Gernika (III): El mito de la paz

Transcribo a continuación el texto principal del reportaje que este fin de semana he publicado en OVIEDODIARIO a propósito del aniversario del bombardeo de Gernika.

GERNIKA: EL MITO DE LA PAZ

Gernika conmemora el 26 de abril el 75 aniversario del brutal bombardeo de la Legión Condor. La capital tradicional de Euskadi fue el laboratorio del horror en el que la aviación nazi experimentó nuevas técnicas de masacre de la población civil que luego emplearía en la guerra mundial, especialmente en Londres, y cuyo horror universalizó el pincel de Picasso. Pese a todo, los supervivientes defienden la necesidad del perdón y la reconciliación como paso previo a la construcción de la paz. Su mensaje y la reflexión en torno a la superación de la tragedia cobra intensidad en el nuevo escenario abierto hace seis meses por el alto el fuego permanente de ETA. Gernika, santuario de la identidad vasca, se reivindica ahora más que nunca como ‘bakearen hiria’: ciudad de la paz. 

El reportero George Steer cenaba tarde con otros periodistas en el Hotel Torrontegui de Bilbao cuando un funcionario del gobierno vasco irrumpió en el salón: Gernika estaba siendo pasto de las llamas. El bombardeo, del que los corresponsales extranjeros habían tenido noticia a lo largo de la tarde –cuando el propio Steer se refugió dentro de un cráter del ametrallamiento de un caza–, había resultado más virulento de lo que habían podido sospechar. El corresponsal británico, curtido en la guerra de Abisinia, no se lo pensó dos veces y se subió en el coche con otros tres compañeros. Llegó de madrugada a la villa foral: las columnas de humo “sobrevolaban las montañas desde una distancia de dieciséis kilómetros” y el resplandor de las llamas iluminaba el “aspecto aterrador” de la ciudad en ruinas.

Después de toda una noche recogiendo testimonios y recorriendo el escenario de la tragedia, al día siguiente telegrafió la crónica que sería primera plana en The Times y The New York Times: “Guernica, la ciudad más antigua de los vascos y núcleo de su tradición cultural, quedó completamente destruida ayer por la tarde por los bombardeos aéreos insugentes”. Así arrancaba su crónica y así comenzaba la leyenda de Gernika como símbolo de la paz.

El bombardeo

Duró unas tres horas y murieron entre 250 y 300 personas ametralladas, aplastadas por toneladas de cascotes o cercadas por el fuego. Todavía hoy las investigaciones no se ponen de acuerdo ni en la cifra de víctimas ni en la cantidad de las bombas caídas. En torno al 75% de los edificios quedaron por los suelos. Cuando los corresponsales que cenaban en Bilbao llegaron a Gernika, la villa foral era un paisaje de “largos montes de escombros rojos impenetrables”, con columnas de refugiados en pleno éxodo hacia Bilbao, transportando heridos y algunos víveres en “anticuados carros vascos de robustas ruedas”.

Era el mismo panorama que vio Luis Iriondo cuando salió del segundo refugio en el que había intentado ponerse a salvo de las bombas. Luego, al salir, vio el infierno: “Me detuve aterrado: todo el pueblo estaba en llamas. Una nube de polvo cubría el cielo”, relata. “No sabía si el fin del bombardeo sería definitivo y eché a correr”. Desde un alto, en la carretera de Lumo, observó un infierno: “todo Gernika era una hoguera”, insiste.

El ensañamiento de las alrededor de tres horas de bombardeo no causó más víctimas porque los guerniqueses habían construido algunos refugios después del reciente bombardeo de Durango. En otra de estas madrigueras se había resguardado la niña Miren Gomeza Ibieta, que también salió a las ocho de la tarde de allí y descubrió un “espectáculo dantesco: árboles caídos, postes y cables eléctricos por el suelo y todo envuelto en una gran nube roja”. Todos los supervivientes que cada año por estas fechas expresan su testimonio, coinciden en un detalle: la potente iluminación de la ciudad derruida en mitad de la noche, a causa de las llamas: “Eran las doce de la noche y parecían las doce de la mañana”, en palabras de otro sobreviviente que falleció hace unos meses, Pedro Baliño.

La construcción del mito

El ataque no afectó al puente de Rentería, que en principio había sido objetivo militar de las primeras bombas, pero tampoco a la fábrica de municiones del extrarradio, que “quedó intacta”, como observó el corresponsal de The Times. Tampoco cayó ninguna bomba enla Casade Juntas, con su sagrado árbol de Gernika, donde los monarcas castellanos prometían mantener los fueros a cambio de que los vascos los tomaran por señores –que no reyes–. Sin tocar los principales puntos estratégicos desde un punto de vista militar, ¿por qué cayeron las bombas sobre Gernika con tanta insistencia y ensañamiento?

“El objeto del bombardeo fue aparentemente la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la estirpe vasca”, opinaba esta vez el cronista británico. Parecía un castigo más que una operación militar. Lo que allí se estaba poniendo en práctica por vez primera era “uno de los experimientos de terror calculados más famosos de la historia”, ha escrito el historiador Gabriel Jackson en alusión a la ‘prueba’ de un nuevo sistema de bombardeo.

Para el escritor vasco Bernardo Atxaga, que tiene un ensayo sobre el mito de Gernika titulado ‘Marcas’, este bombardeo resulta “todavía más repugnante y bestial cuando se ha sabido que fue una prueba de laboratorio de diferentes técnicas militares y de los resultados de combinar bombas explosivas con incendiarias. Por eso lo califica de “ensayo”, pero con trágicos matices: “en vez de un ensayo virtual, como se hace ahora, se evaluó el poderío militar con una población civil real. Esto, desde el punto de vista humano, lo hace aún peor. Si la inhumanidad se pudiese medir como la temperatura, con un termómetro, estaría muy abajo, sería muy inhumano”, asegura el escritor en una conversación telefónica.

El bombardeo ocurrió un lunes por la tarde, día de mercado, con centenares de personas en las calles. Las diferentes fases de la operación respondieron a un plan mortífero perfectamente premeditado. El periodista Steer desentrañó el novedoso método nazi aquella misma noche, tras hablar con los supervivientes. Así fue el bombardeo en tres fases: “primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer huir en estampida a la población; luego, fuego de ametralladora para que se refugiaran bajo tierra, y, a continuación, bombas pesadas e incendiarias para demoler las casas y quemarlas sobre las víctimas”.

El bando nacional había golpeado sin escrúpulos, más allá de un mero ataque estratégico en el frente que avanzaba hacia Bilbao, en el corazón geográfico y sentimental de Euskadi, lo que destacó este acontecimiento por encima de otros incluso más mortíferos, como la ofensiva aérea sobre Durango, unos días antes. Los nazis experimentaron y el Ejército de Franco envió un claro mensaje al nacionalismo vasco, al que acusaba de traición: “Guernica fue no sólo bien escogida desde un punto de vista de un experimento militar. Era la capital medieval y tradicional de Euskadi, y no había un modo más efectivo para simbolizar la voluntad nacionalista de destruir la autonomía vasca que destruyendo la ciudad de Guernica”, según el historiador Jackson.

Por su carácter novedoso, el sobrevuelo de la Legión Cóndor sobre Gernika puso sobre aviso a todo el mundo, en víspera de una previsible guerra mundial, de la existencia de una nueva forma de hacer la guerra que no tenía escrúpulos con someter a la población civil a las inclemencias de la guerra: la ciudad fue el banco de pruebas de unos bombardeos que se ensañarían indiscriminadamente con la población civil. Sólo después vendrían Madrid, Londres, Dresde, Hiroshima… y Bagdag. En Gernika murieron los primeros daños colaterales de la historia de la aviación militar.

Pese a todo, la propaganda franquista negó los hechos y la autoría alemana fue silenciada durante décadas. No obstante, el relato divulgado por los corresponsales alejados de los censores de este bando, como Steer, provocó sólo unos días después una oleada de indignación, con manifestaciones y pronunciamientos oficiales contra esta barbarie. También ayudó a divulgar lo sucedido el testimonio que ofreció un sacerdote de Gernika, el padre Onaindía. A raíz de unas y otras noticias, Picasso retomó el encargo que había recibido a principios de año por parte del Gobierno dela Repúblicapara hacer un cuadro sobre la guerra que se exhibiría enla ExposiciónUniversalde París de ese verano. Su alegato antibelicista no tendría referencias evidentes al suceso vasco más allá del título: Guernica. Este nombre fue suficiente, sin embargo, para que el mito de Gernika levantase el vuelo como una paloma de la paz.

Según otro historiador, Raymond Carr, que ha calificado el bombardeo como un “acto de barbarie sin paralelo”, al ser “dramatizada por Picasso, Guernica se vio explotada como una advertencia a Europa de los horrores de una guerra contra el fascismo; se convirtió en un suceso simbólico, con una resonancia desproporcionada para su significación militar”. El bombardeo se convertía en un símbolo con el que, desde entonces, diferentes generaciones han identificado el horror de la guerra desde el aire.

Los caminos de la paz

El 75 aniversario de estos hechos en la villa vasca resulta especial no sólo por la redondez de la efeméride, sino por el nuevo cariz que ha tomado el conflicto terrorista. Algo ha cambiado en el ambiente: “Algunos que antes no venían al Museo dela Paz, ahora, entre comillas, tienen menos miedo. Ha pasado cada vez que ha habido una tregua”, asegura Iratxe Momoitio, directora de un centro que salvaguarda la memoria del bombardeo y la proyecta en la resolución de conflictos con violencia, sin eludir la realidad que queda más próxima, en el País Vasco. “Puede que el público difiera de lo que ahí se dice o no, pero te hace reflexionar y eso es lo verdaderamente positivo”, añade.

Tres cuartos de siglo de represión franquista, primero, y de violencia terrorista, después, quedan ahora atrás en una ciudad que ha hecho de su tragedia virtud y que, por fin sin ruido de armas, se reivindica como ciudad de la paz, título que le concedióla Unescoen 2007. Gernika, que presta nombre al Estatuto de 1979 y también ahora al documento abertzale sobre el que se ha cimentado el alto el fuego indefinido declarado hace seis meses por ETA, aprovecha el 75 aniversario del bombardeo para aportar su propio discurso sobre la reconciliación.

Para el escritor Bernardo Atxaga, “el perdón es imposible” porque “sólo alguien que viva en la luna puede pensar que se puede perdonar a quien ha hecho un mal irremediable”, como el asesinato de alguien próximo. Sin embargo, el autor de ‘Obabakoak’ y ‘El hijo del acordeonista’ considera que la construcción de la paz exige que “la mayor parte de la sociedad esté dentro de un modelo cultural, social y político que permita esta convivencia”, y ésta se convierta en “la tónica general”.

A juicio del escritor guipuzcoano, la sociedad vasca está suficientemente cohesionada, “tiene muchos lazos de muchos tipos” para fundar un camino basado en la normalización y la convivencia, a pesar de la “incompetencia” que observa en la clase política: “Hace falta una idea cultural de cómo organizarnos y que todo el mundo se sienta como en casa, que no haya extraños. Si hubiese un atisbo de ello entre nuestros políticos… pero es pedirle peras al olmo”, se lamenta. De ahí que su estado de ánimo varíe en estos tiempos entre un optimismo y un pesimismo que identifica como “la visión diurna y la visión nocturna” del mismo conflicto, a pesar de celebrar el fin de la violencia por parte de una banda que califica de “absurda, que literalmente significa sorda, que no tiene contacto con la realidad y ha seguido cometiendo atrocidades”.

La presentación del documento ‘Acuerdo para un escenario de paz y soluciones democráticas’, donde gran parte de la sociedad abertzale le exigía a ETA un “alto el fuego permanente y verificable”, se hizo bajo un panel con la escena del ‘Guernica’ de Picasso. El texto exigía “reconocimiento, reconciliación y recuperación de todas las víctimas originadas por el conflicto político y la realidad de las múltiples violencias”. El llamado comúnmente como ‘Acuerdo de Guernica’ fue el preludio para el comunicado de ETA en octubre, donde la banda anunció el “cese definitivo de la actividad armada”, reconoció que “frente a la violencia y la represión, el diálogo y el acuerdo deben caracterizar el nuevo ciclo” y que se comprometió con “construir un escenario de paz y libertad”, aunque sin recordar en ningún momento a las víctimas de su acción armada.

El acuerdo de Gernika no sólo empleaba el simbolismo de la localidad como santuario de las raíces vascas, sino también del mito de la paz. Así, el texto intentaba también rescatar la reconciliación con Alemania años después del bombardeo guerniqués, cuando el embajador germano en Madrid, Henning Wegemer, reconoció “la culpa” de sus antepasados y expresó un “mensaje conmemorativo y conmovido de condolencia y duelo” al pueblo bombardeado. Habían pasado sesenta años.

La pregunta, hoy como hace tres cuartos de siglo, cobra toda su vigencia. ¿Se puede perdonar? Los supervivientes del bombardeo consideran que es posible, al menos en su caso. “Aquel acto incomprensible para nosotros no nos dejó un sentimiento de odio y de venganza, sino un deseo enorme de paz” y “de que de las ruinas de lo que fue nuestro pueblo debía surgir una bandera de la paz”, trasladaron los supervivientes al embajador alemán en el acto de 1997. Ahora, Luis Iriondo, quien entonces leyera este mensaje, insiste: “Se puede perdonar”.

Más dudas tenía Pedro Baliño, dicharachero superviviente que relató numerosas veces sus experiencias y que murió a principios de este año. “Perdonar, vamos a perdonar a medias. Olvidar, jamás en la vida”, decía. “Son cosas que quedan grabadas en la memoria. El día en que me muera, si Dios me lleva el cielo o el demonio al infierno, las seguiré teniendo grabadas”.

El conflicto vasco, con sus diferentes tipos de terrorismo y el más activo y prolongado de ETA, durante más de medio siglo, ha dejado un rastro sangriento: el Colectivo de Víctimas del Terrorismo Vasco (Covite) ha realizado un “balance del horror” que detalla con nombres y apellidos una terrorífica suma de 1.028 asesinatos: 952 con autoría de ETA,38 acargo de grupos de extrema derecha, 28 por parte del GAL y diez más en actos vandálicos de ‘kale borroka’. Las cifras superan de largo el desastre de abril de 1937 y los hechos están más recientes.

¿Es posible la reconciliación?

“El fin de la violencia es únicamente la parte visible del iceberg, pero construir la paz cuesta y lleva mucho tiempo, no basta con la foto de los políticos de un día, sino que hablamos de una cuestión en la que hay sufrimiento humano. Eso no se resuelve de un día para otro”, reflexiona la directora del Museo dela Paz, Iratxe Momoitio.

“Siempre digo que el gran capital vasco es haber tenido crisis enormes, problemas enormes y dilemas morales enormes: hemos recorrido una travesía por el desierto”, reflexiona el escritor Atxaga. “La gente que trabaja por la paz en Gernika está curtida, tiene una experiencia que hace que la paz sea algo muy valorado”, asegura el intelectual vasco. “En Euskadi se ha creado una escuela de la paz, una atmósfera a partir de la experiencia del sufrimiento. No es la paz de la que habla un niño en el colegio, sino un objetivo difícil de cumplir siempre, que no se consigue de la noche a la mañana”, opina también él.

Fue una vez más el corresponsal británico George Steer, esta vez en su libro sobre su experiencia vasca ‘El árbol de Guernica’, quien elogió la actitud de este pueblo que “en las circunstancias más crueles había mantenido su fe y su libertad de expresión personal” y cuyas gentes también “mantuvieron bien alta la antorcha de la humanidad y de la civilización”. Fue el agudo periodista nacido en Sudáfrica quien vio que, en medio de la masacre de Gernika, se hacía una luz, como la que corona la composición de Picasso. Muchos han querido ver en ella un brote de esperanza en la escenificación del horror.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado labores de redactor en medios de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara. Hasta mayo de 2012, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años ha colaborado en diversos medios como periodista freelance, ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que fue fundador y colaborador habitual. Su verdadera vocación era ser dibujante de mapas. Actualmente está acabando los estudios de Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. Ha desarrollado también labores de comunicación para festivales culturales de Guadalajara y en la Consejería de Cultura de CLM. En Twitter, @Rb_Madrid.
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