La mujer que confunde a Bassi con Mussolini

Acabo de leer ‘Lo que mueve el mundo’, una novela de Kirmen Uribe en la que relata, entre otras cosas, cómo en los campos de concentración nazis la muerte se producía de una forma lenta, denigrante y tremendamente dolorosa. Llama la atención un ejemplo: el calzado se repartía aleatoriamente, de modo que personas malnutridas y muy castigadas físicamente podían recibir un zapato que les quedaba holgado y otro que les quedase pequeño. “Esas pequeñas heridas se enconaban por las malas condiciones de higiene, y si se infectaban, primero provocaban gangrena y luego la muerte. Una muerte larga, llena de sufrimientos, a causa de un simple par de zapatos de diferente número”.

Lo ha dicho Cospedal: los escraches son para ella “nazismo puro”, acciones con “un espíritu totalitario” y con “violencia física y verbal”. Y otras voces han insistido en la identificación con lo totalitario, también de izquierdas, como ha hecho el diputado nacional y alcalde de Guadalajara, Antonio Román.

Totalitarismo: son palabras mayores para la criminalización de un fenómeno con el que se puede estar de acuerdo o no, pero que ni es ni se parece a lo que pretenden que sea o que se parezca. Es más, si algo llama poderosamente a estas alturas es que ante la peor crisis económica e institucional de los últimos tiempos la reacción de los ciudadanos indignados está siendo paciente, pacífica y exquisitamente cívica: los culpables no han recibido ni un solo palo. Un hecho sin apenas precedentes en la historia. No se puede esperar una respuesta más moderada por parte de las víctimas de una crisis tan desproporcionada.

Hay, claro, algunas voces más altas que otras y los escraches, vaya por Dios. Y aún así, cabe insistir: no es lo mismo que te maten a que te griten, ni que te censuren a que te encarcelen. El fascismo mataba y encarcelaba. Y el franquismo, también.

No por obvio desistamos de indagar en la comparación que nos sirven nuestros políticos: no es lo mismo cercar el Congreso pacíficamente que tomarlo con armas al grito de “se sienten coño” a sus señorías; no es lo mismo abortar un pregón de Ferias que dar el paseo por la tapia del cementerio a quienes piensan diferente; no es lo mismo interrumpir el vermú de un concejal que hacer tragar aceite de ricino a las mujeres e hijas de sindicalistas, maestros o dirigentes de izquierdas tan legítimados en las urnas como los actuales; ni es lo mismo ir pertrechados de señales de stop exigiendo la dación en pago que aguardar en una esquina en manada con bates de béisbol y botas de punta de acero para dar su merecido a una pareja de homosexuales, de inmigrantes o de mendigos por el mero hecho de serlo. No es lo mismo llamar “asesino” con manifiesto mal gusto a un político a las puertas de su casa que marcar esa casa con una estrella de David y que al día siguiente sea la policía del Estado la que arranque a una familia de su domicilio, la separe y la lleve hasta un crematorio donde será carne de estufa. Tampoco es lo mismo ocupar la sede de un banco responsable de mantener la deuda con una familia arruinada a la que echa a la calle que enviar a un escritor que piense diferente a pasar el resto de sus días a Siberia; como tampoco es igual una manifestación ilegal que un proceso de aniquilamiento perfectamente tramado y ejecutado como el que llevó a cabo el Franquismo en todo el país, también en Guadalajara, donde se han documentado con nombres y apellidos más de 6.200 casos de cárcel y/o ejecución.

A dios gracias, tampoco la hija de Soraya Sáez de Santamaría es Ana Frank.

No es lo mismo, en definitiva, el ruidoso toque de atención de Stop Deshaucios que el fascismo, nazismo o estalinismo, por mucho que se quiera criminalizar la protesta. Errar por falta de precisión podría establecer otras equivalencias igualmente erráticas: pero tampoco es lo mismo que un dirigente que habitúa a pasarse de frenada como Esteban González Pons anime a la población a imitar la primavera árabe acampando frente a La Moncloa (cuando allí estaba Zapatero) que la violenta toma del Palacio de Invierno que acabó con la vida del zar y su familia. Como tampoco resultan idénticas las respuestas a estos ‘ataques fascistas’, porque no es lo mismo que un señor fuera de sí diga que arrancará la cabeza a un perroflauta que llevar el derecho de venganza hasta el punto de colgar abiertos en canal al dictador y a toda su familia, como hicieron los partisanos italianos con ‘Il Duce’ al liberar Roma.

Si resulta tan obvio… ¿Es que hablamos entonces de fascismos de baja intensidad, de algo así como nazismo, pero poco? ¿Acaso tomamos la parte, una concentración ilegal, con el todo: una visión totalizadora de la sociedad que arrebata las libertades individuales y legitima la violencia de Estado?

Disculpe la señora Cospedal, pero no se puede confundir a Leo Bassi con Benito Mussolini. Aunque suene parecido.

Haríamos bien en llamar a las cosas por su nombre. Ni los políticos que se niegan a respaldar la dación en pago son “asesinos”, como han tenido que oír, ni quienes protestan al margen de una convocatoria autorizada son nazis. Se hace necesario detenerse y sopesar las consecuencias de unas manifestaciones públicas en las que no todo vale, incluido meter todos los escraches en el mismo saco, como ha alertado la propia Fiscalía General del Estado, que analizará caso a caso: quien delinca, pagará. La solución no pasa por echar más gasolina al fuego.

Haríamos mejor todavía en pararnos a pensar de forma radical, en el sentido etimológico de la palabra: acudiendo a la raíz. Por ejemplo, cabe preguntarse por los motivos que tiene una parte de la sociedad civil, ampliamente respaldada por la opinión pública, para adoptar estos mecanismos de presión cuando tendría a su alcance otro tipo de fórmulas de participación política. Y se me ocurre que tal vez cuando la expresión de un problema en la calle no llega a las altas instancias a las que se dirigen los canales habituales como las soflamas de las manifestaciones (estas sí) legales y pacíficas, la opinión mayoritaria expresada en las encuestas demoscópicas y las iniciativas legislativas populares aceptadas a regañadientes pese a obtener el triple del respaldo necesario… entonces, pensemos acaso que tal vez entonces, la desesperación, como la cabra, tire al monte. También esto debería preocupar en el PP, porque aquí se abre una puerta a los escraches de unos y a la también histórica inclinación de otros a resolverlo todo con mano de hierro.

Se ha dicho innumerables veces, pero repetimos: la diferencia entre una votocracia formal (válida, por cierto, en los regímenes totalitarios para dar apariencia de limpieza) y una auténtica democracia radica en que la participación ciudadana no remite a una simple expresión en las urnas para legitimar a unos dirigentes que en adelante hagan lo contrario de lo que prometieron, lo que jamás incorporaron sus partidos en los programas políticos o ignoren asuntos que la sociedad considera que deben estar en la agenda política. La democracia exige algo más que una fiesta cada cuatro años. De lo contrario, estamos ante otra cosa: pero no caeré yo ahora en la trampa de decir que es un totalitarismo.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. Ha desarrollado también labores de comunicación para festivales culturales de Guadalajara y en la Consejería de Cultura de CLM. En Twitter, @Rb_Madrid.
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