Pepito Grillo llega tarde a la cita

Muñoz Molina, retratado por Jesús de Miguel.

Muñoz Molina, retratado por Jesús de Miguel.

‘Todo lo que era sólido’ Antonio Muñoz Molina. Seix Barral. Barcelona, 2013. Ensayo. 253 páginas.

Tan mesiánico y paternalista como cargado de razón se nos presenta el escritor andaluz  Antonio Muñoz Molina. El lector asiste a la autopsia de un tiempo reciente que pareciera lejano en ‘Todo lo que era sólido’, que es a un mismo tiempo un ajuste de cuentas con la realidad y un lamento sobre la perversión de la joven democracia y la repentina decadencia de un país que nos pareció próspero.

Hay, como se comprenderá por la gravedad y dificultad del asunto, mucha tela que cortar.

Se hace de cruces Antonio Muñoz Molina con que no viésemos venir la que nos cayó encima, con que viviésemos los felices años noventa y dos mil sin estar prevenidos de que una burbuja sólo acaba de una manera: explota. Le parece al escritor jienense, flamante Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que hemos pecado en exceso: por fiesteros, por codiciosos, por incrédulos -nos faltó pedagogía de la democracia- y por cainitas. Nos reprocha, pero Pepito Grillo llega demasiado tarde a su cita con el destino, no haber sabido defender los derechos adquiridos pensando, ilusosos como fuimos, que aquello que teníamos era para siempre. Ahora se nos ha esfumado todo aquello que, como dice el título, pensamos que era sólido…

‘Todo lo que era sólido’ es un ensayo pero también una memoria sentimental de los años en que, según la célebre, simplista y poco afortunada sentencia, los españoles vivimos por encima de nuestras posibilidades. Muñoz Molina entona un mea culpa generacional y, en vez de agradecérselo, más de uno le ha reprochado aquello de “a buenas horas mangas verdes”.

Si en las primeras páginas figurase otra fecha de edición, pongamos por caso 2003 en vez de 2013, las mismas 104 reflexiones que incluye el libro habrían constituido un agudo toque de atención de un intelectual comprometido y audaz. Pero está escrito diez años después y el libro, cargado de razones que se caen de las páginas por su propio peso, resulta un lamento en el que el intelectual carga las tintas contra todos cuantos pueden considerarse responsables, no ya de haber propiciado lo ocurrido, sino también de no haberlo avisado.

En las últimas horas están algunos intelectuales como Muñoz Molina o Vargas Llosa expiando pecados, cuando otros pasaron años predicando en el desierto (¿alguien escuchó a Chomsky, Ramonet y compañía hace diez, quince o veinte años?). Ya había en sus libros y conferencias las voces de alarma que ahora lamentamos no haber escuchado, las predicciones de la crisis, las denuncias de una injusticia global, la conversión del mundo en un espectáculo vanal. ¿Quién entonaba aquellos otros cantos de sirena que impedían que escucháramos estos análisis tan afinados?

todo-lo-que-era-solidoEl “intelectual comprometido con su tiempo” al que premia el jurado de la Fundación Príncipe de Asturias reclama en este libro “una serena rebelión cívica” que recomponga los cimientos de una economía hecha trizas después de que se desmoronasen todos los pelotazos, una cura para el alma desgarrada de un país víctima de la fratricida falta de entendimiento, un trago de agua fresca para el cuerpo resacoso de una sociedad que lo ha dado todo en sus festejos y celebraciones.

Es cierto que la voz de alerta de Muñoz Molina ya no puede llegar a tiempo, pero el intelectual que se pronuncia en 2013 está en condiciones de hacer examen de conciencia. Merece la pena atender sus argumentos, sus exigencias de conciliación y su apelación al diálogo con todo lo que tiene como vía para construir la democracia, y no para destruirla, como ha hecho esta partidocracia a la que (sin nombrar así) el escritor recrimina tantos males. “Ahora necesitamos llegar a acuerdos que nos ahorren el desgaste de la confrontación inútil y nos permitan unir fuerzas en los empeños necesarios”. Y eso pasa, nos asegura, por fabricar consensos.

Una de las tesis centrales del libro contrapone la riqueza económica disfrutada y la pobreza moral que hacía “áspera la vida civil” por el mismo tiempo. “Cuanto más ricos parecía que éramos, más irreconciliables se volvían las diferencias políticas, con mayor saña se agredía y se descalificaba al adversario, y por lo tanto enemigo. Ahora que nos falta de todo es raro pensar que en medio de la abundancia arreciara aquel clima de saña”.

Muñoz Molina nos fustiga: no valoramos entonces los derechos conquistados, no supimos reaccionar ante los espectáculos desproporcionados que mostraban la incongruencia de los tiempos que vivíamos, dejamos sin descifrar los datos que calibraban el tamaño del problema, creímos a los políticos que nos dijeron que había dinero para todo, hicimos oídos sordos a los estruendos de los pelotazos (metáfora sonora de este tiempo, como antes lo fue el ruido de sables), cometimos el error de no dejar la administración de nuestros asuntos en manos de una clase profesional y encajamos, bien que mal, el “amiguismo” como un daño colateral de la modernidad y el crecimiento económico.

¿Por qué? Tal vez porque andábamos demasiado contentos. Las cosas iban bien y nos preocupaba seguir dando cuerda a la España de pandereta que no sólo despistaba la vista de lo verdaderamente importante, sino que invadía con su jolgorio y su falta de respeto a cuantos advertían de que eran necesarios unos planteamientos más cívicos. Es un asunto que indigna en grado sumo al escritor, que ironiza con los “aguafiestas” antes de que nadie le venga con esa misma cantinela y que adopta en algunas de sus descripciones una literatura similar a la del mejor Larra.

Traicionado el laicismo desde el primer minuto, se levantó un país más preocupado por mantener las tradiciones que reafirmaran las identidades del pueblo que la conciencia ciudadana; una vez más, los rasgos distintivos y lo que diferencia en vez de los elementos universales, el pegamento. Y así ocurrió que “mientras los concejales de cultura costeaban danzas folclóricas y fiestas bárbaras para el jolgorio de borrachos, los de urbanismo recalificaban terrenos y escondían debajo del colchón los fajos de billetes de quinientos euros con que los constructores afines les pagaban los favores”.

¿Y cómo fue que Muñoz Molina no nos lo dijo antes? ¿Acaso andaba también de fiesta? Parece advertir el escritor esta grieta en su ensayo, que no acaba de resolver. En su caso, nos dice, confiesa haber estado “contagiado del mismo delirio” que todos y, para su descargo, estaba más ocupado en sus labores que en las páginas de economía de los periódicos y los suplementos de propiedades, que tiraba a la papelera sin leer.

El libro es una colección de metáforas de los tiempos de la España de pelotazo y pandereta y una serie de remembranzas personales para intentar escarbar en el modo en que hemos levantado esta democracia que pareciera fallida demasiado pronto. No deja nunca de ser mucho más un ensayo literario que un estudio político, y el lector lo lee en un par de tragos largos, con independencia de que se adapte mejor o peor a la visión del mundo del escritor.

Para todo contratiempo hay un refrán. Para el de la crisis, tal vez sea “no hay mal que por bien no venga”. Para la demora con que nos ha visitado Muñoz Molina como trasunto de Pepito Grillo, también: más vale tarde que nunca.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, año en que recibió los premios Libertad de Expresión y de Medio Ambiente Industrial de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. En Twitter, @Rb_Madrid.
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