Gernika (IV): Una ciudad envuelta en llamas

Reproducción del 'Guernica' que pintó Picasso en las semanas posteriores al bombardeo

Gernika conmemora hoy los 75 años del bombardeo que inspiró el famoso cuadro de Picasso y que convirtió a la villa foral en un símbolo de la paz. Con entre 200 y 300 muertos, según la mayoría de las fuentes, y la ciudad totalmente destruida, las bombas, el ametrallamiento y el incendio inauguraron un nuevo modo de hacer la guerra, masacrando a la población civil.

En los últimos días he estado enfrascado en un reportaje sobre estos hechos y he tenido oportunidad de leer y hablar mucho sobre el tema. Para quienes hemos crecido con un cuadro del Guernica en el salón de casa, esta escena tiene en la extrañeza de sus figuras unos rostros familiares; el horror de la escena, que echa para atrás, se mezcla con una estampa que nos es familiar.

Era un lunes de mercado por la tarde en Gernika cuando las campanas y las alarmas alertaron a la población de que los aviones se dirigían hacia la villa vizcaína, santuario de los vascos, con su famoso árbol. Comenzaba “uno de los experimentos de terror calculado más famosos de la historia”, como lo ha calificado el historiador Gabriel Jackson. Primero cayeron bombas que destrozaron los tejados y atemorizaron a la población, que huía despavorida; luego los cazas ametrallaron a los civiles que corrían a refugiarse en el monte; más tarde una inmensa cantidad de bombas incendiarias convirtieron en llamas, escombros y cenizas casi toda la ciudad: tres de cada cuatro edificios quedaron en ruinas.

“A las doce de la noche parecían las doce del mediodía por el resplandor del fuego”, recordaba el ya difunto Pedro Baliño, un dicharachero superviviente del bombardeo de Gernika muy dado a ofrecer su testimonio para diversos documentales. Este detalle, la iluminación en plena noche tras el bombardeo, con casi todas las casas en ruinas, es uno de los aspectos más mencionados por los supervivientes del horror cometido por la Legión Cóndor alemana durante más de tres horas de un bombardeo que ocasionó entre 250 y 300 muertos.

Luis Iriondo, que tenía por entonces catorce años y el día anterior había alcanzado la edad adulta al estrenar pantalones largos, se apretó con la multitud en un claustrofóbico refugio, según me ha contado estos días: “Hacía mucho calor porque el techo era bajo y no había ningún sistema de ventilación. Tampoco había luz. Al cabo de pocos minutos, costaba respirar. Creí que iba a morir asfixiado”.

Cuando, después de que cayera la primera oleada de proyectiles, salió para ver con un amigo el resultado de un primer bombardeo en el barrio vecino de Rentería, tuvo que volver rápido a otro refugio: la tragedia no había hecho más que comenzar; el bombardeo se le haría interminable y se le clavaría para siempre en la memoria: “El sonido era largo, lúgubre, parecía meterse hasta nuestro interior, y las explosiones venían seguidas de ráfagas de aire caliente. Un aire con un calor templado, repulsivo, que a mí me parecía que tenía el sabor de la muerte”. Cuando todo acabó y salió al exterior, quedó “aterrado: todo el pueblo estaba en llamas. Una nube de humo cubría el cielo”. En plena huida a Lumo, la aldea vecina, observó desde un alto que “todo Gernika era una hoguera”.

Similar espectáculo ha descrito Miren de Gomeza, entonces una niña, en una historia de vida ofrecida por el centro de investigaciones por la paz Gernika-Gogoratuz: “Cuando a las ocho de la tarde, ya anocheciendo, pudimos salir del refugio, el espectáculo que se presentó ante nuestros ojos fue dantesco: árboles caídos, postes y cables eléctricos por el suelo, todo ello envuelto en una gran nube roja”.

Fue el primer capítulo de un nuevo modo de hacer la guerra que supo identificar esa misma noche el corresponsal que dio a conocer la tragedia al mundo, George Steer, cuya crónica fue portada en The Times y The New York Times: “Primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer huir en estampida a la población; luego, fuego de ametralladora para que se refugiaran bajo tierra y, a continuación, bombas pesadas e incendiarias para demoler las casas y quemarlas sobre las víctimas”.

Sólo después de esta tragedia, que provocó una oleada de indignación en todo el mundo e inspiró a Picasso para la obra que se dio a conocer en la Exposición Universal de París de ese año, vendrían Bilbao y Madrid, pero también Londres y Dresde, en ambos bandos y durante la ya intuida guerra mundial. “Dramatizada por Picasso, Guernica se vio explotada como una advertencia a Europa de los horrores de una guerra contra el fascismo; se convirtió en un suceso simbólico, con una resonancia desproporcionada para su significación militar”, ha escrito el historiador Raymond Carr. Hiroshima y Nagasaki serían la culminación de estos métodos indiscriminados que, sin embargo, no se han detenido ahí. Las dos guerras de Irak, sin ir más lejos, las de papá Bush y Bush junior, han sido un buen ejemplo de ello.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. Ha desarrollado también labores de comunicación para festivales culturales de Guadalajara y en la Consejería de Cultura de CLM. En Twitter, @Rb_Madrid.
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