Las alucinaciones de Goya

Una de las últimas escenas de 'El sueño de la razón' en la espectacular puesta en escena de Ferroviaria. / Foto: R.M.

Una de las últimas escenas de ‘El sueño de la razón’ en la espectacular puesta en escena de Ferroviaria. / Foto: R.M.

‘El sueño de la razón’, texto de Antonio Buero Vallejo, en la versión de Ferroviaria. • Poco público asistió a la función en el teatro Buero Vallejo de Guadalajara, el 22 de noviembre.   La obra rescata la vigencia de la aplastante denuncia contra los abusos del poder fanático de ayer y de siempre.

Goya es un personaje muy potente de nuestra historia: un patriota leal a su pueblo, liberal en sus pensamientos, genial en su arte, pero castigado por la sordera, enfrentado al poder absoluto del rey de quien era pintor de cámara, conmovido hasta el tuétano por los desastres de la guerra. Aunque no fue testigo de los fusilamientos del 3 de mayo, dejó uno de los testimonios más sobrecogedores de la violencia a sangre fía. No sólo lo denuncio estos horrores, sino que sufrió el terror consiguiente de la represión contra los vencidos. Contra, quienes aquellos que, como él, eran tachados de negros y afrancesados; o de masones, como tantas veces después.

La revisión de Paco Macià, siempre fiel en cada palabra y cada indicación al libreto de Buero Vallejo, nos presenta a Fernando VII exigiendo perdón al viejo pintor de cámara aragonés, una de cuyas cartas a un amigo ha sido interceptada con no pocas lindezas dedicadas al rey. En un sistema absolutista como es la monarquía restaurada tras la guerra con Francia ese desliz es inadmisible.

Para contarlo sobre las tablas, la compañía Ferroviaria aprovecha al máximo los recursos sonoros y pictóricos que Buero incluye en el texto, esos maullidos, los pálpitos del corazón del hombre alarmado por unos ruidos y esas voces infantiles, interiores y enloquecedoras de quien, en cambio, nada del exterior escucha a causa de la sordera. Además, el trabajo de Ángel Haro da vida a las conocidas pinturas negras de las paredes, con montajes de videoarte que ofrecen una sensación fantasmagórica y que permiten jugar con el movimiento de las escenas más conocidas de la tenebrosa sala del Museo del Prado. Todo ello, también con los juegos de luces de Pedro Yagüe, ofrece una sensación enfebrecida, de delirio, de alucinación permanente.

Esa plasticidad siempre presente experimenta una interesante vuelta de tuerca en las dos escenas últimas: espectacular el sueño de Goya con el aquelarre de máscaras propias de una tragedia moderna; impecable, justo después, la presencia de los monstruos reales que acuden a dar el merecido al díscolo anciano. El espectador observa así, sin tiempo para sobreponerse, que no hay distinción entre los horrores de la peor pesadilla, los de la pintura más negra y los que se producen en la realidad más cruda.

Duelo de caracteres

No descubrimos nada al resaltar la capacidad de Buero para imprimir carácter a sus personajes. Algo que el plantel de actores ha sabido plasmar sobre las tablas y que ofrece un continuo duelo de fuertes caracteres.

Marca siempre la presencia y ausencia de Goya, porque impone que el espectador oiga o no la voz del resto como lo haría éste. Tal vez sea prejuicio de este espectador, pero no convence ese pintor más atolondrado que ofuscado de las primeras escenas. Uno tiene la impresión –y la tuvo al leer a Buero– de que el Goya de la Quinta del Sordo era un hombre más huraño, endurecido por lo visto y lo vivido, muy poco amigable incluso con sus amigos. Pero este Goya que en el programa de mano venía asociado al nombre del conocido actor Juan Meseguer (no fue él quien estuvo sobre las tablas sino el actor Enric Juezas, en la que era su segunda función en la piel del artista) es más bien un loco solitario y huidizo que un león herido. Ya en la segunda parte, en cambio, impresiona la transfiguración del genio firme en sus principios al hombre condenado, violentado en lo más íntimo (incluso por su amante), asustadizo y literalmente despedazado. El último Goya es un despojo estigmatizado cuya única rebeldía posible es negarse a que le quiten la acusadora marca (demasiado parecida a un martillo y una hoz) que le han impuesto sobre la pechera.

Muy interesante es la presencia a su lado del médico. Buero acostumbra a contraponer al personaje idealista y al realista y aquí lo hace de nuevo. En su denuncia de los abusos, acompaña a Goya la figura del joven Arrieta, muy cabal y fantásticamente interpretado por César Oliva en su pretendida normalidad, que refuerza la crítica al sistema: si la del pintor pudiera parecer una voz crítica pasada de rosca, propia de un viejo loco, la del doctor es la de un hombre de ciencia y sensible, que consigue entender la fealdad del arte de Goya: lo horrible no son las brujas y los cabrones, sino el mundo real al que los murales aluden.

En el lado opuesto –tampoco es nuevo aquí el maniqueísmo de Buero–, si Fernando VII aparece como un despiadado monarca que borda mientras castiga (recuerda un tanto a Nerón tocando el arpa mientras arde Roma), no sale mejor parada la Iglesia, exponiendo su hipocresía constante cuando dice ser comprensiva mientras le hace el juego al poder absoluto, capaz incluso de mentir apelando al nombre de Dios.

¿La historia se repite?

Buero, que fue artista antes que dramaturgo, ya había enfrentado al fenómeno Velázquez con su rey en ‘Las Meninas’, pero en ‘El sueño de la razón’ recupera el entonces muy sonado asunto de la censura a los artistas en la dictadura para acabar firmando un auténtico alegato contra los fanatismos. Y sitúa la escena en una España de Goya en la que, como en la que vivió el escritor comunista, hay vencedores y vencidos, donde el libre pensamiento se castiga con la mordaza (la marginación y el exilio, en el mejor de los casos; visitas incómodas, en los peores)  y donde no siempre resulta fácil escribir, ni cartas ni teatro.

El paralelismo entre los dos planos históricos es obvio. Pero Ferroviaria, y aquí está uno de sus mayores logros, consigue que el mensaje prolongue su vigencia hasta nuestros días.

Tras hora y media de función, queda una sensación de impacto preocupante: la cruz que marca a Goya, la represión que sufre por oponerse al sistema, sigue marcando todavía hoy a tantos que piensan de otro modo. Y las pinturas negras, cuya fealdad denuncia no la locura propia, sino la del fanático, han seguido siendo necesarias durante estos doscientos años, porque tampoco ha cesado esta saña: entonces fueron los aquelarres y los españoles riñendo a garrotazos, luego vinieron el grito de Münch y el Guernica de Picasso, en quien podríamos volver a ver a Saturno devorando a sus hijos y los fusilamientos de La Moncloa; y así, toda una catarata de episodios pintados y fotografiados por los artistas en una labor que, lanzada en catarata ante la visión del espectador, le deja hundido en la butaca antes de que se enciendan las luces del teatro. El teatro se ilumina, pero el fanatismo ha quedado definitivamente pintado de negro.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, año en que recibió los premios Libertad de Expresión y de Medio Ambiente Industrial de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. En Twitter, @Rb_Madrid.
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