El guión cambiado

Entra en mi vida

Clara Sánchez

Editorial Destino.

La protagonista de ‘Entra en mi vida’ nos acaba diciendo que la existencia es incomprensible, abismal, dolorosa y alegre a un mismo tiempo. Tiene razón. Cualquier vida, la más dramática, pero también la más anodina, está salpicada de pequeños y grandes episodios que la hacen indescifrable, que la sitúan con vértigo al borde del abismo y que tan pronto hunden al individuo sobre el fango como le elevan varios palmos sobre el suelo. Ahí radica el encanto de vivir.

Se dice que Dios escribe con renglones torcidos. Y hay guiones, además, que se tuercen desde su mismo inicio. De eso trata este libro de Clara Sánchez, guadalajareña de nacimiento y autora de merecida popularidad, sobre todo a raíz del premio Nadal que obtuvo con su anterior y emocionante ‘Lo que esconde tu nombre’.

En esta otra novela, escrita con un  mismo pulso y se diría que incluso como parte de un mismo proyecto literario, Clara Sánchez vuelve a disponer una historia policiaca protagonizada por detectives de andar por casa, personajes muy próximos al lector –cómo no identificarse con ellos– que se ven obligados a sobrevivir en una ciudad que vuelve a ser, como siempre en esta autora, una jaula que impide el vuelo a sus personajes. Era una prisión la ciudad dormitorio de ‘Últimas noticias del paraíso’; como lo eran también el rascacielos en ‘Un millón de luces’; la urbanización costera de su anterior novela; y este Madrid de taxistas y viajes en moto.

Causas perdidas

Como en aquella otra novela, con la que es difícil no comparar una y otra vez a ‘Entra en mi vida’, también esta vez hay un personaje que defiende una causa perdida (entonces Julián, ahora la madre de Verónica) y otro que asume la misión como propia (en ambas novelas, dos chicas jóvenes). El resultado, sin embargo, es muy desigual.

‘Entra en mi vida’ resulta una novela demasiado previsible. Que Laura se encuentre con Verónica, que el parentesco sea finalmente el que es, que todo sea culpa de aquella persona a la que el lector juzgó con ojeriza desde el primer capítulo y que la trama finalmente resulte tan milimétricamente ajustada al manual ahoga cualquier opción de sorpresa. El suspense existe: como decía Hitchcock, la bomba está en todo momento debajo de la mesa y nosotros lo sabemos, pero cabría esperar que en algún momento explotase, facilitando un nuevo impulso a la historia.

No lo hay. Y su previsibilidad convierte el libro mucho más en un testimonio periodístico de un fenómeno despreciable, el de los bebés robados, que en una narrativa con cierto grado de inventiva. La historia avanza perezosa durante sus dos primeras partes y sólo en la tercera toma ritmo y atrapa al lector para convertirlo en el animal voraz, el mismo al que Clara Sánchez ya sometió en su anterior novela, esa sí vertiginosa de principio a fin.

Es en la tercera parte cuando las vidas paralelas de las dos jóvenes protagonistas, que también esta vez son las dos voces que narran de forma complementaria la historia, cediéndose el testigo en cada capítulo, se encuentran y aceleran el relato. No habrá requiebros sorprendentes en el argumento, de los que cortan la respiración, pero al menos la lectura se hará anfetamínica a partir de este encuentro.

Consideraciones personales

Tal vez el oportunismo del tema escogido para el libro, con el fenómeno de los niños robados al nacer, haya favorecido las ventas. Juega, en cambio, en contra del lector. La historia ha sido tantas veces televisada y reportajeada que deja de ser extraordinaria, a pesar del enorme interés humano del asunto. El mismo libro habría resultado mucho más impactante hace sólo tres o cuatro años. Seguramente lo sea también dentro de quince o veinte.

Cabe reprochar también algún anacronismo en la trama. Lo son que la protagonista salga a comprar al supermercado un domingo o que la Secretaría de una escuela responda ante una petición que no tiene informatizados unos datos del alumnado, cuando hablamos de una historia desarrollada entre 1987 y 1994, según el apunte al inicio del libro. Cuesta pensar que por entonces algún colegio madrileño tuviese una base de datos de los alumnos en un ordenador, por no hablar de que entonces no se podía ir a hacer la compra semanal los domingos. Son errores perdonables, a pesar de todo.

Los personajes

Como siempre, Clara Sánchez está de sobresaliente en el dibujo de los personajes: la corajuda protagonista de 17 años -no tanto su réplica, Laura, cuyo drama interno podría haber sido más desarrollado-, pero sobre todo la abuela de Laura, Lilí, todo un genio dominante y manipulador, y la madre, Greta, una mujer madura perdida en una eterna adolescencia. Ambas conforman un dueto inseparable que brilla por encima del resto del plantel.

También convence la autora con el afligido hombre gris que vive a la sombra del drama, sin necesidad de dedicarle más atención de la que exige el libreto; igual pasa con otros personajes adolescentes, muy secundarios, que la escritora afincada en Madrid rescata de la multitud para conferirles una impronta indiscutible.  Clara Sánchez está sensacional en estos retratos, aunque esta virtud, afortunadamente para ella, ya ha dejado de sorprendernos.

Quiere uno pensar –y esta es una opinión muy personal- que ‘Entra en mi vida’ es un libro al que se le reprocha la ausencia de una historia propia, menos típica, a pesar de que sea tan real, o precisamente por ello. Porque seguramente la realidad ha condicionado en exceso la ficción. Pareciera un encargo tras el éxito de ‘Lo que esconde tu nombre’ y, de ser así, habría añadido nuevos corsés. Pero es también una novela que contiene otra vez lo mejor de Clara Sánchez, que siempre deja satisfecho al lector cuando expone su tesis narrativa sobre la condición humana moderna, con esos hombres y mujeres que se rebelan, en la medida de sus discretas posibilidades, contra un entorno que insiste en atarles de pies y manos.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. Ha desarrollado también labores de comunicación para festivales culturales de Guadalajara y en la Consejería de Cultura de CLM. En Twitter, @Rb_Madrid.
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