¿Dónde están las griegas?

Primer consejo de ministros de Tsipras en Grecia, con los doce hombres de su ejecutivo. // Simela Pantzartzi (Efe).

Primer consejo de ministros de Tsipras en Grecia, con los doce hombres de su ejecutivo. // Simela Pantzartzi (Efe).

Sólo dos días después de ganar las elecciones en Grecia, el flamante primer ministro Alexis Tsipras anunciaba la composición de su gabinete, con doce ministros. Sin ninguna mujer. Hay, es cierto, varias viceministras, como Maria Kollia en Interior, Elena Kuntura en Turismo, Nadia Valavani en Finanzas, y Rania Antonopoulos en Empleo, aunque sus pocos nombres y su situación en el segundo escalón no responden a la pregunta esencial de si no hay ninguna mujer capaz de dirigir un ministerio en el nuevo ejecutivo griego.

Ha sido ésta una de las dos sorprendentes decisiones adoptadas por Tsipras en las primeras horas de su esperado mandato, junto con el pacto sellado con los independientes de derechas, y en ambos casos con un difícil encaje para gran parte de los simpatizantes que hemos celebrado esta victoria con algo más que simple solidaridad.

Sin entrar en los detalles de la medida, la decisión ha vuelto a despertar un debate habitual en España sobre la necesidad de reflejar en los cuadros directivos de empresas y sobre todo en las instituciones públicas la paridad de derivación biológica que existe en la calle. Un debate que habría de ser innecesario si la tradición política de nuestras sociedades patriarcales no hubiese ‘normalizado’ esta desigualdad contra natura.

El debate, reproducido estos días de nuevo, suele plantearse en España más o menos en estos términos: unos consideran que forzar el acceso de las mujeres a un ejecutivo o una cúpula de un partido puede elevar a puestos de responsabilidad a mujeres que no están allí por su talento, sino por cumplir con una cuota, relegando de paso a colegas mejor preparados en comparación con ellas. Otros, en cambio, replican que la discriminación positiva es hasta la fecha el único modo de corregir unos vicios del mundo del poder que se han limado pero que todavía no se han eliminado, que siguen generando desigualdades inaceptables y que la paridad por decreto es el medio para acabar algún día por convertir felizmente la propia discriminación (negativa y positiva) en un anacronismo.

Como en casi todo en la vida, hay parte de razón en cada una de estas posturas. Y, también como en casi todo en la vida, antes que optar por tomar partido se pueden buscar puntos en común. De sólo poder optar por uno de los dos planteamientos, obviamente lo haríamos por el segundo. Y no sabemos si por esta misma razón o por mera correción política, viene imponiéndose en el debate público la segunda de las alternativas.

Hay, sin embargo, una tercera opción que aparece poco en los debates. Pasa por no sólo optar por la educación en igualdad, para poner los cimientos de un orden más coherente el día de mañana, sino preocuparse también y de manera urgente por la verdadera participación ciudadana de los partidos. Si, como instrumentos de la sociedad para participar en política, los partidos fuesen lo verdadera y suficientemente permeables a ésta y estableciesen los canales de participación por parte de todos los colectivos (no sólo los hombres, sino las  mujeres, pero también los jóvenes, la tercera edad y las minorías), y sus bases tuviesen la capacidad de decisión que debieran, seguramente el acceso de las mujeres (y resto de colectivos) a las cúpulas sería inevitable, casi un tránsito natural.

Tsipras celebra su victoria en la noche electoral. / Foto: Efe.

Tsipras celebra su victoria en la noche electoral. / Foto: Efe.

De un partido, especialmente de izquierdas, debe esperarse una atención especial por reflejar de manera lo más fiel posible en sus debates, en sus políticas y en sus nombres propios la realidad de la calle. Pero no como un proceso forzado, sino como un mecanismo que fluya por sí mismo. Y si no fluye, ese partido de izquierdas tiene un prolema. Puede, transitoriamente, de manera puntual, corregir con  cuotas, pero debe ser consciente de que a medio plazo debe resolver este desafío de otra manera.

También en España partidos como Podemos, Izquierda Unida, Equo y compañía deben admitir que tienen un problema si no logran reflejar en sus bases esa igualdad y tienen que acudir a una paridad y unas listas cremallera que resuelven el problema en la primera línea de fuego (da visibilidad al papel de la mujer) pero no en la retaguardia: la desequilibrada participación de la mujer en los asuntos de la cosa pública.

Sería lógico que un partido como Syriza, en el que son mujeres el 20% de sus diputados, reflejase en su ejecutivo un nivel similar de ministras, porque supondría que tiene establecidos unos mecanismos que hacen que cualquiera, en igualdad de condiciones, alcanza los mandos sin que se castigue su condición femenina, en esta caso, como negativa. No es normal, por tanto, que no haya ninguna ministra en Grecia, como tampoco sería ‘normal’ que fuesen seis de doce cuando la preocupación de las mujeres griegas por hacer política sigue siendo tan escasa y, como parece, más bien delegan la gestión política y su participación ciduadana (y de qué modo) en ellos.

Pero es que incluso si ahora mismo hubiese tres ministras (un 20%, como en el parlamento) en el actual gobierno de Tsipras, la preocupación debería seguir siendo evidente: lograr que la mujer constituya no sólo la mitad de su ejecutivo, sino la mitad aproximada de sus representantes públicas y, sobre todo, de sus propias bases.

Insistimos: miremos más a las bases, no sólo a los mandos. Hay que replantearse hasta qué punto estamos convirtiendo la paridad en la culminación de las políticas de igualdad y si no convendría que los partidos reflejasen la verdad: un número de cargos conforme al de mujeres que haya en sus bases. Y si aquí las mujeres son pocas, preocuparse no sólo por incorporar a dos o tres ministras al gobierno o a dos o tres mujeres más en las listas de las próximas elecciones, sino en que haya más mujeres militando, pegando carteles, diseñando programas, dando mítines y levantando la mano en órganos de decisión de los partidos.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. Ha desarrollado también labores de comunicación para festivales culturales de Guadalajara y en la Consejería de Cultura de CLM. En Twitter, @Rb_Madrid.
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