Lo que he aprendido con Bauman

baumanHa muerto Zygmunt Bauman. Uno tiene a estas alturas unos cuantos pensadores de referencia, pero el sociólogo polaco se ha convertido sin duda en uno de mis imprescindibles. Aunque se puso de moda en los últimos tiempos, sobre todo a raíz de sus apariciones en prensa tras ganar el Príncipe de Asturias en 2010, lo empecé a leer antes, hace más de una década, a partir de la recomendación de un antiguo profesor de filosofía que había traducido uno de sus libros. Desde esta primera experiencia me quedé fascinado con la calidad de su estilo literario, con el poder de sugestión de sus teorías y por la claridad con que, a partir de sus lecciones, uno comprendía estos mundos posmodernos que nos ha tocado vivir. Y tal vez radica aquí uno de sus principales logros: el modo en que Bauman ha sido capaz de establecer conexión entre los académicos y la calle, entre la teoría sociológica de su tiempo –donde ha emparentado con corrientes como la sociología del riesgo de Ulrich Beck– y las preocupaciones ciudadanas más inmediatas como la precariedad laboral, las nuevas formas de consumo, la revolución de los canales de información y la incertidumbre que, de manera más general, nos rodea en todos los órdenes de nuestras vidas.

Cuando leemos a Bauman comprendemos que viajamos más ligeros de equipaje que nunca, pero sin cinturón de seguridad ni brújula que nos marque el norte. El pensador polaco ha sabido explicar como pocos estas inseguridades que angustian al ciudadano de este mundo feliz de la modernidad postindustrial (lo que algunos llaman la sociedad de la información y otros colegas denominaron la posmodernidad), un sistema social en el que a su juicio no había suficientes elementos de ruptura con la industrialización que marcó el periodo anterior como para hablar de una naturaleza completamente distinta, pero cuyos elementos han sufrido tantas y tan importantes transformaciones como para plantearse que había que cambiar las ópticas con las que enfrentarlos.

Todo lo que era sólido ya no lo es, nos dijo Bauman en plena mudanza entre milenios. Planteó su ‘modernidad líquida’, un marco teórico con el que luego abordó análisis parciales de diferentes parcelas de la realidad y de casi todas las relaciones sociales, de los contratos laborales y las transacciones comerciales a los medios de comunicación y el arte. La liquidez que llevó a muchos de sus títulos lo ha inundado todo, desde el miedo al compromiso en el amor y el postureo en las redes sociales hasta la volatilidad del voto y la vaporosa militancia de la política actual, desde la crisis del estado del bienestar hasta la ruptura de los lazos de solidaridad de la clase trabajadora entregada, ahora, a la feliz tarea de consumir sin descanso en “una vida en la que siempre ‘pasa algo’: algo nuevo, excitante; y excitante sobre todo por ser nuevo”.

Es en este terreno movedizo, de relaciones humanas intermitentes y sin compromisos, donde se establece una lucha por la supervivencia que cada uno libra por su cuenta, a menudo en plena competencia con el vecino, en un intento desesperado y extenuante por seguir perteneciendo a una clase media que ha quedado hecha trizas, donde el propósito de todos a un mismo tiempo pasa por seguir estando a la última y no quedarse fuera de juego, es decir, quedar recluidos a la ‘infraclase’ como apestados modernos, “víctimas colaterales del consumismo”, perfectamente prescindibles para la maquinaria de la sociedad postindustrial.

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La cooperación ha dejado paso a la disputa como método para salir adelante. Hay una pugna constante para ocupar el mejor lugar en el escaparate de novedades, resultando un profesional apetecible, un señor atractivo, una señora de última generación. “Ésa es la materia de la que están hechos los sueños, y los cuentos de hadas, de una sociedad de consumidores: transformarse en un producto deseable y deseado”.

Antes de definir y desarrollar su ‘modernidad líquida’, Bauman ya había despuntado al explicar el holocausto nazi o la ingente producción de residuos humanos en el capitalismo (tan vigente en un mundo con 65 millones de desplazados, inmigrantes o refugiados) como una respuesta lógica de la modernidad. No son anomalías, nos dijo, sino derivaciones perfectamente a tono con un mundo tan industrializado. En los últimos tiempos, con la resonancia que la popularidad que la etiqueta líquida y los reconocimientos académicos dieron a sus conferencias y sus apariciones en prensa, Bauman aplicó sus análisis a cuestiones que estaban a la orden del día como el uso y abuso de las redes sociales o ese precariado engordado por la crisis económica. En España interesó a los indignados y con razón, porque fue mucho más lejos que otros referentes del movimiento como Stéphane Hessel, cuya indignación era apenas una jugada a la defensiva. Con una mirada más ambiciosa, el pensador polaco intervino públicamente con esa claridad deslumbrante, pero nunca cegadora, que necesitamos para entender cómo nos movemos, y cómo nos tratamos los unos a los otros, en un mundo virtual que ensancha cada vez más sus horizontes a la vez que a este otro lado de la frontera, en la realidad, menguan los espacios públicos y los proyectos en común.

A Bauman le debo medio premio Libertad de Expresión de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, que gané hace un año con el artículo ‘Cómo hacemos ciudad’. La lectura de uno de sus principales ensayos, ‘Modernidad líquida’, me resultó inspiradora hasta un extremo insospechado, porque al leer algunas de sus páginas encontré por sorpresa una descripción ajustada casi al milímetro de las transformaciones que se estaban produciendo en la fisonomía de la ciudad en que vivo. A partir de ahí ofrecí mi visión del urbanismo local como herramienta para hacer o deshacer comunidad. Pero era una reflexión deudora totalmente de los planteamientos de Bauman. Y no era la primera vez que le utilizaba para un artículo de opinión: en otra ocasión ya había plagiado el título de ‘Vidas desperdiciadas’ y había rescatado algún que otro fragmento para hablar de mendigos en la Calle Mayor.

No voy a decir que me apene personalmente la muerte de Bauman, un señor que yatenía 91 años y al que ni siquiera vi en persona, pero siento que a mi forma de mirar a nuestros mundos posmodernos se le ha apagado una luz muy potente. Bauman es ya un autor de relectura obligada.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado diversas labores de redactor en medios de comunicación de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara, donde reside. Hasta mayo de 2012, año en que recibió los premios Libertad de Expresión y de Medio Ambiente Industrial de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años viene colaborando en diversos medios de comunicación como periodista freelance y ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que es fundador y colaborador habitual. Cuentista, rayista, dibujante de mapas, papá-clown y marinero en tierra son otras de sus ocupaciones confesables. Actualmente estudia Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. En Twitter, @Rb_Madrid.
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Una respuesta a Lo que he aprendido con Bauman

  1. Xabier Puente DoCampo dijo:

    Magnífico texto, Rubén. Parabéns.

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