Un discípulo de Leguineche

Espinosa, en Beirut, en una foto de su Facebook

El reportero Javier Espinosa recoge el jueves el Premio Internacional de Periodismo Manu Leguineche, en Guadalajara, por su dilatada trayectoria como enviado especial en numerosos conflictos del tercer mundo. La suya es una carrera en el periódico El Mundo que se remonta a hace ya veinte años y en la que el jurado valora su capacidad para “viajar a cualquier parte del mundo para contar los conflictos de una manera comprometida con el sufrimiento humano”, siempre con algunos sellos inconfundibles como “la independencia, el rigor y el respeto a la verdad”. Calificativos que no son gratuitos y que pesan, y mucho: ¿a qué más puede aspirar un periodista que a ser reconocido por su independencia, su rigor y su respeto a la verdad?

Espinosa pertenece a una cuidada hornada de enviados especiales de El Mundo que han logrado conformar un once de gala sobre el terreno de juego de los conflictos internacionales. A las gestas celebradas de Alfonso Rojo recluido como último testimonio en Bagdag bajo una lluvia de metal o la firme trayectoria de Daniel Utrilla durante años como corresponsal en Moscú, se le suman nombres como Julio Fuentes -caído en acto de servicio hace una década-, o a la firma de Rubén Amón, que alcanza muchos más géneros y temas, por citar algunos nombres, que siempre serán pocos. En un rotativo que basó su prestigio en el periodismo de investigación y la crónica internacional, la primera pata ha quedado resquebrajada por los golpes de las teorías conspiratorias, los titulares sensacionalistas y los insufribles seriales defendiendo lo indefendible; en cambio, mantiene sólido el otro pilar: las corresponsalías y los enviados especiales. Todavía hoy merece la pena leer algunos de los reportajes de periodistas como Mónica G. Prieto o David Jiménez (sobre las consecuencias de la catástrofe de Fukushima). Espinosa es, en el mismo sentido, un periodista de una categoría profesional y moral que ya quisieran otros colegas de cabecera, aunque sean subdirectores, con firmas desgastadas precisamente por la falta de rigor, de independencia y de respeto a la verdad.

Espinosa da la impresión de ser uno de esos grandes del periodismo que seguirá apuntalando su leyenda de la forma más duradera posible: con sus crónicas, algunas de ellas impresionantes, como ‘Regreso al infierno de Sierra Leona’. Lejos de los protagonismos de otros rostros del periodismo de conflictos que, haciendo bien su trabajo, acaban por morir de éxito, Javier Espinosa mantiene la honrada labor de seguir añadiendo un poco más de luz en las tinieblas de Sierra Leona, Bosnia, Libia o Siria. La categoría humana de quien lo deja todo en un momento dado para volver a arriesgar el pellejo -lo hizo hace sólo unos días, en Siria- por contar un poco más de la penúltima desgracia de unos seres miserables queda coronada con comportamientos como el que recientemente revelaba un compañero, el veterano periodista Javier del Castillo, al asegurar que Espinosa había rechazado escribir un libro por encargo, muy bien pagado, contando la historia de su secuestro en Sierra Leona. La verdadera historia, alegaba entonces este periodista, era la de las monjas misioneras que seguían cautivas.

Me dijo en una entrevista Manu Leguineche que hay dos clases de reporteros que acuden a las catástrofes del mundo y que coinciden básicamente con dos formas de enfocar el trabajo: “Una es decir que soy un genio porque he visto todo esto, que es el exhibicionista. Otra forma es ver esa realidad, extrayendo lo más extraño y lo que va definiendo al personaje a través del universo en el que vive, el emperador con sus jaulas de leones, donde hay una mirada que no tiene nada que ver con el exhibicionismo”. Kapucinski, que para Leguineche era el tipo ideal de este reportero auténtico, “está ahí porque descubre las claves de cómo un dictador hace el ridículo, mientras enfrenta su mundo caprichoso con el de la miseria de la población, que lleva una vida horrible”. También Leguineche está hecho de esta pasta, aunque su humildad le impida reconocerlo. Espinosa, que ahora recibe el premio que lleva el nombre del patriarca del periodismo de guerra español, puede considerarse también heredero de esta cultura profesional, que hace que otros muchos plumillas del periodismo local, deportivo o cultural estemos orgullosos de pertenecer a esta tribu y de librar cada mañana una misma batalla, con sus mismas armas, aunque sea desde otras trincheras mucho menos peligrosas.

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Acerca de RM1980

Rubén Madrid, periodista nacido en Madrid (1980), ejerce desde finales de los noventa. Tras sus estudios en la Complutense ha desarrollado diversas labores de redactor en medios de comunicación de Madrid, Murcia, Asturias y Guadalajara, donde reside. Hasta mayo de 2012, año en que recibió los premios Libertad de Expresión y de Medio Ambiente Industrial de la Asociación de la Prensa de Guadalajara, fue jefe de la sección de Provincia en El Día de Guadalajara. En los últimos años viene colaborando en diversos medios de comunicación como periodista freelance y ha recibido el Premio de Periodismo de Medio Rural de la APG y la Diputación por un reportaje en Cultura EnGuada, de la que es fundador y colaborador habitual. Cuentista, rayista, dibujante de mapas, papá-clown y marinero en tierra son otras de sus ocupaciones confesables. Actualmente estudia Sociología en la UNED. Ha recibido los premios Libertad de Expresión (2011 y 2015), Medio Ambiente Industrial (2011) y Medio Rural (2014) de la Asociación de la Prensa de Guadalajara. En Twitter, @Rb_Madrid.
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