Equo y compañía deben admitir que tienen un problema si no logran reflejar en sus bases esa igualdad y tienen que acudir a una paridad y unas listas cremallera que resuelven el problema en la primera línea de fuego (da visibilidad al papel de la mujer) pero no en la retaguardia: la desequilibrada participación de la mujer en los asuntos de la cosa pública.

Sería lógico que un partido como Syriza, en el que son mujeres el 20% de sus diputados, reflejase en su ejecutivo un nivel similar de ministras, porque supondría que tiene establecidos unos mecanismos que hacen que cualquiera, en igualdad de condiciones, alcanza los mandos sin que se castigue su condición femenina, en esta caso, como negativa. No es normal, por tanto, que no haya ninguna ministra en Grecia, como tampoco sería ‘normal’ que fuesen seis de doce cuando la preocupación de las mujeres griegas por hacer política sigue siendo tan escasa y, como parece, más bien delegan la gestión política y su participación ciduadana (y de qué modo) en ellos.

Pero es que incluso si ahora mismo hubiese tres ministras (un 20%, como en el parlamento) en el actual gobierno de Tsipras, la preocupación debería seguir siendo evidente: lograr que la mujer constituya no sólo la mitad de su ejecutivo, sino la mitad aproximada de sus representantes públicas y, sobre todo, de sus propias bases.

Insistimos: miremos más a las bases, no sólo a los mandos. Hay que replantearse hasta qué punto estamos convirtiendo la paridad en la culminación de las políticas de igualdad y si no convendría que los partidos reflejasen la verdad: un número de cargos conforme al de mujeres que haya en sus bases. Y si aquí las mujeres son pocas, preocuparse no sólo por incorporar a dos o tres ministras al gobierno o a dos o tres mujeres más en las listas de las próximas elecciones, sino en que haya más mujeres militando, pegando carteles, diseñando programas, dando mítines y levantando la mano en órganos de decisión de los partidos.

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Palabras regaladas

Nos separan tantos kilómetros que podría parecer que nuestros mundos son tan rematadamente diferentes que la realidad que vives resulta incapaz de conmoverme. Nos separa también la enorme muralla del idioma, que podría hacer pensar a su vez que de nada sirve enviar estas palabras. Pero creo que no es así. O quisiera pensar que no es así.

Quiero que sepas que cuentas con toda mi solidaridad y mi admiración, que tu padecimiento sirve para hacer visible una causa que de otro modo sería invisible y que gracias a gente como tú el mundo será cada vez un lugar mejor en el que vivir.

Estoy seguro de que algún día disfrutaremos de que así sea, y también de que sentirás la bendita satisfacción de haber hecho todo lo posible por conseguirlo. De momento, mucho ánimo y un abrazo de solidaridad que salte murallas y cruce mundos.

He enviado este mensaje a tres activistas que sufren prisión en Rusia, Irán y China por delitos tan graves como luchar pacíficamente contra violaciones de derechos humanos. Seguramente ninguno de ellos entienda mis palabras, ignoro si alguien se las traducirá, pero espero que entre tantas letras descubran al menos el mensaje de apoyo que necesitan y que se merecen. Si lo encuentra, la traducción habrá sido la correcta, más allá de frases hechas, palabras mejor o peor dichas y fórmulas verbales. Dejo aquí los perfiles de los tres activistas injustamente encarcelados:

  • Behareh Hedayat, una activista iraní de la Campaña por la Igualdad, que exige el fin de la discriminación de la mujer en la legislación. Behareh pertenece también al movimiento estudiantil que demanda reformas políticas y que se opone a las violaciones de derechos humanos. Está condenada a más de 11 años de prisión por cargos como “insultar al presidente”, “insultar al Líder”, participar en manifestaciones pacíficas y animar a estudiantes a hacerlo.
  • Liu Ping fue condenada a más de seis años de prisión en 2014, tras organizar un acto contra la corrupción en China. Es una de las muchas personas detenidas por su pertenencia al Movimiento de los Nuevos Ciudadanos. En su juicio fue declarada culpable de “provocar peleas y crear problemas”, “congregar a una multitud para alterar el orden en un lugar público”, e incluso “utilizar un culto diabólico para menoscabar el cumplimento de la ley”. Liu Ping afirmó ante el tribunal que la torturaron mientras estaba detenida y que la golpearon la cabeza contra barras metálicas.
  • Sergei Krivov fue detenido en Rusia en octubre de 2012 tras acudir a varias protestas en favor de los manifestantes pacíficos detenidos en la plaza de Bolotnaya. Se le acusó de participar en disturbios masivos y de violencia contra un agente de policía. Las irregularidades que existieron en su juicio hicieron que Sergei se declarase en huelga de hambre durante su periodo de detención. Se le sentenció a cuatro años de prisión en una colonia penitenciaria.

Confío en que el gesto de enviar unas ‘palabras regaladas’, que es como se llama la campaña de Amnistía Internacional en la que se nos anima a enviar unas palabras de apoyo (sin manifestar ideas políticas propias ni aludir al conflicto de su país), sirva también para difundir la realidad que viven estos tres activistas, y como ellos tantos por los que esta organización sigue dando la lata de manera incansable. Es también por esto que he colgado aquí este post.

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‘Quién ríe el último’, sobre el atentado contra ‘Charlie Hebdo’

De entre todos los textos que he leído en las últimas horas sobre el atentado contra ‘Charlie Hebdo’ en París, el artículo del escritor Isaac Rosa en el número especial de ‘Orgullo y Satisfacción’ me ha parecido tremendo, demoledor por el tono, el fondo y la forma. Lo transcribo aquí, con una viñeta de Guillermo en el mismo número ‘online’ al que, en todo caso, merece la pena echar un ojo en su conjunto: está disponible para su descargar en su web.

CHARLIEHEBDO-GUILLERMO

‘Quién ríe el último’, por Isaac Rosa:

Querían que no nos riéramos más, y llevamos sin parar de reír desde las once de la mañana del miércoles. Nos hemos meado de risa. Nos hemos cagado de risa. Estamos partidos de risa. Nos duele la boca de reír, y no podemos dejar de llorar. De risa, por supuesto.

Revisamos números anteriores de Charlie Hebdo, viejos dibujos de los asesinados, y la risa se nos vuelve histérica. Miramos las portadas de Mahoma, las vemos junto a la foto de Charb, que posaba con una de ellas con el puño levantado, y la risa se desmadra, nos doblamos de risa, nos ahogamos de risa, vomitamos de risa, morimos de risa.

Para seguir la fiesta, leemos y oímos a quienes hoy se llenan la boca de defensa de la libertad de expresión y ayer, hace un rato, mañana de nuevo, intentan limitar esa misma libertad, poner cauce al humor, que nos riamos pero sin pasarnos de la raya, de su raya.

A carcajadas locas nos reímos cuando vemos a los que hasta hoy censuraban las bromas si eran con su dios, y nos decían esa mierda de “anda, valiente, métete con Mahoma”, que hoy suena macabro, premonitorio.

Más risas: los muchos valientes que hoy sacan pecho en las redes sociales o cobijados por la multitud en la plaza, y juran que no nos vencerán, que la libertad se impondrá sobre el fanatismo… Pero pasado el calentón, dejarán solos y en primera línea a quienes de verdad se juegan el cuello.

“Yo soy Charlie”, repetimos todos estos días. Pero qué va. Charlie eran solo unos pocos, los que se jugaron la vida. Y no una sino varias veces, riéndose sobre un fondo de amenazas de quienes no se andan con bromas. En su día nos parecieron valientes, hoy podríamos pensar que eran temerarios, suicidas, pero qué va. Unos locos, sí, pero con tantas ganas de vivir como de reír y hacer reír.

Quien ríe el último, ríe mejor, dice el refranero. Está por ver quién reirá al final, pero está claro quiénes ríen hoy: los enemigos de la risa resistente, de la risa liberadora, de la risa desobediente. Los miserables del “ya lo decía yo”, que hoy querrán hacer cosecha para la causa fascista que cada vez engorda más, simétrica al fanatismo del otro lado, en esta Europa que ya no da risa, que da miedo. Ríen los fundamentalistas de todos los bandos, que ven cruzada una línea más, para que su guerra sea irreversible. Y sobre todos ellos, ríen los asesinos, todavía se oyen sus ráfagas de risas, su metralleta de ja-ja-ja; y quienes les dan apoyo, dinero, coartadas, y que hoy ríen porque nos saben aterrorizados.

Para que no rían ellos los últimos, tenemos que reír todos juntos, y muy fuerte. No puede ser que los humoristas, los dibujantes, los periodistas críticos, se conviertan en el batallón que abre a pecho descubierto el camino. O vamos todos, o no va nadie. No podemos exigir heroicidades, ni afear a quienes decidan dar un paso atrás, cada uno es dueño de su miedo.

Si de verdad nos preocupa la libertad de expresión, si no queremos que los fanáticos rían los últimos, tenemos que proteger a los nuestros, pero de verdad. Mucho más que poner policías en la puerta (que también, cuando lo necesiten). Reír junto a ellos, reír incluso cuando no nos haga gracia, entonces más que nunca. Defender el humor sin límites, sin líneas rojas, sin nada sagrado ni intocable.

Es muy fácil decirlo, lo sé, y suena retórico, palabrería hueca cuando tenemos sobre la mesa los cadáveres de Charb, de Cabu, de Wolinski, de Tignous, de quienes estaban junto a ellos en el peor momento. Pero no se me ocurre otra forma de quitarnos hoy el miedo, la pena y el asco, que riendo, defendiendo la risa, y peleando por que al final riamos los últimos, para que reír no sea lo último que hagamos. Venga.

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