Unas migajas crujientes y con patitas

Escalofriante fotografía de Kevin Carter, titulada 'hambre en ´Sudán', premiada con el Pulitzer en 1994.

Escalofriante fotografía de Kevin Carter, titulada ‘hambre en ´Sudán’, premiada con el Pulitzer en 1994.

¿Comería usted carne de caballo si fuese a un restaurante en Francia? ¿Probaría la carne de perro en Corea? Es más, ¿cocinaría para usted y para los suyos una ración de bichitos si tuviesen un hambre atroz? ¿Probaría las medusas, aprovechando que hay excedente y parece que hasta tienen propiedades rejuvenecedoras?

Le invito a que piense las respuestas unos segundos, y luego seguimos.

(…)

Probablemente haya sentido un rechazo inicial a estas prácticas tan poco ortodoxas por nuestra parte, pero, tal vez, también haya considerado las circunstancias en las que pudiera llevar a cabo alguna de las prácticas culinarias propuestas. Dicen quienes han comido por vez primera insectos que lo más molesto son las patas. Pienso yo, que no he tenido el gusto, que tal vez puedan pelarse como las de las gambas. Por lo demás, algunos expertos gastronómicos incluso cantan sus alabanzas. En mi caso, como supongo que en el de cualquier estómago bien educado en estas latitudes, me sobreviene una náusea al pensar en el crujido de las cucarachas en el paladar, aunque no menos virulenta que la repugnancia que siempre me ha producido una ración de caracoles.

Viene todo a esto a propósito del inicio de una reflexión largamente larvada por la coincidencia en apenas unos días de dos hechos: en primer lugar, la lectura del muy interesante ensayo del antropólogo Marvin Harris, ‘Bueno para comer’, publicado hace ya casi 25 años; y, en segundo lugar, la aparición de varias noticias recientes que nos han interrogado acerca de nuestros hábitos alimenticios: la frecuencia con que nos sirven carne de caballo en las hamburgueses pese a que el etiquetado no lo anuncie (dar gato por liebre, casi literal) y las recomendaciones de la FAO de comer insectos y, ahora, también medusas.

Empecemos por estos dos últimos hechos. Si hace apenas unos días nos sorprendían titulares como “La ONU insta a comer insectos para combatir el hambre en el mundo”, hace unas horas la FAO ha vuelto a romper con todo al recomendar el consumo de medusas como alimentos y cosméticos para rebajar su abundancia en las aguas de nuestros mares. No aclaran si las medusas pueden ser envasables para su reparto por los cascos azules en campos de refugiados.

El consumo de insectos cocinados es habitual en algunas regiones del  mundo. / Foto: Efe.

El consumo de insectos cocinados es habitual en algunas regiones del mundo. / Foto: Efe.

Si es una campaña agresiva para alertar sobre el hambre del mundo (con el mensaje de que estamos obligando a comer bichos a los pobres), valga la pena, aunque a más de uno el telediario nos está indigestando el almuerzo.

Aquel informe (puede descargarlo aquí) parte de una serie de hechos alarmantes pero importantes, como que la población alcanzará en apenas tres lustros los 9.000 millones de habitantes, que los océanos están sobreexplotados o las dificultades de la extensión de la agricultura para dar respuesta a la sobrepoblación mundial. El fenómeno no es nuevo. En un ensayo escrito con su colega Mazzoleni, ‘La tierra explota’, Giovanni Sartori planteaba como inevitable y urgente la necesidad de aplicar cuanto antes estrictas políticas de control de la natalidad en todo el planeta. Lo nuevo, en esta ocasión, pasa por la alternativa a un mismo diagnóstico: el consumo de insectos como recurso generalizado contra el hambre.

Parece más claro que nunca que más pronto que tarde harán falta a medio plazo políticas para aplacar un hecho indiscutible del que sólo nosotros tenemos culpa como especie: constituir la primera y más peligrosa plaga del mundo y acompañar nuestra dispersión de una desmesurada huella ecológica.

Pero volvamos a los bichitos. Nuestra aversión a comerlos forma parte de una serie de prejuicios culturales, los mismos que explican que no podamos probar tampoco bocado si tenemos la sospecha de que la tajada de carne que hay en el plato es de gato o de perro en vez de conejo o cerdo. Es también ese mismo rechazo que experimentamos a hincarle el diente a la rata, como hacen en otros países (exóticos, diremos para excursar la aberrancia), el que siente una gran mayoría de magrebíes con el jamón de pata negra y cualquier derivado del porcino o el que impide a la inmensa mayoría de los hindúes consumir cualquier producto derivado de su vaca sagrada.

Carnicería del mercado central de Zaragoza.. / Foto: El Heraldo.

Carnicería del mercado central de Zaragoza.. / Foto: El Heraldo.

¿Cuestión de gustos? Si les interesa el tema, por favor dediquen un par de domingos a enfrascarse en la lectura del apasionante ensayo ‘Bueno para comer’ del antropólogo Marvin Harris. Se trata de un estudio rompedor, estupendamente escrito y muy detallado sobre todos estos asuntos.

Somos omnívoros, nos viene a decir desde el principio este investigador estadounidense, pero eso no significa que comamos de todo. ¿Por qué en ciertas regiones del mundo hay un rechazo mayoritario a la lactosa? ¿Por qué la carne de vacuno, y no otra, es la reina de la alimentación norteamericana? ¿Por qué hay tribus donde está permitido el canibalismo? ¿Qué hace que el caballo, animal doméstico con el que tanto hemos convivido, sea un tabú en la mesa norteamericana (y española) y un plato muy apreciado, en cambio, en otros países occidentales como Francia? ¿Por qué ante una producción industrial de carne de perro, similar a la que mantenemos aquí con pollo u ovino, reaccionamos con titulares llamativos como “Genocidio canino” en este muy recomendable reportaje?

Resumiendo muy mucho, Harris se esfuerza en explicar su tesis de que lo que es bueno para comer es también, y antes que todo, bueno para pensar. Es decir, no sólo nos guiamos por criterios gastronómicos (si algo está más o menos sabroso) sino, fundamentalmente, por la capacidad que una comunidad tiene para producir uno u otro alimento que garantice la mayor aportación de proteínas para seguir adelante, en términos básicamente de supervivencia al entorno.Esto, a lo largo de generaciones, crea prácticas asentadas que a la larga se institucionalizan en costumbres o incluso leyes bendecidas por los sacerdotes. Pero han sido condicionantes materialistas (economía y ecología, sobre todo) los que han determinado unas inclinaciones u otras.

Por eso, nos dirá, la vaca no se toca en la India, aunque luego una ley religiosa sacralice la práctica; por eso las sociedades que comenzaron a generar excedentes, por ejemplo, pasaron de comerse a sus prisioneros de guerra para utilizarlos como mano de obra gratuita con la que generar otro tipo de productos que indirectamente les facilitaron una mayor aportación de carne en la dieta: era más provechoso poner al esclavo a labrar el campo y tener así forraje para los animales de la granja que despedazarle y servirle perfectamente condimentado.

El antropólogo Marvin Harris.

El antropólogo Marvin Harris.

De modo que, siguiendo a Harris, si en su libro de recetas de Arguiñano no encuentra ningún plato con insectos no será porque no sean nutritivos (lo son y mucho) ni incompatibles con la alimentación de los humanos, como insiste ahora la FAO, sino porque nos dan asco. Pero nos dan asco, asegura sin dudas el antropólogo, porque nunca hemos tenido la necesidad de comérnoslos. “La razón de que no los comamos [los insectos] no consiste en que sean sucios y repugnantes, más bien son sucios y repugnantes porque no los comemos”. Suerte, pues, que hemos vivido en regiones donde no ha faltado la caza para llenar la despensa y donde los grandes rumiantes se han aclimatado sin problemas para evitarnos tener que echar mano del hormiguero.

Así las cosas, si los indios de la selva quieren comer bichos, como hicieron nuestros ancestros (por eso está usted ahí ahora, retorciendo el gesto con sus muecas), que les aproveche. Ya lo hicieron indígenas de Brasil y California, o los chinos, que han cantado las delicias de las larvas. Dejemos, eso sí, de calificarles como una suerte de analfabetos gastronómicos por preferir sus brochetas de saltamontes en vez de nuestros pinchos morunos. Ya es hora de dejar de imponer como superior la visión cultural de occidente, sólo porque nos repugne aquello a lo que no estamos acostumbrados.

Ahora bien, tampoco confundamos. Lo que resulta inadmisible para cualquier persona sensible con sus iguales (incluso los que viven lejos) y un abuso tremendo por parte del mundo civilizado y opulento es que, dando la vuelta a todos los argumentos que expone Harris y que justifican un consumo u otro de nutrientes, sigamos manteniendo un ritmo de explotación insostenible del planeta, arramplemos con los recursos de otras regiones del mundo, abandonemos a gran parte de la población del mundo en las márgenes de un riachuelo insalubre y les digamos ahora que, si les ruge el estómago, siempre pueden comerse los bichos, antes de que los bichos se los coman a ellos.

No es el sentido riguroso de informe de la FAO, pero no faltarán desde aquí estómagos satisfechos y tentados de dar por resueltos sus cargos de conciencia por el hambre en el mundo. Esta hambruna sigue sin tener solución, a pesar de que constituye un fraticidio de escala bíblica, silencioso y consentido, y que debería repugnarnos mucho más que las estrambóticas recomendaciones de la ONU. Sencillamente, los bichitos no pueden ser las migajas que repartamos ahora en el plato de los pobres.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. Ha desarrollado también labores de comunicación para festivales culturales de Guadalajara y en la Consejería de Cultura de CLM. En Twitter, @Rb_Madrid.
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