Gernika (VII): La visión del superviviente

Luis Iriondo, en su estudio de pintura / Foto cedida por la Fundación Gernika-Gogoratuz

Luis Iriondo se ha convertido en el superviviente más famoso del bombardeo de Gernika, que sufrió cuando tenía catorce años, aunque también en el portavoz de este colectivo de sobrevivientes y en un auténtico abanderado de la paz. Lleva la voz cantante en actos oficiales, documentales y entrevistas. Culto y educado, este aficionado a la pintura de 89 años, que también ha escrito una novela inspirada en el bombardeo, ‘El chico de Guernica’, reflexiona cada respuesta antes de emitir sus juicios con voz sosegada. Sólo hay una reacción que no necesita pensar dos veces: ¿Se puede perdonar? “Sí, sí. Sin perdón no hay paz”. A continuación transcribo el diálogo íntegro que mantuvimos días antes de que se conmemorase el 75 aniversario.

– ¿Espera un tono más solemne en la conmemoración de los actos de este 75 aniversario, frente a los del 50, que fueron poco menos que una fiesta juvenil con conciertos de rock?

Han sido más serias y apropiadas desde el setenta aniversario, con la presencia del embajador alemán leyendo una carta del presidente, que reconocía la culpabilidad dela LegiónCóndoren el bombardeo, y pidiendo perdón. Cuando el cincuenta aniversario no sé muy bien qué quisieron celebrar, tirando las campanas al vuelo. Todo el pueblo quedó asombrado y dijo que había sido un verdadero desastre.

– Estas cosas exigen reflexión y recogimiento.

Así es. Vino gente de todo el mundo, que vienen recorriendo las fiestas de los pueblos, borrachos… ¡hubo de todo! A la gente del pueblo, no sólo los mayores, quedamos escandalizados. Eso ya pasó.

– En este 75 aniversario quieren dar voz a los supervivientes. Cada vez quedan menos. ¿Qué mensaje desea enviar?

Basta con contar lo que pasó aquí. Durante muchos años no se dijo nada, hablábamos en familia; ahora me llaman de escuelas para que contemos lo que pasó. Yo creía que estas cosas no interesaban a los jóvenes, que las veían como los cuentos del abuelito, pero me he dado cuenta de que se sigue con interés. Pero el mensaje que tenemos que dar es que debemos buscar la paz. De eso mismo voy a hablar en el acto oficial y religioso que haremos en el cementerio, donde suenan campanas y sirenas.

– En estos homenajes, cuando se hace un minuto de silencio o vuelven a sonar las sirenas… ¿qué piensa y qué siente?

Es muy emocionante. Te hace recordar aquellos momentos. Ya son muchos años, aunque cuando nos hacemos mayores tenemos la sensibilidad más a flor de piel. Hay veces que hablo de lo que sucedió en Gernika y me resulta imposible seguir.

– Le sigue emocionando muchísimo.

Sí. Hace ya 75 años, pero la emoción surge en seguida por cualquier recuerdo. A vaces incluso lloro…

– Algunos detalles del bombardeo los habrá contado muchas veces. ¿Qué es lo que recuerda con mayor nitidez?

El día del bombardeo yo fui contento al banco en el que trabajaba porque llevaba pantalones largos, que había estrenado la víspera. Aunque mi madre me dijo que sólo se llevaban los domingos, aquel lunes me permitió ponérmelos por ser nuevos. Los pantalones largos eran para nosotros el reconocimiento de que nuestros padres ya no nos consideraban unos niños.

– No sabía usted hasta qué punto dejaría de ser niño ese día…

Por la tarde, cuando sonaron las primeras explosiones, la gente asustada corrió a los refugios que estaban bajo la terraza de El Paseo, el lugar donde se celebraba el mercado. A mí me empujaron hacia el interior de uno de ellos. Hacía mucho calor porque el techo era bajo y no había ningún sistema de ventilación. Tampoco había luz. Al cabo de pocos minutos, costaba respirar. Creí que iba a morir asfixiado. Alguien propuso que nos agacháramos porque abajo había más oxígeno. Yo apoyé la mano en el suelo porque pensé que si me sentaba, ensuciaría mis pantalones y por la noche iba a tener bronca con mi madre.

– ¿Estuvo allí toda la tarde?

No. Cuando las explosiones cesaron, alguien dijo que podíamos salir. Fuera me encontré con José Ramón, un amigo, y decidimos ir a ver cómo había Rentería, un barrio que hay al otro lado del único puente que cruza la ría en el pueblo. Pero antes de que llegáramos a las escaleras por las que se desciende de la plaza, sonaron nuevamente las campanas y echamos a correr otra vez a los refugios. Toda la gente corrió también. Esta vez, y a pesar de las explosiones que habían comenzado a oírse, cada vez más cercanas, esperé a que me adelantaran todos y me quedé junto a la entrada. Una pared de sacos de arena me impedía ver lo que ocurría en el exterior. Allí podía respirar mejor, pero esta vez la única defensa que tenía ante la caída de una bomba eran los sacos. Ahora las explosiones eran mucho más fuertes.

– ¿Cómo era ese ambiente?

El sonido era largo, lúgubre, parecía meterse hasta nuestro interior, y las explosiones venían seguidas de ráfagas de aire caliente. Un aire con un calor templado, repulsivo, que a mí me parecía que tenía el sabor de la muerte. Yo me mordía el dedo índice, lo metí entre los dientes, porque nos habían dicho a los chicos que en caso de bomardeo había que tener entre los dientes algún objeto porque una explosión muy fuerte nos podría reventar por dentro. Yo suplí el palo por el dedo, que era menos molesto. También en las clases de catecismo de la iglesia nos habían dicho que en caso de peligro de muerte había que rezar la oración de ‘Señor mío Jesucristo’, en la que se pide perdón por los pecados y se promete no volverlos a cometer. Pero me interrumpió una explosión. Y luego otra. Parecían cada vez más cercanas.

– ¿Se le haría interminable?

Le pregunté a un miliciano que tenía al lado cuánto tiempo duraría el bombardeo, si tenían un tiempo para su realización, como todas las cosas. Creí que por su experiencia en la guerra podría contestarme a la pregunta, pero me miró, volvió la vista al suelo y no me contestó. Después de un tiempo que creí infinito, pro fin cesaron las explosiones. Pasó un tiempo de espera y el miliciano que había apoyado en los sacos dijo: “parece que ya ha terminado”.

– ¿Qué vio al salir?

Cuando salí de entre los sacos al exterior, me detuve aterrado. Todo el pueblo estaba en llamas. Una nube de humo cubría el cielo. No sabía si el fin del bombardeo sería definitivo y eché a correr junto a los tenderetes derribados de los quincalleros y corrí hacia las escaleras que junto a las escuelas de las niñas subían haciala Casade Juntas, para ir de allí a la carretera de Lumo y salir al campo. Miré hacia abajo y vi que todo Gernika era una hoguera.

– Coincide con otros sobrevivientes en señalar el ambiente enrarecido de luz que había a causa del fuego, como si fuese de día.

Ese recuerdo nos queda a todos. Mi madre, a quien alguien había dicho que me había visto subiendo, me encontró en un caserío de Gernika adonde fui a refugiarme sin saber dónde estaban mis padres. Lumo está un kilómetro por encima de Gernika. Allí es donde me abracé con mi madre, pero se veía el fuego de fondo. Tengo un cuadro pintado en el que lo reflejo. El fuego lo iluminaba todo. Es que se arrojaron un montón de bombas incendiarias, he llegado a leer que incluso más de cinco mil. Hacía unos días que habían bombardeado Durango, pero aquel fue más convencional: arrojaron bombas rompedoras en menos tiempo. Aquí se probaron los sistemas de bombardeo que luego se utilizaron enla SegundaGuerraMundial, sobre todo en Londres. Las rompedoras rompían los tejados y las incendiarias, que eran más pequeñas y brillantes, porque yo vi alguna,  tenían una gran fuerza calorífica y ardía todo.

– ¿Fue consciente esa misma noche de las dimensiones que tuvo el bombardeo de Gernika?

En ese momento no sabes dónde estás. Uno salió de casa ese día como un día normal, de pronto ocurre todo aquello y las emociones están endurecidas, porque sabíamos que estábamos en guerra y que nos había tocado, pero no lo asimilábamos el peligro que habíamos pasado. Hace unos años ví un DVD de alemanes y vascos con testimonios de historiadores y con una reproducción digital del bombardeo visto desde arriba, como los aviones lanzando las bombas y explotando abajo. Me impresionó mucho. Pensé: “¡allí abajo estábamos nosotros!”.

– ¿Se siente uno insignificante?

Sí. Pero en aquel momento no te das cuenta. En ese momento sólo piensas en salvar la vida y piensas en si la próxima bomba te caerá encima.

– El drama no acabó ahí. Quien se salvó se quedó sin casa, huyó a buscarse la vida: su familia fue a Bilbao, Santander, Francia…

En Bilbao nos dejaron una casa en uno de los montes. Hubo sobre el monte una batalla y escuchábamos silbar las balas y los obuses. Esa sensación nos hizo salir de Bilbao, afortunadamente antes de que volasen los puentes. Luego nos fuimos a Santander y después a Burdeos: nos recibieron al bajar del tren con pancartas y guirnaldas, como si viniéramos victoriosos de alguna batalla, cuando en realidad veníamos rotos y derrotados.

-Aunque fueron testigos del bombardeo, durante años tuvieron que soportar una versión oficial franquista en la que Gernika había sido quemada por los rojos y los separatistas en plena huida.

La forma en que fue destruida Gernika causó tal impresión en el mundo, con tantas protestas, que el Régimen de Franco se asustó. Ellos querían aparecer como los salvadores de España y los buenos de la película, pero este episodio les dejaba muy mal. Se sacaron de la manga que habían sido los rojos quienes habían pegado fuego al pueblo.

– ¿Fue una liberación poder decir al mundo, ya en democracia, cómo había sucedido todo?

Sí. En todo caso, ya se había escrito bastante sobre ello. El primero fue entonces mismo, el periodista George Steer, y luego con muchos libros… Aun así quedarán personas mayores todavía que piensen que aquello fue obra de los rojos. Pero eso ya no tiene tanta importancia. Al mismo gobierno de Franco al final de la dictadura parece que ya no le preocupaba tanto, tal vez porque había pasado el tiempo y la gente no se acordaba tanto, más aún conla GuerraMundial.Un periodista, Vicente Talón, escribió el libro ‘Arde Gernika’ y vino aquí a preguntar, cuando no solían venir a preguntarnos.

– Cuando vio por vez primera el cuadro de Picasso, identificó el horror que usted presenció con sus propios ojos.

Cuando volvíamos de Normandía pasamos por París y se celebraba entoncesla Exposición Universalen la que se expuso el cuadro, pero ni vimos el cuadro ni sabía por entonces quien era ese Picasso. La primera vez que supe que había un cuadro con el nombre de Gernika fue en los años sesenta, me lo dijo el alcalde, que era amigo mío, y me lo enseñó en un sello checoslovaco. Aparecen en el cuadro elementos que no son muy propios de aquí, como el caballo y el toro… si hubiese sido una vaca, un buey o un burro, sería más propio.

– Ve los horrores de la guerra, pero no el bombardeo de su pueblo.

El cuadro es un grito contra la guerra. Luego sí me he enterado de cosas que podrían tener algo que ver, como que en el bombardeo hubo también una mujer con un niño en brazos durante el ametrallamiento en el que el bebé la salvó. También el soldado que aparece muerto parece que está enterrado en este cementerio. Eso sí aparece, como que las mujeres que levantan las manos son nuestras madres y el fuego, el que destruyó nuestras casas. Por eso en Gernika estamos pidiendo desde hace años que venga el cuadro. Es un cuadro contra la guerra y ésta es una ciudad de la paz, declarada así porla Unesco.

– Hay una campaña, también de firmas, pero se ha denegado cotinuamente.

Sí. Alegan que Picasso dijo que el cuadro tenía que estar en Madrid. Pero lo que dijo fue que tenía que ir al Prado cuando se reinstaurarala República.Puesbien: no ha pasado ni lo uno ni lo otro. Y dicen también que no aguantaría un viaje, pero sí que pudo venir desde Nueva York, después de dar muchas vueltas por todo el mundo. Una vez le dijeron al pintor que había algún deterioro y Picasso respondió: ‘es un cuadro de guerra, no es raro que tenga heridas’. Si se ha restauradola CapillaSixtina, ¿por qué no el Guernica de Picasso?

– El cuadro hizo más grande el mito de Gernika, pero también lo fue por la importancia como ciudad sagrada para los vascos.

Por eso el sitio del cuadro está aquí. Además, nadie nos ha recompensado por lo que pasó y ésta sería le mejor manera. Los alemanes sí nos dieron un dinero, no tanto como se dijo al principio, cuando iban a construir un centro de estudios y al final no ha dado ni para el polideportivo. A las víctimas del terrorismo les tienen en palmitas. Nosotros no pedimos lo mismo, a pesar de que incluso no nos dejaban ni siquiera hablar, pero…

– ¿Ha habido una reconciliación real con Alemania?

Sí. Ha sido una reconciliación entre poblaciones más que entre gobiernos. Hay una ciudad bombardeada en su guerra, Pforzheim, y hacemos intercambios culturales. Además los supervivientes tenemos mucho contacto con los de Dresde: les hemos invitado a venir y ellos a nosotros, hemos colaborado mucho también durante los debates que hubo enla ONUantes de los ataques a Irak. Pedimos por carta que se evitase el bombardeo por todos los medios.

– A menudo hacen intercambios con supervivientes de otros bombardeos.

Sí. Este mismo año vienen a los actos del 75 aniversario nueve supervivientes del bombardeo de Nagasaki (Japón). Se unirán a nosotros y trabajaremos juntos a favor de la paz.

– Momentos de conmoción como fue el inicio de la Guerra de Irak, para ustedes deben de tener un plus de emotividad: son capaces de ponerse en el pellejo de quienes estaban en Bagdag.

Sí, claro, pero luego dicen que son daños colaterales. Pero no: son gente con nombres y apellidos, con padres e hijos, que sufren tanto cuando hay muertos como cuando no. Son personas, no daños colaterales, con sus aspirciones, sus amores… como nosotros.

– ¿Se llega a perdonar a quienes hacen algo así?

Sí, sí. Hay que perdonar, porque sin perdón no hay paz. Pasa entre judíos y palestinos. Cuando uno mata a otro, esos otros matan a dos. Y así siguen.

– Es la espiral de la violencia.

Como no hay perdón, aquello no acaba nunca. Hay que perdonar.

– Supongo que es más fácil decirlo que hacerlo.

En aquellos momentos, si yo hubiese visto a un alemán me había tirado al cuello. Luego piensas que incluso los alemanes que vinieron aquí a bombardear venían pensando que nos salvaban del comunismo, creyendo que estaban haciendo algo bueno. Te enteras de que en Berlín había un sitio donde se reunián los antiguos pilotos dela LegiónCóndor, les propusimos reunirse con nosotros, pero no quisieron.

– Ustedes, las víctimas, les tendieron la mano.

Así fue, pero no quisieron. También invitamos a la hija del oficial que dirigió el bombardeo, Von Richthofen, pero no vino, y eso que luego supe que trabajaba en alguna organización por la paz.

– Esta vez el 75 aniversario de los hechos se conmemora en un nuevo escenario vasco, tras el alto el fuego indefinido de ETA. ¿Puede el bombardeo dar una lección útil?

Todos son conflictos de hechos dolorosos, dramas y luchas. He conocido mucha gente que estaba de acuerdo con lo que se estaba haciendo [la vía  terrorista] y son gente normal, pensaban que no había otra forma de arreglar las cosas que a tiros. Pero por ahí no se va a ningún sitio. Siempre hay que hablar, hablar hasta que se terminen las palabras y, cuando se acaban, encontrar unas nuevas.

– Aquí también hará falta perdón y reconciliación. ¿No exige esto que pase el tiempo?

Es cuestión de tiempo y de conocer bien a las personas. Yo he conocido alemanes que son personas buenísimas, que trabajan por la paz.

– ¿Hay que ponerse a la misma altura y reconocerse en el otro?

En todas las guerras pasa. Ahora va a venir mucha gente, algunos alemanes y de otras partes, con quienes nos daremos la mano y nos abrazaremos. Si hubiese una guerra entre nosotros estaríamos buscando la muerte de la gente de enfrente, pero son personas como nosotros, agradeables y amables… Algunos levantan banderas y ponen por delante la patria, el honor y la bandera y hace que la gente se mate entre sí. Quienes tienen esos ideales deben quedarse tranquilos y dejar a la gente. La guerra es lo más absurdo que hay. En todas las guerras hay gente magnífica de uno y otro bando. La paz tiene que servir de ejemplo. Vistos unos a otros de frente nos damos cuenta de que no hay hombres tan malos.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. Ha desarrollado también labores de comunicación para festivales culturales de Guadalajara y en la Consejería de Cultura de CLM. En Twitter, @Rb_Madrid.
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