¡Es la economía, estúpido!

El ministro de Economía, Luis de Guindos, en el Congreso / Foto: EFE/Juan Carlos Hidalgo

Fue hace veinte años cuando el entonces candidato estadounidense, Bill Clinton, le escupió esta frase (“¡es la economía, estúpido!”) en plena campaña al entonces presidente George Bush. La exclamación se convirtió en una suerte de esologan electoral y desde entonces se ha rescatado con mayor o menor fortuna, oportunidad y frecuencia para poner en evidencia a los ignorantes sobre asuntos económicos cuya importancia podrían estar subestimando.

Tal vez yo sea uno de esos estúpidos a quienes gritar que se trata de la economía. Tal vez mis fundamentos básicos aprendidos en primero de carrera no me permitan entender un entramado que otros juzgan tan sencillo de explicar como complicado de predecir: corte entre la ley de la oferta y la demanda; la bolsa como un juego; elección de prioridades entre mantequillas y cañones; la conducta humana como reflejo de las leyes egoístas que sólo pretenden sacar el máximo partido al interés propio, como en el dilema del prisionero…

Sin embargo, puedo jurar que yo jamás viví por encima de mis posibilidades. En los tiempos de la añorada bonanza, en los ocho primeros años del milenio, cobré siempre salarios de tres dígitos (jamás llegué a mileurista), incluso en alguna ocasión menos de 700 euros al mes; rechacé hipotecarme para comprar un piso por un valor que ni siquiera tenía en régimen de protección oficial; heredé un coche familiar con diez años de antigüedad a cambio del cual entregué unos miles de euros a mis padres durante una temporada; devolví más de 400 euros a Hacienda en la declaración de la renta por haber cobrado cuatro meses el subsidio por desempleo y haber trabajado el resto del año en un curro por 730 euros netos sin pagas extras en el que me descontaban poco para hacer creer que ganaba más; mis dos únicas salidas al extranjero en ese periodo fueron sendos viajes a Portugal (una semana) y Gibraltar (una tarde); y a lo mejor me excedí pagando 70 euros por una entrada para un concierto de rock, pero fue sólo una vez y no más. Lo prometo.

Ese era mi tren de vida. Pero ahora resulta que en mi país se deben casi cuatro mil millones de euros y se quiere hacer ver que tenemos que pagar por los excesos cometidos. Es decir, yo, que no viví por encima de mis posibilidades (lo juro por mi hijo) no sólo tengo que acomodarme a la situación creada por un endeudamiento de 971.000 millones de euros por parte de las familias de este país, sino también por los 1.094.000 millones del sector financiero según cálculos de 2010, por los 1.260.800 de otras empresas y por los 736.000 de las administraciiones, conforme los datos que facilitaba un experto el otro día en una nueva lección de economía para estúpidos del programa Salvados (‘Al filo del rescate’).

Así que ahora resulta que fue el Fulanito de a pie, al hipotecarse para pagar una vivienda sobrevalorada por la especulación,  el que provocó la crisis. Y resulta también que fue el Menganito a quien le vendían viajes de luna de miel a la Ribera Maya -en vez de a las Canarias- el maldito avaro que desató la mayor crisis económica de los últimos ochenta años; y nos enteramos a la vez de que fue el Zutanito del piso de abajo, con su madre enferma crónica y su hijo un día sí y otro también en el pediatra, quien ha tenido la culpa de que el gasto social se haya disparado y sea insostenible. ¡Pues claro que sí: es la economía, estúpido!

¡Seriedad, por favor! Dudo de que la mayor parte de la ciudadanía haya tenido una responsabilidad en esta crisis equiparable al sacrificio que ahora le están exigiendo los políticos como brazo armado de los mercados. Creo más bien que cada vez que se alude a estos pecados menores del pasado reciente, tentaciones ofrecidas en su día por el propio diablo del sistema, lo que en realidad se pretende es paralizar a la ciudadanía a golpe de remordimiento, mientras los mismos señores insaciables del capital se lanzan, para beneficio propio, a devorar la carroña del malherido Estado del Bienestar.

Yo no puedo hablar por todos estos fulanitos y menganitos que siguen pagando los mismos impuestos directos y algunos más indirectos que antes y que, en cambio, reciben como contraprestación peores y recortados servicios públicos; puedo hablar por mi mismo y repito: yo no viví por encima de mis posibilidades. Exijo por todo ello una auditoría de las conciencias de todos y cada uno de los españoles. Aquellos que se sobrepasaron, que paguen ahora el peaje correspondiente, empezando por los bancos y acabando por el último mono; pero quienes no lo hicimos, seamos indultados. ¿No debería ser así la economía, estúpido?

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. Ha desarrollado también labores de comunicación para festivales culturales de Guadalajara y en la Consejería de Cultura de CLM. En Twitter, @Rb_Madrid.
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